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Ficción encendida

Lunes, noviembre 18, 2013

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Antes de nada, déjenme empezar por la promoción. Hoy lunes a las 20:00h en La Casa Encendida tendrá lugar una presentación de Prosa Inmortal, la revista literaria que seguro ya conocen, y de la que les hablé hace unas semanas. Serán ustedes muy bienvenidos allí. Pero es que además el evento será merecedor de su tiempo porque el insigne Noel Ceballos dará una charla sobre el tema que ocupa a este primer número de Prosa Inmortal: Los horrores de la ciencia.

Como les decía, el relato con el que he contribuído a Prosa Inmortal se enmarca en un periodo, el de las décadas anteriores al desarrollo de la bomba atómica, en el que se produjo un fenómeno que, si son habituales de este irregular blog, sabrán que me encanta:Verbigracia, la imbricación constante y fundamental entre realidad y ficción. No quiero ponerme muy pesado así que solo les diré que mi relato juega a eso y se esfuerza por borrar las lindes entre una y otra. Las historias que culminaron en ese momento de 1945 en Alamogordo, a esa explosión con la potencia de diez mil soles, fueron tan extraordinarias que no es mérito de mi prosa sino de ellas que resulte tan dificil clasificarlas como verídicas o ficticias.

No solo eso. Además existieron varios momentos, tan numerosos como fascinantes, en los que se trenzaron hechos reales con narraciones inventadas. Aquí les doy unas muestras.

Una, que aparece deformada en mi relato (paro ya de hablar de mí) comienza con una conferencia de Frederick Soddy, uno de los padres junto con Ernest Rutherford de la teoría atómica moderna. Soddy no era en absoluto un espíritu mediocre. Cuando en 1919 él y Rutherford consiguieron convertir nitrógeno en oxígeno bombardeándolo con partículas alfa, Soddy gritó emocionado a su colega: “¡Hemos transmutado la materia!”. La leyenda dice que Rutherford le respondió. “Por el amor de dios, Soddy, no lo llame transmutación o nos cortarán la cabeza por alquimistas.” Diez años antes, en la Universidad de Glasgow, Soddy había dado una serie de conferencias muy populares titulada La interpretacion del radio. Aparte de inspirar a muchos escritores esotericos con sus menciones sobre civilizaciónes antiquisimas, quizás destruidas por catastrofes atómicas, estas conferencias sirvieron de inspiración a HG Wells quien escribiría en 1913 El mundo emancipado, la novela en la que se usa por primera vez el término “bomba atómica” y que especula con todo un siglo de historia humana futura. El mundo emancipado se abre con un trasunto de Soddy que repite sus tesis casi palabra por palabra. Esa conferencia ficticia inspira en la novela a un joven cientifico llamado Holsten que pone en práctica por primera vez la idea de la reacción en cadena. Lo curioso es que en 1933, un científico húngaro llamado Leo Szilard, aficionado a las revistas de futurismo e invenciones y a la ciencia ficción, lector devoto de Wells, tuvo una epifanía después de leer El mundo emancipado en la que se le reveló el principio real de la reacción en cadena, principio que puede decirse por tanto que entró en nuestra realidad desde el orbe de la ficción. No solo eso. En los años 50, ya en plena Guerra Fría, Szilard planteó la posibilidad de que las grandes potencias terminarían por desarrollar la bomba de cobalto,  una bomba que podría terminar por si sola con cualquier forma de vida sobre la faz de la tierra. La idea se hizo tan popular que permeó en la cultura. La bomba-idea de Szilard serviría de inspiración a la “Máquina del juicio final” de Teléfono rojo, ¿volamos hacía Moscú?  (Stanley Kubrick, 1958) además de ser la que adoraban, decorada con unas brillantes alfa y omega, los deformes mutantes subterráneos de Regreso al Planeta de los Simios (Ted Post, 1970). Y por si quieren elucubrar aún más: Szilard vislumbró esa bomba de cobalto como una enorme botella de la que al ser detonada escaparían vapores radioactivos que terminarían envolviendo la tierra. Una imagen que, como se mencionaba en “Meditations on the atom and time,” el ensayo que cierra el seminal Apocalypse Culture (1990) de Adam Parfrey, está muy cercana a la del djinn en la botella, el demonio de la mitología árabe que intenta engañar a los humanos para que le liberen de su encierro. Lo cual nos lleva a la célebre frase Robert Oppenheimer, quien recordando la prueba de Alamogordo en una entravista de 1956 dijo “Hicimos el trabajo del diablo”. Por si fuera poco, Szilard publicaría en 1961 un libro de relatos de ciencia ficción titulado La voz de los delfines, que demostraba su amor por la ciencia ficción y con el que se completaba el circulo.

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Dos. A medida que iba quedando claro que Alemania y Estados Unidos se habían enzarzado en una (a la postre desigual) carrera por desarrollar la primera bomba atómica, la paranaoia y el secretismo hizo que la ficción se derramara sobre la realidad en varias ocasiones. En 1934, la UFA estrenó una de sus mayores y más exitosas superproducciones, Oro (Karl Hartl, 1934), protagonizada por la superstrella germana de entonces Hans Albers y la mítica y bellísima Brigitte Helm, la Maria de Metrópolis (Fritz Lang, 1927). Como era costumbre en la época, se filmó de forma simultanea una versión francesa con Helm repitiendo en el papel de caprichosa hija de un multimillonario sin escrúpulos que secuestra a un científico que ha desarrollado una reactor nuclear capaz de transmutar el plomo en oro. Según cuenta David Hull en Film in the Third Reich (1969) a los Aliados les preocupaba que los impresionantes decorados del film fueran en verdad reales y que por tanto los alemanes estuvieran mas avanzados de lo que sospechaban en su dominio de las energías encerradas en elátomo. Así que requisaron todas las copias que encontraron de Oro y mandaron una de ella a Estados Unidos para que un grupo de científicos dictaminara si las máquinas que aparecían en ella eran o no funcionales. 

