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Yo vigilo el camino

Miércoles, abril 30, 2014

title John Frankenheimer I Walk the Line Gregory Peck DVD PDVD_001

Un sábado por la tarde, con tus padres de visita, está predestinado a  terminar frente a la pantalla. Digo pantalla y no televisor porque no tengo. Confusos por la falta de familiaridad con el espacio y la ciudad, sin el refugio amable de su rutina, mis padres me preguntan por qué no vemos algo. Ese “ver algo” significa pasar un rato juntos teniendo algo de lo que hablar. Descartados los DVDs, rebusco en el disco duro. Me cuesta encontrar algo que les guste. Aparto el cine abyecto frances (impensable), el cine negro español de los 50 (cutre), unas cuantas peliculas surcoreanas recientes (chinadas), a CasavettesVan Sant (deprimentes). El proceso de eliminación conduce a un único resultado que sin embargo parece también formar parte del destino de esa tarde sorprendentemente calurosa de Marzo: Yo vigilo el camino (I walk the line, 1970), de mi adorado John Frankenheimer, que descansa desde hace años en ese cementerio de promesas que es mi disco duro externo desde que Nacho Vigalondo le dedicara una excelente entrada en su añoradísimo blog. Cine clásico, una historia reconocible, Gregory Peck como protagonista. Los Padrezitos por supuesto acceden.

En Yo vigilo el camino, Peck encarna a un sheriff cincuentón en un pueblucho aburrido del Tennessee que se enamora perdidamente de la hija de unos moonshiners errantes que han elegido un molino abandonado como base para sus ilícitas operaciones destiladoras. Nacho hacía muy bien en cifrar gran parte del logro de la película en su descomunal demolición de la condición masculina. Algo que quizá pueda ahora parecernos evidente y hasta frecuente, pero que con fecha 1970 podría calificarse como pionero. El sheriff abandona las convenciones sociales, mancha su respetabilidad, traiciona a su esposa, contempla abandonarlo todo y hasta traspasa en repetidas ocasiones y con cada vez menos miramientos la línea a la que se refiere el título original, la línea que separa La Ley del delito. Lo hace llevado por una incontenible obsesión por esa muchacha de inocencia feroz que interpreta Tuesday Weld con un acierto que trasciende sus capacidades interpretativas. ¿Está jugando la chica con él o es en verdad inocente? ¿Se le ofrece solo para obtener un mejor trato para los suyos? La respuesta no tarda en revelarse pero mientras tanto es facil comprender al personaje de Peck en su amor desesperado y fou por esa criatura que es a la vez rescate y condenación.

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Dicen que Frankenheimer quería a Gene Hackman para el papel del sheriff. Que Peck fue una imposición del estudio. Dicen que por eso y por otros problemas de producción nunca quedó demasiado contento con la película. Es curioso, y a la vez nada casual, que solo un año más tarde Hackman protagonizaría French connection (William Friedkin, 1971), la película a la que suele atribuírse el primer difuminado deliberado entre criminal y policía. El detective Jimmy “Popeye” Doyle que encarna Hackman allí es violento y agresivo. Sus métodos son cuestionables y amorales, lo que contrasta con la suavidad y elegancia del villano interpretado por Fernando Rey con su savoir faire habitual. Doyle se verá frustrado en última instancia, como tambien el sheriff de Yo vigilo el camino. Al fin y al cabo, los setenta son los tiempos del antihéroes. Pero creo que esa comparación evidencia que Frankenheimer se equivocaba en preferir a Hackman, que habría imprimido al personaje del sheriff demasiada testosterona y hosquedad. Parte del encanto Yo vigilo el camino es precisamente la vulnerabilidad que despliega Peck. Entregado durante su carrera a papeles de hombre caballeroso, recto y virtuoso, en el segundo acto de la película le vemos romper esa máscara mostrándonos un ser (quizá él mismo) infiel, egoista y culpable por el que finalmente solo podemos sentir una conmiseración extrema.

