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La ley de su amo

Miércoles, septiembre 18, 2013

Hace aproximadamente un lustro que vivimos un “verano zombi” que marcó el comienzo de una oleada que tuvo su cénit con el estreno de la serie televisiva The Walking Dead en 2010 y que tras amainar, este mismo estío ha vivido una inesperada resaca con la largamente pospuesta Guerra Mundial Z (Marc Forster, 2013), ambas adaptaciones audiovisuales de sendos tótems de lo que venimos en llamar “Lo Zombi“. En ese proceso, el subgénero ha vivido una aceptación por parte del mainstream cultural que ha llevado a la prestigiosa revista Time a declarar al zombi como Monstruo Oficial de la Recesión™ y a la publicación del respetable ensayo Filosofía zombi, (Ed Anagrama, 2011) al que, yo confieso, no me quedan demasiadas ganas de acercarme.

Lo curioso, o no, es que este tsunami zombi ha coincidido en el tiempo con el de la Gran Recesión, que comenzó en formadecrisis financiera, precisamente en Septiembre de 2008. Digo que no es tan sorprendente porque la conexión zombi-crisis económica esta bien establecida en la teoría cultural de Lo zombi. Gracias al esencial trabajo de David J Skal en Monster Show (1993) sabemos que en el apogeo en la decada de 1930 de lo monstruoso, zombi incluido,  tuvo un paralelo necesario con la Gran Depresión.  Por entonces, la imaginación colectiva en Occidente había sido capturada por el relato sobre prácticas vudú en Haiti del explorador y ocultista William Seabrook, amigo personal ni más ni menos que de Aleister Crowley, recogido en su libro La isla mágica (1929) (que pueden encontrar en edición española a cargo de Valdemar). El éxito de la narración de Seabrook fue suficiente como para que Hollywood hiciera una adaptación tangencial de ella en La Legión de los Hombres sin Alma (Victor Halperin, 1932) (amén de inspirar, once años después el clásico de Jacques Torneur Yo anduve con un zombi).  Puestos en ese contexto de catástrofe económica y desempleo masivo, la imagen de una legión de seres sin voluntad condenados a cosechar la caña de azucar sin descanso dirigidos por la mefistofélica figura de un Bela Lugosi aún en plena forma cobraba un poder metafórico irresistible.

En un ya clásico pasaje, Skal escribe:

El espectáculo de los muertos vivientes arrastrando los pies en películas como La Legión de los Hombres sin Alma era en muchos aspectos una visión pesadillesca de las colas de hambrientos. […] Millones de personas ya sabían que habían perdido el control de sus vidas; los hilos económicos se movían impulsados por fuerzas invisibles aterradoras. Si dichas fuerzas tuvieran un rostro, es probable que fuera el del amo de zombis, Bela Lugosi, apoderándose hipnóticamente de la voluntad de uno. Los zombis eran particularmente apropiados para el momento económico, pues, tal y como bromeó la crítica de San Francisco Catherine Hill, «no les importa echar horas extras».

Y es que es cierto: no he conocido a ningun zombi sindicado.

Bela Lugosi en pleno micromanaging de sus empleados

Bela Lugosi, gestor de Recursos Humanos

Pero no solo eso. A mediados de la década, Tod Browning, el director maldito de títulos como Drácula (1931) y La parada de los monstruos (1932), añadió a su lista de adicciones la de asistir a maratones de baile como mero observador. En las memorias de un amigo de Browning citadas por Skal este relata que

… fuimos a los muelles de Santa Mónica a observar alos jóvenes zombis desempleados arrastrarse por la pista en una danse macabre a cámara lenta.

La conexión entre el hombre sin alma y el desempleado quedaba más que clara. Si el trabajo nos dignifica, nos hace libres y, sobre todo, nos define, perderlo significa perder nuestra identidad, nuestra esencia humana.

Otra figura desprovista de humanidad es, por supuesto, la de la bestia, y por extension la del teriomorfo, la del hombre bestializado. Los hombres bestia toman el poder de su animal tótem. Por ejemplo,el hombre lobo tiene, como también indica Skal, una fuerte conexión con la guerra en la mitología germánica; no en vano los guerreros berserker vestián pieles lupinas. Skal liga el auge del hombre lobo fílmico en la década de 1940 con el espíritu guerrero, amén de mencionar que Hitler era un tremendo enamorado del cine y de la canción de Disney ¿Quién teme al lobo feroz?. Pero los hombres bestia también pueden representar un ser humano demediado, incompleto, imperfecto.  A propósito de la bellísima La isla de las almas perdidas (Erle C Kenton, 1932), adaptación libre del clásico La isla del Dr Moreau (1896) de Robert Luis Stevenson en el que un demente doctor transforma animales en humanos mediante pavorosos operaciones de vivisección, Skal escribía

Los animales, a los que se les ha prometido progreso y ascenso social, han acatado debidamente las “leyes” promulgadas por su amo. Sin embargo todo ha sido un feo engaño: su ascenso ha sido es simultaneamente una degradación que desemboca en una sangrienta revuelta.

