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Fantasmas suburbanos 1971-1992 (I)

Martes, septiembre 18, 2012

Antes de comenzar, es de bien nacido reconocer que el germen del texto que encontrarán a continuación se encuentra en esta entrada del blog del documentalista británico Adam Curtis.

Un día cualquiera de agosto de 1971 una mujer de mediana edad está preparando la comida. Vive en un hogar sencillo, construido en piedra, una casa baja de muros blancos en una calle en cuesta de un pueblo de Jaén. Cuando aparta la vista del fogón de leña se fija en una mancha del suelo. En el cemento gris e irregular ve conformada una cara, un rostro que jamás había visto y de cuya presencia no se había percatado antes. Su mirada va delineando una boca entreabierta, unos largos bigotes, dos ojos allá donde el mortero se oscurece. María, que así se llama la mujer, se lleva la mano al pecho con aprensión. Se asusta. Se persigna. Sale de la cocina corriendo, atraviesa la sala, abre la puerta exterior y sin molestarse en cerrarla baja hasta el portal contiguo. Pepa, Pepa,  tienes que venir, hay algo en mi cocina.

Aquel día de agosto comenzaba uno de los fenómenos parapsicológicos más conocidos en España, el célebre caso de las Caras de Bélmez, que en sus postreros estertores aún alcanza nuestros días, un caso que congregó a miles de personas en aquel pueblo jienense, que trajo a la Guardia  Civil, al CSIC, a científicos y periodistas extranjeros, a supuestos médiums y autodeclarados investigadores de lo insólito, gentes con fantásticos nombres como Germán de Argumosa y Valdés o el Profesor Hans Bender, que tanto impresionó al público español durante los 70 con su título de Director del Instituto de Estudios Parapsicológicos de la Universidad de Friburgo. Lo extraordinario, lo asombroso del Caso Bélmez no era solo la aparición -como si fueran precursores de las noticias del Weekly World News de varios rostros en los suelos y paredes del número 5 de la Calle Real sino que aquellas imágenes, las inolvidables caras, al parecer resurgían después de haber sido picadas con cincel o tapadas con nuevas lechadas de cemento y estando la casa precintada por las autoridades y ante notario. Hubo, según algunos, una conspiración de silencio, una Operación Tridente; presiones gubernativas para disolver el asunto. Hubo, según casi todos, análisis fiables que descubrieron sales de plata y tinturas domésticas en las toscas caricaturas , estudios que destaparon un fraude de escai y ganchillo urdido por la familia de María para traer notoriedad y unas cuantas pesetas a una casa modesta en nada diferente a tantas otras. Pero fijémonos en eso por el momento. Que en un hogar banal y sencillo de Andalucía emergiera de repente lo inexplicable.

Aunque los insólitos sucesos ocurridos en Bélmez de la Moraleda contaban con ilustres precedentes hispanos como el caso de la “Casa de Tócame Roque” en la Valencia de 1915 o el misterio del “Duende de Zaragoza” en 1934,  estos hechos deben enmarcarse en la oleada de casuística paranormal que se produjo a partir de los primeros años 70 en todo Occidente y que resultaba novedosa porque rompía con una constante anterior. Hasta entonces, los fantasmas y espectros desencarnados, con sus sábanas, sus cadenas y sus voces cavernosas habían plagado los castillos en ruinas, las mansiones derelictas, las catedrales vacías, los restos derruídos de brumosos tiempos pasados. Las casas encantadas que aparecían en las películas de la Hammer, o en films canónicos del género fantasmagórico como House on the haunted hill (William Castle, 1959) o The haunting (Robert Wise, 1963) solían pertenecer a algún patricio o millonario, cuyos secretos,crímenes o neurosis, convertidos en hostiles ánimas, se dedicaban a atormentar a los vivos. En los 70 los fantasmas se trasladaron a los suburbios, a los chalets adosados, a los bloques de pisos de protección oficial habitados por gentes humildes o de clase media. El fantasma se democratizó y pasó a ocupar dormitorios infantiles y salas de estar. Se fueron sucediendo los casos de familias o parejas que salían huyendo despavoridas de sus hogares porque las sillas del comedor levitaban o las figuritas de porcelana caían de sus estantes de forma súbita, porque volaban las almohadas de los niños o se abrían los cajones de los cubiertos sin que nadie los tocara, porque el perro familiar gruñía toda una noche a una esquina, porque siluetas oscuras se reflejaban por un segundo en el espejo del baño o porque golpes en las paredes parecían estar a punto de rasgar el papel pintado. Los sucesos paranormales pasaron a  manifestarse en las vidas anodinas y mansas de las nuevas clases obreras y suburbiales.

