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Ambigüedad y catástrofe

Jueves, mayo 31, 2012

Y yo quiero ver el final
Sentir la lluvia ácida
Caer en mí
Juanita y los Feos

Como si fuera la sombra proyectada por una gigantesca nave alienígena, nos va cubriendo la sospecha de que nuestra civilización está alcanzando un punto límite. Un horizonte de eventos como el que dicen que reside en el borde mismo de los agujeros negros y en el que no se puede hacer otra cosa más que caer una vez allí. Parte del origen de esa sospecha ascendente la produce la sensación de que algo en lo material va mal, muy mal, quizá una sensación de decadencia última, de clímax sobrepasado que más o menos coincidió o esta a punto de hacerlo con el pico del petróleo. Otro de sus motivos es la falta de alternativas, de caminos claros por los que proseguir, de ideas de futuro que no estén truncadas o podridas. Y tampoco olvidemos, como efecto o causa de esa sospecha, el malestar que reside en nosotros, una especie de neurosis colectiva, producida en el peor de los casos por una ignorancia orgullosa de sí misma y en el mejor de ellos por una frialdad que nos imponemos con el objetivo de sobrevivir a las agresiones cotidianas de una realidad injusta y a menudo feroz.

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Síntomas de todo esto son los apocalipsis ficticios que frecuentan la cultura popular. Un catálogo de catástrofes rico y variado que explicita nuestros temores y nuestras pesadumbres. Zombis rabiosos, virus contagiosos, invasiones alienígenas, tormentas solares, robots rampantes, planetas errantes. Las causas de tal abundancia van más allá de la mera fascinación con la representación del desastre que tan bien describiera Susan Sontag  en los 60 y que ha plagado el cine desde casi su nacimiento dejándonos bellas obras silentes. La causa última es como decía esa sospecha, la sensación, el presentimiento, la corazonada que apunta a que sin saber cuándo ni por qué un buen día los pájaros comenzarán a caer del cielo, las máquinas se levantarán en nuestra contra o un tornado monumental y negrísimo se erigirá ante nosotros. Que llegado ese momento solo nos quedará contemplar cómo nuestro mundo deja de ser el que era. Y caer.

Existe un cine de catástrofes –Roland Emmerich es experto en él- que busca sus nutrientes en la representación fiel y apabullante del proceso del fin del mundo. Un cine que me resulta mucho menos interesante que ese otro que juega a la ambigüedad, no solo en cuanto a los orígenes o motivos del Armagedón, sino también con lo que vemos, que hace de la ambivalencia su contenido mismo, porque en definitiva los cataclismos en estéreo y cinemascope son la expresión grandilocuente del desasosiego que acongoja a nuestra civilización, y que, repito, no se debe al temor a que el núcleo de la Tierra deje de girar, a que el clima cambie de la noche a la mañana o a que un meteorito nos vaporice. Lo que nos intranquiliza es el cambio social vertiginoso y la ausencia de narrativas que le otorguen un sentido. Lo que nos inquieta es nuestra fragilidad.

La estupenda Take shelter (Jeff Nichols, 2011) articula estas ideas de forma esplendida. Una de sus primeras imágenes, la que pueden ver sobre al comienzo de estas líneas, presenta a su protagonista Curtis ante una tormenta de aspecto amenazador. Comienza a llover. Gotas marrones “como aceite de motor”. Esa será la primera de sus visiones apocalípticas. Después vendrán otras. Pronto comprenderemos que es probable que Curtis, interpretado por un colosal Michael Shannon, no esté en sus cabales. Sus visiones le generan la obsesión de construir un refugio. Su familia contempla con creciente extrañeza su comportamiento cada vez más errático. Curtis intenta encajar sin éxito. Intenta silenciar las voces que en su cabeza le advierten de que ha de estar preparado. Aquí Take shelter juega una de sus mejores bazas, porque este drama íntimo sucede en un pueblo del Medio Oeste, poblado por gente sencilla, decente y temerosa de Dios. Curtis, que ante todo quiere salvar a su familia de lo que cree vendrá, se convierte en un elemento disonante, perturbador, distinto, que oscila entre la duda sobre su propia cordura – el pobre tiene un historial familiar de esquizofrenia- y su convicción acerca del desastre. Hay tintes lynchianos en las tribulaciones de este hombre transtornado y confuso enmarcado en una existencia familiar e idílica tanto como lo eran los maizales de Una historia verdadera o el Lumberton diurno de Terciopelo Azul.

