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Ven y mira

Miércoles, marzo 7, 2012

Mi trabajo es dar puñetazos en el estómago. ¿Por qué no? Si escuchas a según que gente podrías pensar que vivimos en un mundo de angelitos, ¡venga ya! Puñetazos en el estómago para los angelitos.

Marco Ferreri

Quiere la casualidad que casi al mismo tiempo que el juzgado pertinente archiva la causa abierta contra Ángel Sala por la exhibición de A Serbian Film (Srdjan Spasojevic, 2010) en el Festival de Sitges, yo pase la página que contiene la cita que ven sobre estas lineas y que cierra el volumen colectivo titulado Ven y Mira, escrito en revuelta visceral contra aquella polvareda que ha quedado en nada, como debía ser, pero que tantas mezquindades y estupideces evidenció en su momento.

Ven y Mira es un gozoso libro, que se lee con la avidez que despierta la prosa bien escrita y bien aderezada, que comenta y desmenuza mucho de lo relacionado con el cine de “la zona prohibida” utilizando para ello el bisturí teórico y práctico proporcionado por grandes como Sade, Bataille o Pasolini para diseccionar los tejidos hipócritas de los burgueses fofos, los moralistas pazguatos y los intereses espurios, esos mismos que desde poco después del advenimiento del invento de los Hermanos Lumière han perseguido a todos aquellos que querían transgredir, explorarse, incomodar y/o ganar dinero haciendo cine sobre nuestros rincones oscuros.

Entre los contribuyentes a Ven y Mira tenemos al Sr Ausente, que en sus textos hace fácil lo difícil y con la seducción de un encantador de serpientes nos cuenta todo sobre lo que todos deberíamos saber acerca de la historia de la censura. Jorge de Cascante explora el cine colorido, radical y vanguardista de thelemicos como Kenneth Anger, influencia radical y a menudo ignorada en el cine actual. Jordi Costa despliega su maestría acostumbrada en un estupendo análisis sobre la absorción de las transgresiones fílmicas por parte del mainstream, que o bien se las apropia (verbigracia, La pasión de Cristo de Mel Gibson) o que las desactiva mediante la venta de sus iconos en versión resina en la sección de merchandising de los supermercados culturales. En otros capítulos de Ven y Mira la prosa despampanante de Rubén Lardín, que además coordina, lleva al lector de viaje por los territorios malditos de Bataille, el cine abyecto reciente y la exploitation de barraca más desvergonzada. Y Joan Ripollés Iranzo, incisivo como siempre, nos obliga a mirar donde no queremos y nos muestra el lado más infame del cine de explotación y la desvegüenza de la sociedad bienpensante. Mucho de estos nombres son amigos, no se lo oculto a ustedes, pero de verdad que pocas veces he disfrutado de tal manera con una lectura como con la de esta criatura polimorfa, parida al modo de aquellas monstruosidades de Cromosoma 3, aunque quizá, bien mirado, el mundo en que vivimos es el que se parece a la madre rabiosa y demente que genera monstruos asesinos en forma de Legionaritos de Cristo o asociaciones de televidentes.

Puede que el único problema de Ven y Mira le venga desde fuera, es decir, desde aquellos que puedan ver en él una mera guía al cine garrulo, un problema difícilmente evitable y que proviene de los que se refugían en estos géneros por razones identitarias y otras miserias. Pero el balance incontestable es Ven y Mira se disfruta por el viaje, por los paisajes que muestra y por las ideas que genera, entre las que no puedo evitar mencionar (al menos) dos:

Primero, que un libro así es necesario. Nacido del escándalo serbio, Ven y Mira se muestra como imprescindible para recordar que la censura sigue ahí, acechando en formas quizás más siniestras que antes, puesto que ahora esta asumida, interiorizada, adoptando la forma de “buen gusto”. Chistes que no se hacen, propuestas que se edulcoran, la autocensura es la respuesta a la ese amenaza que está latente aunque parezca mentira y aunque muchos incautos, incluido yo, pensáramos que estaba erradicada. Pomgamos por ejemplo el secuestro de El Jueves por la portada aquella con el Príncipe Felipín follando. O los sanos muchachos que interrumpen espectáculos queer a gritos de “¡Viva Cristo Rey!” O los tertulianos (esa especie) que pontifican y condenan películas que no han visto con ese yoperismo de nuevo cuño, el de “Yo no estoy a favor de la censura pero es que X era de muy mal gusto”. Puede que no te pongan ya una bomba, como a los pobres de El Papus, pero es que ya no hace siquiera falta. Un secuestro editorial, una demanda, una retirada de publicidad, un susto en la calle, son formas de censurar la libertad que se producen en los casos más extremos, pero que son normalmente innecesarios porque las directrices y las restricciones se han impuesto de forma blanda. Porque la aunque la palabra libertad se maneje por muchos, aunque vaya de mano en mano “como la falsa monea” la verdad es que solo somos libres para decir lo que no ofenda a nadie. Lo que no ofende. Ese mínimo común denominador. Pero la libertad es otra cosa. La libertad de expresión se demuestra cobijando lo que nos incomoda.  La molestía, el buen gusto, no son razones para censurar.

Segunda idea: que mucho del cine que se glosa y celebra en Ven y Mira sería imposible de estrenar hoy en día. Es verdad que gran parte ese cine es hijo de la exploitation, hijo bastardo del blockbuster que intenta de capitalizar y convertir en billetitos verdes las propuestas de otros, apelando a otro mínimo común denominador, el de las pulsiones. Pero por otro lado esa imposibilidad de un cine desagradable o molesto, bello en su podredumbre, es fruto de un amansamiento del espectador. Y ahí no culpare a nadie más que al que se sienta en la butaca y a su concepción de lo que ha de ver cuando se apaguen las luces.