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Es interesante también como Frankenheimer despliega en Yo vigilo el camino los vectores  de su obra pasada y futura. Por un lado, el escenario de un hombre de mediana edad que quiere liberarse de la carga de su cotidianeidad gastada la encontramos en su obra maestra, Plan Diabólico (Seconds, 1966). Frankenheimer usó en ella a otro icono de la masculinidad, Rock Hudson, para sus propósitos. A medio camino entre la conspiranoia política y la ciencia ficción, avanzando en cierto modo el clima de los 70, Plan diabólico contaba la historia de un ajado ejecutivo que recurre a una misteriosa corporación para que reconstruya su vida y hasta su propio cuerpo. A través de ella compra una nueva vida como pintor (mediocre), una joven (y liberada) novia, y una bella anatomía (la de Hudson), dejando atrás el ambiente axifisiante del hogar que hasta entonces compartía con su lastimera esposa en una huida hacia adelante que sabemos desde el principio solo puede acabar mal. Sin recurrir a elementos fantásticos sino a la literatura sureña de pedigrí (la película está basada en la novela An exile del reputado Madison Jones), Frankenheimer explora una idea muy similar a la de Plán diabólico en Yo vigilo el camino. El sheriff quiere abandonar su vida como sea y planea escaparse con su nueva amante mientras su dedicada mujer, que sabe que está perdiendo a su esposo, trata de aprender todo lo que pueda sobre problemas matrimoniales leyendo el Readers’ Digest. La esposa terminará implorando, arrastrándose ante su marido, pero la tragedia es que pronto reconocemos que su batalla también está perdida de antemano.

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En Operación Reno (Reindeer games, 2000), su última película antes de dejarnos demasiado pronto, Frankenheimer planteaba un engaño similar tambien a un hombre de presunto buen corazón. Rudy, el personaje que interpretaba Ben Affleck, recién salido de prisión, ve en la despampanante Ashley (Charlize Theron) su pasaporte a una nueva vida. Ashley sin embargo es solo el cebo que una banda de atracadores ha utilizado para obtener la información que creen que Rudy tiene en su cabeza. Operación Reno sigue el más puro canon de trama con femme fatale. Sus personajes tienen pocas dobleces y no hay ataque a la servidumbre sexual masculina porque Ashley es mala, muy mala, y ya está. Pero es interesante que Frankenheimer insinúe el incesto entre los engañadores como también lo hace en Yo vigilo el camino. El jefe de la banda de atracadores se presenta a Rudy como hermano de Ashley. Más tarde, en la célebre escena de la píscina, Ashley se desnuda y se ofrece a su hermano antes de que se clarifique al atónito espectador (y al pobre Rudy que lo está viendo todo) que el auténtico lazo entre ellos es carnal pero no de parentesco. En Yo vigilo el camino, el lider de los moonshiners es el hermano de la muchacha que trae loco al pobre sheriff. Tiene con ella una cercanía física tan incestuosa como podía mostrarse en 1970 dentro de los límites de la industria. La comparación entre los libertinos y felices delincuentes y el pacato y reprimido sheriff, atrapado por el amor romántico, no hace más que acentuar el patetismo del personaje de Peck.

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Termina la película. Durante la proyección los Padrezitos han usado sus habituales expresiones “qué mala es la chica” o “qué tonto eres Gregorypeck”. Mi padre dice que la peli “no está mal” lo que en su diccionario es equivalente a colocarle cinco estrellas. Está cansado. Demasiado turismo, me dice.  En la última actividad del día subo con ellos al terrado. Desde allí puede verse una vista completa de esta esquina de Barcelona encastada entre montes que nunca sale en las postales. No tardaremos en irnos a la cama, dice mi madre antes de que volver. Bajan las escaleras silencioso, algo encorvados. Llevan casados casi cuarenta años. Diría que hace cinco que no les veo darse un beso.

3 comentarios leave one →
  1. Miércoles, abril 30, 2014 1:23 pm

    Buen artículo. Creo que habría quedado más completo si hubiera citado a un tal Alvin Sargent, a Lewis John Carlino (sobre novela de David Ely) y a Ehren Kruger.

  2. Martes, mayo 6, 2014 11:04 pm

    Para femme fatales las de John Dahl: Kill me Again y sobre todo The Last Seduction.

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