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El ciclo de la vida en los ecosistemas del privilegio

Miércoles, noviembre 26, 2014

“Este tren es el mundo,”

Snowpiercer (2013).

Hace ya unos añitos les contaba por aquí sobre las comunidades construidas a finales del pasado siglo en Florida bajo la divisa del “Nuevo Urbanismo”, un movimiento arquitectónico que buscaba recuperar tiempos idealizados abrazando geografías urbanas capaces de ser recorridas a pie y diseños estructurales que acercaran a los vecinos en vez de aislarlos en sus unidades prefabricadas. La nostalgia retrógrada cimentaba pueblos como Seaside, donde no en vano se filmó El show de Truman (Peter Weir, 1998), y Celebration, que hoy nos ocupará de nuevo, creados de la nada, diseñados por prestigiosos estudios hasta el último detalle, incluyendo las tapas de sus alcantarillas, el color de las persianas o la composición del compost. El miedo a la degradación que aqueja a tantas ciudades norteamericanas, a la decadencia, a la vuelta al Mal, hacía que una férrea normativa, extensa y prolija, determinara hasta los aspectos más nimios del comportamiento y modos de sus habitantes.

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Servidora terminaba aquel artículo preguntándose qué sería de una comunidad así con la crisis que estaba cayendo (y que aún nos cala). ¿Los ricachones buscarían refugio allí? ¿O terminaría vaciándose el paraíso a golpe de desahucio y bancarrota? Como en una extraña premonición, involuntaria y ciega, resultó que apenas unas semanas de publicar mi modesto texto, dos sucesos sacudieron la hasta entonces aparentemente tranquila comunidad de Celebration, construida en 1996 por ni más ni menos que Disney Inc. en los terrenos limítrofes de Disneyland. Un vecino de 52 años, tras barricarse durante 14 horas en su vivienda amenazada de desahucio, y tras haber mantenido un tiroteo con la policía, terminó el asedio suicidándose. Apenas siete días después de estos hechos uno de los 11.000 residentes en Celebration, un hombre de orden según todos los parámetros, un maestro retirado que vivía con su perrito chihuahua, apareció asesinado a golpe de hacha en su domicilio. El asesino convicto resultó ser un sintecho que se había autoinvitado durante una semana en la casa de la víctima mientras iba empeñando los objetos de valor que allí encontró.

La crisis había golpeado duro a Celebration. Los precios de la vivienda, antes desorbitados, habían caído a un ritmo mucho más rápido que en el resto de Florida. Y aunque los precios de sus inmueble seguían siendo muy superiores a la media, la tasa de desahucios era el doble que en el resto del estado. Para colmo, el lujoso cine del pueblo diseñado por Cesar Pelli, el mismo arquitecto responsable de las Torres Petronas, acababa de cerrar. Con aquel suicidio y aquel asesinato parecía que el Mal había penetrado por fin en aquel idílico reducto, aprovechado el hueco dejado por las familias desahuciadas.

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Los medios se cebaron en la historia como cangrejos y anguilas alimentándose de una ballena muerta. Porque como cantaban los Pulp “everybody hates the tourist” y los ciudadanos de Celebration son turistas de la vida, ¿no es cierto? Privilegiados que viven sus artificiales existencias en un ecosistema protegido de la miseria y los problemas. Y es cierto. En Celebration no puede residir cualquiera. Es una comunidad sustentada sobre la segregación.  La vasta mayoría de sus ciudadanos son blancos (no es así en el resto de Florida, claro). No todo el mundo puede permitirse los 900 dólares anuales que hay que pagar en concepto de tasa municipal. La nieve artificial no se fabrica sola (cuatro veces al año).