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El “reactor filosofal.”

El miedo a posibles filtraciones del secreto atómico no terminarían ahí. En el numero de Marzo de 1944 de la revista Astounding Science Fiction apareció un relato titulado “Deadline” escrito por Cleve Cartmill. Aunque ambientado en un planeta lejano, el relato no disimulaba ser una representación fantacientífica de la Segunda Guerra Mundial, en el que dos potencias pujan por desarrollar una bomba atómica. Lo que llamaba la atención en “Deadline” era la prolija y detallada descripción del ingenio atómico que Cartmill hacía en el. Se mencionaba el uso del uranio 235 y se detallaba una estructura esférica similar a la que en ese momento se estaba utilizando como prototipo en Los Alamos, en las instalaciones secretísimas del Proyecto Manhattan. El parecido era tan asombroso que el FBI creyó que se encontraba ante un caso de traición y espionaje. Sus agentes se personaron en las oficinas de John W Campbell, editor de Astounding y padre de la Edad de Oro de la ciencia ficción. Le pidieron que secuestrara toda la tirada de aquel número pero sobre todo le pidieron explicaciones. ¿Cómo podía tener Cartmill un conocimiento tan correcto sobre la construcción de la bomba? El FBI había iniciado una investigación exhaustiva de Cartmill y de amigos suyos entre los que se encontraban ni más ni menos que Robert Heinlein y Isaac Asimov. Como relata el mismísimo Robert Silverberg, Campbell les trató de convencer de que, como hiciera Julio Verne en su tiempo, Cartmill y él habían sacado la información de revistas científicas editadas antes de la guerra. El FBI sabía que Cartmill había estudiado en el MIT y no terminaba de creerse que fuera tan lego en física atómica como su amigo Campbell afirmaba. El caso es que Astounding ya había publicado con anterioridad relatos de temática atómica y con un gran alcance anticipatorio. En “Blows happen“, Robert Heinlein había usado material aparecido revistas técnicas para anticipar el uso de la energía nuclear y los problemas asociados con ella. Uno de sus personajes era de hecho un científico de apellido Silard, sospechosamente parecido a Leo Szilard. En otro relato suyo de ese mismo año titulado “Solution unsatisfactory” , Heinlein avanzó el concepto de “bomba sucia” y especuló con la posibilidad de una guerra total que sumiria al mundo en una pax americana dictada por un régimen totalitario. Finalmente, ante la falta de cualquier evidencia seria, el FBI dejo marchar a Cartmill aunque advirtiendo a Campbell que no editara más relatos que pudieran hacer referencia a experimentos atómicos mientras durara la Guerra.

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Estas tres historias demuestran que el poder predictivo de la ciencia ficción es por fuerza limitado. Heinlein o Cartmill no anticiparon el futuro sino que reciclaban material ya existente. Lo recombinaban y con eso creaban algo nuevo. El poder de la ciencia ficción, su verdadero poder, es el de inspirar. John Campbell sospechaba que algo estaba sucediendo en Los Alamos, que algún proyecto que involucraba a un equipo de científicos y técnicos estaba teniendo lugar allí porque un buen número de suscriptores de Astounding se habían mudado recientemente a aquella zona. Estaban, en efecto, internados en las instalaciones de Los Alamos, de donde no podían moverse, y eran, en efecto, ávidos lectores de revistas de ciencia ficción. Mi versión, especulo por supuesto, es que uno de los ejemplares que contenía el cuento de Cartmill llamaría la atención de alguno de los muchos agentes que preservaban la seguridad en el centro. Quizá lo encontró por casualidad, abandonado por su científico dueño en alguna catre o mesa, y lo leyó por casualidad atraído por su portada, un poco aburrido, hasta que las primeras páginas de “Deadline” le sumieron en la alarma. Pero lo importante en último término es que tanto Szilard como estos jóvenes físicos tenían a la ciencia ficción en su caja de herramientas mental y cultural. En las conocidas palabras del recientemente fallecido Frederick Pohl, “la labor del escritor de ciencia ficción no es predecir el automovil sino el atasco de tráfico.” Es decir, las consecuencias sociales, economicas y culturales de los avances tecnológicos. Podría argumentarse que de nada sirvió la ciencia ficción para que los científicos del Proyecto Manhattan no imaginaran las consecuencias de lo que tenían entre manos. Pero a Szilard, el más aficionado de todos, sí sirvió. Como decíamos el húngaro no tardó en en comprender las consecuencias de la explosión  de Hiroshima. Como mantiene PD Smith en su libro Doomsday Men (2007), fue su bagaje fantacientífico lo que llevó a Szilard a imaginar la bomba de cobalto, una construcción imposible tecnicamente por entonces. La idea, una vez contagiada al público general, contribuyó a convencer al ciudadano de que una guerra atómica no sería un mero intercambio de bombazos sino que representaría el fin de la humanidad completa. Por eso no es de extrañar que ahora el MIT enseñe a sus ingenieros que la ciencia ficción es clave para hacer buena ciencia.

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