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Resaca copera

Sábado, mayo 18, 2013

Para desengañarse ¿hay primero que estar engañado?

Accidents Polipoètics

Normalmente desengañados, cínicos y desmoralizados, los seguidores del Atlético de Madrid parecemos condenados a que el equipo nos haga felices a nuestro pesar. Obligados a tener que aparcar el pesimismo y el victimismo, esos -ismos de los pobres de recursos que no de espíritu. Y es que a todos los románticos e idealistas se les  podría llamar “colchoneros” porque, al fin y al cabo, quién no ha tenido romances e ideas yaciendo en un colchón. Resulta que en este frenesí suyo por hacernos felices a nosotros, sus hasta ahora desengañados y cabizbajos seguidores, el club rojiblanco ganó anoche la Copa Campechano I de Fútbol ante su eterno rival, el Real Madrid, y en su propio domicilio, rompiendo así una racha de 14 años de humillaciones y desgracias. Lo curioso es que el final de esos casi tres lustros de sequía, que debe de haber causado oprobio periódico a miles de escolares madrileños, ha coincidido con otros eventos, con otros sucesos políticos y financieros que parecen augurar tambien la liquidación de otros dominios que otrora parecían eternos y que sin embargo han entrado fase terminal. Y es que va a resultar que ese canto de los atléticos “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura del Real” contiene más de lo que parece.

Lo de los 14 años, repetido como mantra o como losa, esconde sin embargo una realidad futbolística más cruda, la de una hegemonía cimentada sobre un complejo de inferioridad rampante. La temporada 1995/96 fue la del célebre y mágico doblete, aquella en la que se dió la triple alineación cósmica de un Madrid en transición, un Barça con el cruyffismo en horas bajas y un Atlético pujante con Simeone detentando los galones en el mediocampo. Aquella temporada, la única en la que yo fui abonado, aquella en la que cada dos domingos iba al Calderón acompañado de Angel Luis, un muchacho atolondrado y vehemente que no tenía pudor en confesar en público que se comía las uñas de los pies. Angel Luis era uno de esos amigos temporales que a uno le gusta tener, o quizás solo a mí, de esos que no dejan de hablar, inofensivos y chistosos, ideales para ir al fútbol. Pero en el trascurso de aquellos nueve meses mágicos en los que nos frotábamos los ojos cada vez que mirábamos la tabla clasificatoria, y pese a haber concedido apenas un empate en casa, el Madrid nos ganó en nuestro feudo. Un Madrid ramplón y plano que sin embargo fue suficiente para producirnos un severo temblor de rodillas y empañar nuestro mejor año en décadas.

Yo era por entonces un recién llegado al futbolerismo. Durante años el balompié me había dado bastante igual. Quizá porque siempre he sido bastante malo hasta el punto de ostentar el record de haberme dado una patada a mi mismo en un partido. No tengo pudor en confesar que de niño (no-)jugaba al futbol de árbitro. Luego, con la adolescencia, fui simpatizando con lo rojiblanco porque era el equipo del barrio. Porque los aficionados afluían por sus calles los domingos de camino al estadio. Porque cuando volvían, las señoras de negro se asomaban por las ventanas de los primeros y les preguntaban, cómo hemos quedado, hijo, uno-cero señora, ay menos mal, ya era hora, para después regresar satisfechas a sus salas de estar y a su ganchillo. El barrio palpitaba con el atleti, sus magros triunfos, sus pupas y sus idas y venidas de entrenadores. En cambio el Real Madrid para mí lo representaban los tíos de mi madre que vivían allá en General Pardiñas, casa lujosa que visitaba en los cumpleaños de mis tres primas -Tang de naranja, mediasnoches de jamón York- y en la que me sentía como el niño de barrio rodeado de aquella familia de compromisarios madridistas vestidos de trajer porque eran de clase media-alta con aspiraciones. Aquella intuición mía sobre que ser del atleti era el camino a seguir la terminé confirmando en Sevilla, en plena expo del 92, delante de una pantalla enorme en la que se retransmitía una final de copa como la de ayer, contra el Madrid y en el Bernabeu, con Schuster y Futre haciendo de las suyas y un arbitro que intentó echar una mano a los blancos. Pero no fue suficiente. Allí en La Cartuja, sí, terminé haciéndome del atleti. De ahí, de nuevo,  el desamparo y decepción que me trajo aquella derrota durante el año glorioso del doblete. Comprendí, más bien comprendo ahora, que las tornas habían cambiado.

Se ha recordado mucho la victoria del 99, esa última hasta la de ayer, pero no se ha mencionado que aquella, muy fiel a la personalidad del Atlético, ocurrió la misma temporada en la que bajamos a Segunda División. Fiel, digo, por fútil y romántica. Podríamos hablar de aquel equipo (un equipazo, de hecho) que consiguió autodestruirse en solo tres años. Pero quiero mirar por encima de esos hechos. Aquel 1999, podemos decir con seguridad, fue el primer año del ladrillazo en España. El gobierno Aznar había aprobado el año anterior la Ley del Suelo que daba plenos poderes a municipios y a “agentes urbanizadores” a trocar suelo rústico en urbano, es decir, el plomo en oro, y lo que hiciera falta. Esa temporada todo cambió en Madrid. Florentino Perez, millonario y promotor urbanístico a la sazón llega a la presidencia del “noble y bélico adalid”. Se abrieron las puertas del Ayuntamiento para él y sus proyectos, para él, que no en vano había sido concejal durante la época de UCD. Alvarez del Madroño le otorgó lo que había negado a sus sucesores: La recalificación de los terrenos de la Ciudad Deportiva. Millones de pesetas fluyeron a las arcas del club y así comienzó oficialmente la época galáctica. Mientras tanto el Atlético enfilaba su descenso al infierno. Noqueado y expoliado por los desmanes de la familia Gil el club es intervenido judicialmente. En un gesto que auguraría nuestro actual presente, el juez puso al mando a un gestor externo. Es decir, a un tecnócrata. El equipo bajó a Segunda y se mantuvo allí dos años, tras los cuales regresó renqueante a Primera para ocupar desde entonces la mitad de la tabla. Es decir, la nada.