Pero además, Celebration es falsa, dice el ciudadano medio. La obligatoriedad de construir en uno de los séis estilos permitidos -Clásico, Victoriano, Colonial, Mediterráneo, Costero y Francés (sic)- y su resultado -calles de edificios idénticos- rezuman pura falsedad, dicen, sin hacer notar que por todo Estados Unidos, o nuestra misma costa, han florecido las McMansions, lujosas casas que imitan estilos pretéritos con más gigantismo que gusto. El referente lejano era la robotización del personal que narraba Las mujeres perfectas (1972), la novela de Ira Levin que todo el mundo conoce como The Stepford Wives. El referente más cercano era Wisteria Lane, la calle donde se desarrollaba la acción de Mujeres desesperadas (ABC, 2004-2012). Secretos siniestros y mentiras ocultas tras vallas blanqueadas, enterrados bajo céspedes impolutos. Porque la perfección siempre es sospechosa, como bien nos repite la ciencia ficción de invasiones cuando describe a los alienígenas o robots que nos amenazan como fríos y perfectos, sin la capacidad de cometer errores, esa capacidad que es la “que nos hace humanos.”

Pero eso no resta asombro al giro que dieron los tabloides británicos a la historia de las muertes violentas en Celebration cuando se hicieron eco de ellos. Lejos de suscribir la versión oficial según la cual, el crimen mas horrendo ocurrido en Celebration hasta entonces había sido un robo de bicicleta, el Daily Mail relataba la descripción que varios vecinos anónimos hacían del pueblo como un nido de vandalismo larvado, robos violentos, alcoholismo rampante, cotilleos destructivos y de hasta redes de intercambio de parejas. No sabían, espero, que estaban recreando el mismo argumento que desarrolló JG Ballard en Noches de la Cocaína (1996), su novela ambientada en Estrella de Mar, una urbanización exclusiva, otro ecosistema del privilegio, sito en la costa malagueña, y en el que sus habitantes se entregaban a esas mismas actividades para superar el aburrimiento, introduciendo el Mal en sus vidas para apagar la televisión, salir a la calle y formar una comunidad cohesionada.

Pero no todo es decadencia y deterioro. La otra posibilidad, la de los ricachones refugiándose de los males del mundo, está cobrando cada vez más cuerpo. Florecen los proyectos de comunidades libertarias inspiradas por Ayn Rand. Y por si no funcionara, siempre queda la posibilidad de embarcarse en un lujoso crucero sin final: En El Mundo

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El MS The World es un navío, un crucero, pensado para que los ultrarricos, ya ni siquiera el 1%, pudiera disfrutar de unas vacaciones perpetuas explorando los siete océanos. Más que un barco, The World era una forma de vida, una ciudad flotante con 12 cubiertas, seis restaurantes, tiendas, un cine y hasta una capilla interconfesional diseñada por uno de los miembros del grupo A-Ha. Sus paredes cubiertas con pósters motivacionales en los que se leen palabras como ÉXITO, PERSEVERANCIA, PASIÓN. Sus apartamentos salieron a la venta en 2002 con un precio mínimo de un millón de libras. El precio resultó ser demasiado excesivo. Cuando la fecha de botadura era ya inminente casi un tercio de los pisos-camarote seguía vacío. Así que la compañía propietaria, en completo secreto, bajó el precio del resto de viviendas y se las vendió o alquiló, al módico precio de mil libras la noche, a ricos sin más. Los residentes primigenios, la mayoría ancianos extremadamente bronceados, se vieron invadidos por otros, esporádicos, ruidosos y muy dispuestos a aprovechar la permanente barra libre de alcohol a bordo, que pululaban por las cubiertas borrachos, vomitando, tropezando con todo. El Mal había penetrado en The World aprovechando el espacio que le había ofrecido la avaricia de sus dueños. PEro entonces los primeros propietarios, temiendo la ruina, se rebelaron. Se amotinaron y con sus propios recursos tomaron control de la compañía y la gestión del navío. Desde entonces son ellos quienes deciden a quién admiten y a dónde navegan. Son ellos quienes se apropiaron del Mundo.

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  1. Miércoles, noviembre 26, 2014 6:57 pm

    Dr. se trato de una revolución de los ricos jejeje

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