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La misteriosia necrología de la posguerra española

Martes, diciembre 2, 2014

Este pasado fin de semana se han dado dos casualidades que me han empujado a escribir lo que a continuación leerán. Por un lado, la buena gente de Vivir Rodando, junto con el amigo Pablo Vergel, han publicado un podcast en el que diseccionan al dedillo el seminal programa británico Ghostwatch, su contexto y su influencia en la cultura posterior. Han sido además muy amables citando el texto que que hace unos años escribí sobre Ghostwatch como parte de una serie de posts tratando el tema de los fantasmas suburbanos. En segundo lugar, Daniel Ausente, cuya última novela Mataré a vuestros muertos les exijo que compren y lean ahora mismo, mencionaba en su facebook el que llamaremos (con mayúsculas) Caso de la Calle Grilo, paradigmático crimen múltiple, epítome de la crónica negra española. En los comentarios le mencioné a Dani que aquel caso lo terminaban de redondear sus conexiones con otro no menos apasionante y sí mucho más rocambolesco, el (más mayúsculas) Caso Ummo. Pese a ser un experto en lo bizarro, el Sr Ausente dijo no conocer tales asociaciones. Así que, pensando en que quizá ese desconocimiento sea más general de lo que pensaba, y también a modo de pago a Dani por su novela y a Vivir Rodando por sus alusiones, vengo a relatarles los intrincados lazos entre el que quizás sea el caso de contactismo extraterrestre más extraño del mundo y dos de los sucesos más escalofriantes y enigmáticos de la crónica negra patria. O quizá tres.

Podríamos comenzar por cualquier punto de los quince años que acotan esta historia, cierta e inventada a partes iguales. Pero empecemos por los sucesos del 1 de Mayo de 1962 en el número 3 de la Calle Antonio Grilo en Madrid, situada en pleno centro, detrás de la Gran Vía, cerca de la Plaza Luna. En la mañana de aquel día, en el segundo derecha de aquel edificio, que algunos dicen se levanta en el solar que otrora fuera un cementerio para nonatos, amén de escenario de otros macabros sucesos, se escucharon unos gritos tremebundos. Eran los de los miembros de la familia de Jose María Ruiz, sastre de profesión. José María los estaba asesinando. Había comenzado por su esposa, con la que había acabado de un martillazo. Después, uno a uno, con sus cinco hijos a cuchilladas.

Ensangrentado y demente, el sastre homicida salió al balcón de su domicilio con una de sus hijas asesinadas, de tan solo 18 meses, en los brazos. Gritaba “¡Los he matado a todos! Los he matado por no matar a otros canallas.” Esta imagen icónica apareció en forma de dibujo en el semanario El Caso, al que la censura no permitía publicar más que un crimen de sangre en cada número. El gentío se acumuló en la Calle Grilo. Llegó la policía. Barricado en su casa, el sastre amenazaba con pegarse un tiro. Se dice que se permitió a un cura subir hasta allí para que intentara disuadir a Jose María de su impulso. Quizá no fue así. Otros dicen que el sacerdote se negó a dar la extrema unción al suicida en ciernes. Pero lo importante no es eso. Lo importante es que la crónica cuenta que justo antes de apretar el gatillo el sastre gritó “¡Tenía que hacerlo hoy! ¡Hoy es el día! ¡Ellos me obligaron a hacerlo!”

casobCasi todos atribuyeron el origen de esa orden aberrante a las voces de la esquizofrenia. Otros se refirieron a un ente oscuro, a una impregnación causada por las crueldades sucedidas en aquel lugar en al pasado, una entidad que poseyó al pobre diablo llevándole de la locura al asesinato para después devolverle la conciencia y abocarle al suicidio. Pero unos cuantos sostienen que las voces no eran ni imaginadas ni sobrenaturales sinoreales.