Así se fueron produciendo en secuencia una serie de casos que alcanzaron celebridad momentánea, que generaron rumores, investigaciones, hasta películas y novelas. Por citar de momento unos cuantos: en 1970 una familia en Hinsdale, en el Estado de Nueva York vive un supuesto infierno en una antigua casa de campo; seres que les acechan desde los bosques cercanos, fuerzas que les empujan escalera abajo. En 1973 el Sr y Sra Pellymounter consiguen que un vicario de Swindon, Reino Unido, realice un exorcismo en su modesta casa para librarles de las presencias que según ellos no dejan de observarles. Algo parecido sucede en Newcastle en 1975 y de nuevo en un barrio trabajador de Datford, Kent, en 1977. Los servicios de vivienda de los ayuntamientos ya no se sorprenden cuando reciben solicitudes de inquilinos que piden ser realojados a causa de los fantasmas. Parejas jóvenes, matrimonios recientes, que no dudan en dejar atrás las casas ya sean nuevas o de segunda mano que han comprado con sus magros ahorros, porque algo o alguien a quien no pueden ver les esta haciendo la vida imposible. Paralelos al fenómeno, o quién sabe si alimentándolo, los medios de comunicación fueron recogiendo estas historias, primero con cierto escepticismo, después abordándolos como búsqueda científica, para más adelante, como ya discutiremos, tratárlos como “historias de interés humano”. Y así se popularizaron en el lenguaje términos con los que la parapsicología quiso vestirse de disciplina seria -psicofonías, psicoplastias, psicorragias, telequinesia- que en las entrevistas eran manejadas por las víctimas -gentes de barrio, amas de casa- con la facilidad de cualquier otro concepto cotidiano.

En la Navidad de 1972, mientras en Bélmez el furor por la aparición de las caras continuaba, se emitía en la BBC una obra titulada The stone tape. Una historia de fantasmas dirigida por Peter Sasdy (que unos años después dirigiría Welcome to blood city, el primer film en utilizar el concepto de realidad virtual) y escrita por Nigel Kneale, titán de la televisión británica y mundial, creador de Quatermass (sin el que Doctor Who no existiría) y autor de The year of the Sex Olympics (1968), que además de predecir el advenimiento de los programas de telerrealidad al estilo Gran Hermano, también supuso una influencia clave en otro titán televisivo, este contemporáneo, como es Charlie Brooker y en su Black Mirror. En The stone tape un equipo de investigadores se instala en una mansión victoriana que resulta ser notoria en los contornos por estar encantada. Allí descubren que, en efecto, el fantasma de una criada fallecida en un accidente doméstico se manifiesta en uno de los sótanos, dando los esperables gritos y alaridos. Los análisis demuestran que la piedra que conforma la mansión parece haber registrado como si de una cinta magnetofónica se tratara (de ahí el titulo de la obra) las experiencias traumáticas de sus pasados habitantes, incluyendo también registros mucho más ancestrales y ominosos bajo las capas de las más recientes “grabaciones”. En The stone tape Nigel Kneale consiguió articular en forma de ficción varias teorías puestas ya en circulación por los espíritas de los años 20 y 30 y recicladas durante los 60, las llamadas teorías de impregnación residual, que explicaban la ocurrencia de apariciones fantasmagóricas basándose en la capacidad de ciertos lugares o de ciertos objetos (en especial minerales y rocas) para atrapar momentos, emociones y recuerdos humanos. Esta teoría, que en un estupendo ejemplo de contaminación de la realidad por la ficción pasó a llamarse the stone tape theory después de la emisión del programa , ya estaba de algún modo presente en la también escrita por Kneale ¿Que sucedió entonces? (Roy Ward Barker, 1967), tercera entrega de la Trilogía Quatermass producida por la Hammer en la que un Mal primordial y extraterrestre emergía de unas excavaciones accidentales en Londres y que terminaba poseyendo a los pobres londinenses otorgándoles capacidades extrasensoriales.

La stone tape theory por tanto ofrecía una explicación mecanicista a los fenómenos fantasmáticos. Así entendidos, los espectros, aunque reales,  no eran resultado más que de las propiedades de ciertos materiales y de ciertas energías aún desconocidas desprendidas por los humanos en momentos de especial intensidad emocional. Esto implicaba la imposibilidad de interactuar con esas fuerzas, y lo que es más importante, que esas presencias no podían demostrar la existencia de una vida después de la muerte.  Pero hay algo más relevante para el tema que nos ocupa. Las teorías de la impregnación residual también abrían la puerta a que fenómenos como las apariciones o los poltergeist se produjeran en cualquier lugar. No solo en una mansión británica del siglo XIX, sino también en una casa con jardín de un suburbio estadounidense o en un humilde hogar jienense de los años 70. Bastaba una causa pretérita y dramática para que aparecieran los fantasmas.

(Continuará)

3 comentarios leave one →
  1. Miércoles, septiembre 19, 2012 3:41 pm

    Lloro.
    Soy de Bélmez de la Moraleda.
    Sigo su blog con fascinación enfermiza. Estoy en el Focoforo y amo Doctor Who por encima de todas las series (salvo Buffy).
    Me ha encantado este post, aunque el fenómeno en sí no me ha llamado demasiado la atención salvo cuando me documenté para un relato sobre las Caras.
    Le invito a visitar el fenómeno in situ.
    Un abrazo!

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  1. Fantasmas suburbanos 1971-1992 (II) « Doctor Zito

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