Durante esa época de fulgor edificador, de capitalismo popular a la española, ocurre un golpe de estado incruento. Tras ocho años en elpoder, el PP pierde el gobierno de la Comunidad de Madrid en 2003. No del todo. No exactamente. Lo pierde solo un rato. Dos diputados regionales del PSOE no se presentan en la elección de Rafael Simancas como presidente impidiendo así que la coalición con IU prospere. Se habla de traiciones políticas y personales pero lo cierto, aunque no esclarecido ni investigado con profundidad por los jueces, es que una colección de promotores inmobiliarios compró a ambos diputados para evitar el relevo en el gobierno regional. Dos razones: IU iba a detentar la consejería de vivienda. Quién sabe lo que habría pasado entonces, pero no es descabellado creer que la burbuja se habría pinchado en la Comunidad (el caso de Seseña así lo sugiere). La segunda, Simancas había anunciado días antes del pleno de investidura que Miguel Blesa no seguiría al frente de Cajamadrid. Si, ese Blesa. He escuchado muchas veces, quizás demasiadas, que Madrid es casposo, conservador y carpetovetónico. Son adjetivos merecidos. Pero es preciso recordar que aquel golpe a la democracia se llevó por delante los ideales y las ilusiones de cambio de mucha gente a la vez que encoraginó a otros, que desde entonces gritan y enseñan pecho creyéndose invulnerables. Así fue como los ciudadanos madrileños se quedaron desengañados, cínicos y desmoralizados. Sí, exacto. Como cualquier aficionado del atleti.

Llegamos así a la primavera de 2009. Miguel Blesa lucha a muerte contra Esperanza Aguirre, que pensándose dotada de un poder omnímodo quiere la cabeza del banquero-sin-formación-financiera para poder reemplazarla por la de su delfín, Ignacio González, como presidente de la entidad del osito verde. Ese mismo año Florentino Perez ha regresado a la presidencia del Madrid. También creyendose todopoderoso, Pérez había dinamitado de arrogancia su presidencia en 2006. Pero la inestablidad institucional tras su marcha allana su vuelta. Es entonces cuando la Cajamadrid aún de Blesa y el Santander de Botín conceden un crédito de 150 millones de euros al Real Madrid para que el club afronte los fichajes muchimillonarios de Kaká y Cristiano Ronaldo. Mucho deberá escribirse sobre cuánto debe a Cajamadrid la expansión de la llamada élite empresarial española (Repsol, Telefónica), un ejemplo de esa colusión de intereses focalizada en el palco del Bernabeu, centro neurálgico de nuestro capitalismo cañí. Ese mismo palco, por cierto, que en la final de anoche presidía el abotargado y decrépito Campechano I.

Aquel crédito en condiciones muy ventajosas sería el canto del cisne de Miguel Blesa. Rajoy impuso una solución salomomica y para no dar razón a nadie o a todos, puso a Rodrigo Rato al frente de Cajamadrid. Los 150 millones sin embargo no trajeron demasiados rendimientos al club de la Castellana. La Segunda Venida de Florentino no sirvió para que el Real Madrid volviera a reinar en Europa, y se estrelló una y otra vez contra los colosos del continente, incluido el talento del mejor equipo del mundo, el Barça, que no obstante parece haber entrado en problemas. En el proceso Mourinho ha desquiciado al club y a sí mismo, haciéndose todo lo incomodo que pueda para forzar su salida. Vendrán más turbulencias. Mientras tanto en Madrid las encuestas auguran el fin de la hegemonía del PP, tanto en en el ayuntamiento como en la comunidad, con una IU capaz incluso del sorpasso sobre el PSOE. Los escándalos sucesorios (Aguirre finalmente pudo colocar a Gónzalez en algo), la crisis, los recortes, las privatizaciones, la mala gestión… hay razones de sobra.

Tras años de cerco judicial, Blesa entra en la cárcel.  El atleti gana la copa.

La dictadura se acaba.

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2 comentarios leave one →
  1. Viernes, mayo 31, 2013 9:16 pm

    Estimado, Santi. No tenía el placer de conocer tu especio blogesférico y he de felicitarte, por tu deliciosa prosa. En unos tiempos llenos de paja, plexiglas y runrún; cuesta mucho encontrar publicaciones con fundamento. Me voy a dar el homenaje de instalarte en la estantería de mis adicciones diarias. Saludos cordiales y no bajes el listón. Bueno, yo juego un montón a la primitiva… En realidad, soy un adicto al juego. Por no decir, un irreverente ludóapata. Si un día me tocan un porrón de millones desaparezco de la web…

  2. Sábado, junio 1, 2013 11:54 am

    Muchas gracias, JC.

    Elblogestáen un estado semiletárgico a la espera de tiempos más tranquilos, pero ahi seguimos. un saludo.

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