Su magnífico y ambiguo final otorga a Take shelter la virtud de poseer dos lecturas. Una como la historia de un hombre atormentado por el fantasma de la enfermedad mental y que trata de sobreponerse a ella. La segunda lectura se diferencia de la primera tan solo en que la amenaza que Curtis presiente es real, lo que le transfigura de loco en profeta. Esa ambivalencia es reflejo de la nuestra propia, la que reside entre nuestra intuición sobre la cercanía del final (o de un final) y la sospecha de que esto ya ocurrido antes, de que la humanidad suele refugiarse en el mileniarismo (¡cojones!) cuando se siente atenazada y exhausta. Durante este ejercicio, Take shelter fluctúa de forma gozosa entre dos grandes corrientes del cine actual y por ende de nuestro zeitgest. Por un lado la que muestra la catástrofe externa, la de los mundos que chocan. Por otro la del descalabro personal, la del defecto psicológico causado por traumas de diversa índole. Estas dos vertientes pueden verse como fábulas de lo que sucede a ambos lados de ese horizonte de eventos de los agujeros negros. Una narra la llegada de la catástrofe. La otra la reconstrucción consiguiente.

La ambigüedad ha estado presente de forma más natural en la segunda, la vertiente íntima, porque los procesos psicológicos se prestan más a la disociación entre representación y realidad y por tanto admiten más significados. Así por ejemplo, Inception (Christopher Nolan, 2009) podría resumirse como la historia de un hombre que ha de aprender a superar y convivir con un evento traumático, el suicidio de su esposa del que se siente responsable, que le separó de su yo acostumbrado. Una de las interpretaciones a la que se presta el film –probablemente de forma no buscada por Nolan– es la de que todo lo que presenciamos no es ni más ni menos que una artificiosa operación diseñada por el suegro del personaje de Leonardo DiCaprio para insertar en la mente de su yerno la idea de que ha llegado el momento de pasar página. El resto no sería más que ruido y furia. El plano final de la película ayudaba a mantener la multiplicidad de sentidos dejando en suspenso la caída de la famosa peonza que servía al protagonista para comprobar si lo que estaba viviendo era o no un sueño.

Otra especie de apocalipsis personal la vivía el protagonista de Shame (Steve McQueen, 2011), interpretado por el también colosal Michael Fassbender. Un ejecutivo de publicidad adicto al sexo que colisionaba con su propia hermana, aparecida de repente, necesitada de amor verdadero, y que servía de galvanizador a su descenso a los infiernos. Una vez tocado fondo, emprende una trayectoria de reconstrucción. Shame posee enormes virtudes y defectos. Entre las primeras destacan esas dos escenas especulares, que sirven de apertura y supuesto cierre del círculo que dibuja toda adicción, y en la que el protagonista entabla un intercambio de miradas intensas con una posible presa/víctima de sus apetitos, primero pasiva, después anhelante. El film se cierra con la incertidumbre de si la invitación tácita de la muchacha será aceptada o no, de si el personaje de Fassbender recaerá en su adicción o si ha conseguido superarla y se ha rehabilitado finalmente.

Por el contrario, no existe ambigüedad alguna en la catástrofe que enmarca la intensa y arrebatadora Melancholia (Lars Von Trier, 2011). El choque de la Tierra con el planeta que da nombre al film es externa, verificable y sucede en los primeros minutos de la película, despejando toda duda sobre su posible condición de metáfora, aclarando que lo que vemos es lo que hay. Una de las hermanas protagonistas, Justine (Kirsten Dunst) está efectivamente desequilibrada, afectada por una profunda depresión. Pero al contrario que en Take shelter o Shame, esta psicopatía no se contempla como un obstáculo a vencer, como una tara que corregir, sino como el estado mental ideal para afrontar la catástrofe. Justine, al contrario que su hermana Claire y su cobarde cuñado permanece calmada ante la inminente e inevitable colisión, que abraza y ansía, culminando en la bella escena en la que se baña desnuda en la luz nocturna que emite el astro destructor. Melancholia también se separa de Take shelter en el hecho de que mientras la segunda ofrece una lectura esperanzada, en la que la familia de Curtis apoya y comprende su enfermedad, la obra de Von Trier es un manifiesto de nihilismo cósmico que le sirve como exploración de la locura (incluida la suya). La ambigüedad de Melancholia reside en la posibilidad de que Justine sea la causante del choque, que de alguna manera incomprensible haya sido ella la que ha llamado al planeta. Y como en Take Shelter, queda también en el aire la posibilidad de que sus dotes adivinatorias sean reales.