No es que pretenda idealizar el periodo que dio cabida al giallo, a films tan poco sutiles como Society o Mondo cane, o a joyas como Posesión o a La Naranja mecánica. No es eso. Nuestros días también ven provocación y desgarros. Ahí tienen el cine abyecto francés encabezado por ese cafre, por ese mono con pistolas que es Gaspar Noé. Pero creo que sí es sintomático que las dos películas que en tiempos recientes provocaron que las salas de cine se llenaran de carteles tipografiados por la dirección de la sala hayan sido Grindhouse (Robert Rodriguez y Quentin Tarantino, 2007) y El árbol de la vida (Terence Malick, 2011). La primera porque la calidad de sus imágenes hacía dudar a muchos espectadores del buen estado de la copia y les hacía pedir la devolución de la entrada. Era por tanto una queja técnica, sobre su calidad visual, que rebelaba el estándar necesariamente prístino y limpio que el espectador “cabal” espera. La segunda película porque su construcción y narrativa (o su falta de) desafiaban esa jaula cuadriculada en que se han convertido las expectativas de los espectadores, que a veces abandonaban en masa las salas furiosos y desconcertados.

Decía Ballard, no recuerdo si en sus memorias o en una entrevista, que el mayor desafío del artista en los tiempos modernos era desafiarse a uno mismo. Doblegarse. Vencerse. Sobrepasarse. Puede que pedir eso a los espectadores de multiplex sea demasiado. Pero no son ellos solos los que rehuirían el contacto con un cine emparentado, aunque fuera lejanamente, con el que cine del que trata Ven y Mira. Porque resulta que el público del circuito de versión original está encallado también en las feel good movies o en esa cosa que se llama “cine comprometido”. No estoy diciendo tampoco que cualquier pareja de bien de sexo sabatino y costumbre limpias, o que toda familia de orden deba sentarse al menos una vez al mes frente a la pantalla para ver un pase de Enter the void u Holocausto Caníbal. No. Pero es que los goces de la transgresión no son (solo) los de la provocación vacía o los de la psicopatía sublimada. Son parte de la vía para conseguir aquello que recomendaba el oráculo de Delfos, son parte del mito de Hermes, guía de las almas en su viaje al Hades. Son parte del proceso de conocimiento de la región de la condición humana que es amoral, enraizada y atávica y que muchos quieren prohibirnos mirar pero que es tan sagrada o más que esa otra legítima, edificante, civilizada,.

Porque el verdadero problema lo tienen aquellos que no miran. Angelitos.

3 comentarios leave one →
  1. Viernes, marzo 30, 2012 1:51 pm

    Me ha gustado mucho leer tu texto pero en lo que respecta a cine transgresor, o con ganas de serlo, encuentro a faltar en este y otros escritos tuyos algunas de las propuestas mas marginales, como “Begotten” — esa pelicula que jamas de los jamases se distribuira en Espanya — o “The brown bunny”, bonito e intrigante fracaso como director de Vincent Gallo. O cualquier cosa que haya hecho Miike, que junto con Haneke y Von Trier me parece que es de los pocos que a veces todavia hacen cine inteligente. Aunque a veces sea mas inteligente que cine.

    O salvajadas de esas que ni siquiera saldrian en el libro que mencionas, como “The Ebola syndrome” o “Nekromantik”.

    La referencia a Cromosoma 3 todavia me hace sonreir, y sus posibles variaciones todavia mas. Samantha Eggar pariendo trasuntos de Rodolfo Martin Villa o Paco Marhuenda (gafas opcionales) y lamiendoles la baba de la cara: the stuff nightmares are made of.

  2. Viernes, marzo 30, 2012 3:51 pm

    Gracias SS por tu comentario. Lo cierto es que los autores han decidido conscientemente dejar de lado el cine oriental, que en su extremidad y radicalidad merece no un libro sino una enciclopedia extrema.
    Por lo demas si se hace mencion a Nekromantik (con analisis especifico) y al Haneke de Funny Games, pero si que se han quedado cosas fuera. Pero si ese cine mencionado ya hace sacar la tijera a los pacatos, que harían con el otro que mencionas???

  3. Viernes, marzo 30, 2012 6:10 pm

    Gracias por la rapida respuesta y de acuerdo en lo que dices. Sigo insistiendo empero en que “Begotten” merece capitulo aparte en cualquier compendio de cine disolvente o alternativo, ni que sea para tildarla de pedanteria cantamanyanas (no necesariamente una mala interpretacion, solo una de las varias posibles). Una pelicula que provoco que Susan Sontag la llamara “one of the 10 most important films of modern times” merece, cuando menos, un visionado y un analisis exhaustivo aunque sea para confirmar que la gente inteligente a veces dice tonterias.

    Sin haber leido el libro aun, personalmente creo que la unica forma de transgredir de verdad es crear algo que ni los medios de comunicacion ni la cultura popular puedan digerir, que es lo que generalmente hacen: “a language forever” que decia Merhige al final de su pretencioso prefacio. Toda propuesta artistica, literaria, filosofica o politica que se cree revolucionaria es fagocitada por el sistema, regurgitada y a continuacion producida en cadena para las masas. Incluso una pelicula tan honesta y descarnada como “Salo” ha terminado convertida en una parodia de si misma tras tres decadas de nihilismo tonto (el nihilismo, si es tonto, da mas miedo que si no lo es).

    Me voy a comprar el libro ni que sea para buscar, aunque sea implicita o involuntaria, una confirmacion de todo lo que acabo de decir en alguna de sus paginas.

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