No me nieguen que resulta asombroso y desolador comprobar como una metáfora social nacida hace 80 años se aplica tan bien a la situación actual en la que tantos hombres bestia que durante la década del “milagro español” creyeron que alcanzar la humanidad, es decir, la riqueza, han descubierto que estaban en realidad en manos de un doctor megalómano que, desgraciadamente para cualquier intento de levantamiento, no tiene cuerpo ni cara.

Charles Laughton contra los proletarios.

Charles Laughton contra los proletarios.

Y aún hay más. Porque si adelantan hasta 1974, justo un año después del comienzo de la Primera Crisis del Petróleo, podrán encontrar un nuevo ejemplo del binomio zombi/paria. En Nuits Rouges, la deliciosa, folletinesca y última película del gran Georges Franju, aparecía un Mad doctor avant la lettre cuyo plan maestro era precisamente la creación de un ejército de hombres sin alma, un lumpen zombi, que pueda ser puesto en servicio de las armas, el trabajo o el consumo a voluntad (de los poderosos, imagino). Más claro no podría declamarlo el personaje.

Míralos. Son la solución del futuro. Para la industria, para el ejército. No más desempleo ni gastos sociales. En caso de recesión económica, de nuevo a la caja. Y les sacamos de ella cuando las cosas mejoren. Tienen un mantenimiento mínimo. ¡Toda fábrica podría contar con su propio suministro! Lo mismo con el ejército. ¡No haría falta movilizar a nadie! Silos de humanos a lo largo de las fronteras.

El problema es que parece que más bien quieren dejarnos permanentemente dentro de la caja.

La conexión entre guerra y muertos vivientes que hace el científico loco de Nuits Rouges no es gratuíta. En su segundo y decepcionante acercamiento a la temática zombi, Revolt of the zombies (1936), Victor Halperin hizo sin embargo un estupendo hallazgo: La película comienza en plena Primera Guerra Mundial. Un puñado de soldados camboyanos del ejército francés toman ellos solos toda una trinchera austriaca. Son en realidad zombis al servicio de un sacerdote que tiene en su poder de una formula antiquisima con la que es capaz de someter voluntades por telepatía. La metáfora estaba pues bien clara: Desde los primeros tiempos del colonialismo moderno (los británicos fueron pioneros en esto), las Grandes Potencias habían nutrido su infantería con carne de cañon proveniente de sus posesiones de ultramar, es decir, del Tercer Mundo. Estrenada pocos años después, Revenge of the zombies (Steve Sekely, 1943) abundaría en esta idea: un mad doctor nazi interpretado por John Carradine pretende usar a los hombres sin alma para luchar en las filas de los ejército del Tercer Reich. Soldados sin voluntad, sin temor a la muerte, inmunes a las balas y a las bombas, incansables y tenaces hasta que su cerebro es triturado. Perfectas armas en manos de Hitler. Años más tarde, y ya bajo su propio paradigma, George A Romero esbozaría un concepto similar en su primer tratamiento para lo que terminaría siendo Day of the dead (1985): Humanos que habitan en bunkers atómicos y que luchan sus guerras en la superficie usando zombis como soldados.

A John Carradine se le amotinan sus insubordinados.

A John Carradine se le amotinan sus insubordinados.

Este es un ejemplo de una relación más general. Este gráfico compilado por los chicos de io9  muestra que en el periodo 1910-2008, episodios históricos turbulentos, enfrentamientos bélicos incluidos, tienen un claro correlato con una mayor producción de películas de temática zombi.  La relación es demasiado sugestiva como para ignorarla.

Otra de las sorpresas recientes del subgénero fue el estreno y buena acogida de la serie televisiva francesa Les ravenants (Canal+, 2012-), adaptación a su vez del homónimo film de 2004 dirigido por Robin Campillo en la que los muertes regresan de sus tumbas sin explicación ninguna, inmaculados y limpios, algo desorientados y perplejos, para sorpresa de sus vivos que han de aprender a coexistir y acomodar a esta nueva población para la que el tiempo no ha pasado. Aunque bastante fría y algo aburrida, Les ravenants contenía estupendas ideas, incluído el tremendo lío que se monta cuando las autoridades se dan cuenta de que ahora será necesario pagar de nuevo pensiones a una legión de jubilados que han vuelto de esa mejor día. Y es que el jubilado como zombi constituye una prueba muy dura para la viabilidad del sistema de pensiones que ya anticipaba los que ahora se nos avecina: la perspectiva de que pasemos la vejez arrastrándonos como podamos, harapientos y hambrientos, deseando el descanso final..

Habrá que llamar a los expertos en pensiones para que diseñen un “factor de sostenibilidad zombi”.

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