Por ultimo, A serious man (Joel y Ethen Coen, 2010) trasladan su acción a los años 60, en principio mas amables y claros que nuestros tiempos, para contar su fabula sobre la imposibilidad de entender la realidad o de que esta se detenga para que podamos aprehenderla. Ignorada y malentendida por hermética e incomoda, A serious man se construye sobre una cadena de binomios de ambigüedades e incertidumbres, entre las que la referencia al Principio de Heisenberg por parte de su protagonista sirve de clave para descifrar su estructura. La física cuántica y lo sobrenatural. El gato de Schrodinger que puede estar muerto o vivo, o quizá ambos, como el rabino que aparece en el prologo del film y que puede ser fantasma o no. O la historia del dentista que descubre inscripciones cabalisticas en los dientes de un paciente. El resultado de un análisis médico que puede ser terrible o no. Un tornado que quizá sea uno mas o tal vez resulte apocalíptico. Los personajes de A serious man deambulan por el metraje dando tumbos, tropezando con los eventos que les salen al paso, que utilizan como signos y señales para entender que coño les esta pasando.

Como nosotros.

7 comentarios leave one →
  1. Sábado, junio 2, 2012 3:55 pm

    He echado en falta alguna mención a la infravalorada El incidente de M. Night Shyamalan.

  2. Domingo, junio 3, 2012 1:10 pm

    Gracias po el comentario, delvaux.

    Cierto es lo que dice. Y a “Knowing”. Es probable que este post termine teniendo una segunda parte…

  3. Sábado, septiembre 8, 2012 12:20 am

    La obsesión del protagonista, ¿no se parece un poco a la del Richard Dreyfuss de “Encuentros en la tercera fase”?

    Un vídeo que, de haberse utilizado otra música, habría quedado entre Shyamalano y Take Shelteriano, con su tormenta y todo.

    National Organization for Marriage Gathering Storm TV Ad – YouTube – http://www.youtube.com/watch?v=Wp76ly2_NoI

  4. Jueves, octubre 4, 2012 1:30 pm

    Yo tengo la teoría de que Nolan ha caido víctima del Síndrome Morrison, que hace que el enfermo deje de esforzarse en ser críptico cuando se da cuenta de que a su público le basta con que sea incomprensible y ya se toman la molestia ellos de intentar explicar su obra de manera que cuadre. Basta comparar el mecanismo de relojería que era Memento con el “yo voy soltando pistas a lo loco y ya vosotros las encajais, que a los de Lost les funciona” que es Inception.

  5. Jordigomar permalink
    Domingo, diciembre 9, 2012 8:16 pm

    Hola! Excelente post. Coincido plenamente con las alabanzas a Take shelter. Es una magnífica película. Aunque no me convenció ese final que sugería que las premoniciones pudieran ser ciertas. ¿ No traicionamos la lucha del personaje con la asunción de su locura, con la decisión, nacida del amor, de confiar más en sus seres queridos que en sus propias percepciones? Entendí la película como como una sutil y brillante metáfora del miedo instalado en nuestra sociedad, que nos puede conducir a la más

  6. Jordigomar permalink
    Domingo, diciembre 9, 2012 8:33 pm

    ….a la más absoluta de las paranoias. Tan sólo nos salvaremos de la destrucción si recuperamos la confianza en el otro. Eso entendí yo, tal vez movido por el deseo de que no se limitaran a contarme que un tipo q parece que está loco realmente no lo está y que debemos hacer caso a los visionarios y amargarnos la existencia, porque entonces, además de desalentador, es un recurso fácil y tramposo.

  7. Domingo, diciembre 9, 2012 8:48 pm

    Hola Jordigomar. Muchas gracias. La que mencionas es una interpretación muy legítima. Pero las epifanías no me gustan demasiado asi que yo al menos prefiero ignorar la interpretación en la que el protagonista aprende algo… Lo bello en cualquier caso es que Take Shelter admita de forma tan natural tantos puntos de vista.

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