Meses antes del horrible crimen, un hombre llamado Fernando Sesma había comenzado a recibir una serie de anónimos. Aparte de empleado de telégrafos, Sesma era un heterodoxo, un excéntrico, un charlatán a buen seguro, que desde 1954 publicaba una columna regular en el diario Madrid. En fecha tan temprana como esa, Sesma hablaba en sus textos de OVNIs y vida en otros mundos. No era el primero en hacer algo así en España, tampoco el más ilustre. Dos años antes, el general en la reserva del Ejército del Aire Alfredo Kindelán había abierto la edición del ABC Sevilla con un artículo titulado “Platillos volantes”. Retengan este nombre, porque volveremos a hablar del viejo General más adelante. El caso es que Sesma, al que quizá podríamos llamar el L Ron Hubbard español, con permiso de otro de nuestros invitados hoy, fundó el “Círculo de los amigos del espacio,” que celebraba sus tertulias en los sótanos del Café Lion, sito en la Calle Alcalá. Esas reuniones en aquel local llamado La Ballena Alegre, donde para más inri fue fundada Falange Española por Jose Antonio Primo de Rivera (de cuyo padre hablaremos también), terminarían siendo el epicentro del Caso Ummo. Pero no nos adelantemos. Volvamos a los anónimos que recibió Fernando Sesma.

La Ballena Alegre

Aquellos manuscritos contenían, según parece, palabras de amenaza y muerte. Referencias a decapitaciones, sangre, asesinatos. Y tenían un remite. El número 16 de la Calle Luna, a pocos pasos de la Calle Antonio Grilo. El mismo lugar, casualidad díficil, donde el sastre Jose María Ruiz tenía su taller. ¿Quién había mandado esas misivas proféticas? ¿El mismo sastre? ¿O las mismas voces que le ordenaron asesinar a su familia? ¿Era todo una broma que acabó terriblemente mal? ¿O el ensayo general de algo? Los anónimos no se conservan, pero Iker Jiménez afirma que Sesma los llevo a la redacción de Diez Minutos, la publicación en la que colaboraba en los años 60, y que los mostró a sus compañeros antes de romperlos y tirarlos por el desagüe. Pero en un cierre de la historia aún más absurdo, como mucho de lo que sucede en torno a estos temas, Jiménez sostiene que Sesma, de paseo por la Casa de Campo un buen día, encontró esos anónimos recompuestos.

Sesma & Friends.

Nuestra historia salta ahora atrás en el tiempo. Un 30 de enero de 1954, en el juzgado de instrucción número 14 de Madrid, se presenta un hombre llamado Luis Shelly para interponer una demanda contra su propia madre, Margarita Ruiz de Lihory, Marquesa de Villasante, Baronesa de Alcahalí, Duquesa de Valdeáguilas y Vizcondesa de la Mosquera. Ruiz de Lihory fue un personaje destacado en el siglo XX español, al que no pude evitar incluir en uno de mis relatos para Prosa Inmortal. La Marquesa era una mujer adelantada a su tiempo y que sin embargo permanece muy olvidada, quizá porque al contrario que otras figuras feministas más reconocidas, siempre estuvo muy cerca del poder. Nacida en 1889 o 1893 en una alta cuna de Valencia, hija de masón, la Marquesa de Villasante fue la primera mujer licenciada en Derecho en nuestro país (además de tomar dos cursos de Medicina y estudiar idiomas) y fue también la primera española que condujo un automóvil. Con apenas 20 años, se separó de su marido, un acaudalado de orígenes irlandés aficionado a las prostitutas, dejó sus dos hijos Luis y Margot a cargo de su madre, y se embarcó en una serie de aventuras que la llevaron a formar parte del Círculo 30, al que también pertenecia Alfredo Kindelán. El Ciírculo 30 fue la primera unidad de inteligencia y espionaje de España, una especie de Liga de Caballeros Extraordinarios creada por Primo de Rivera Sr, con quien además se decía que Doña Margarita tenía una más que cordial amistad. El Círculo 30 desarrolló su actividad principalmente en Marruecos y en espacial durante la Guerra del Rif o “Guerra del Moro” (1921-1926). Hasta allí se destacó la Marquesa, oficialmente en labores de corresponsal de varios diarios madrileños. Se convirtió en amante de Abd El Krim, líder de los rebeldes, al que pasaba información para que pudiera evitar el hostigamiento de las tropas francesas.  Fue también en Marruecos donde las inclinaciones de Margarita le hicieron interesarse por los rituales y creencias de los rifeños, y donde conoció a un prometedor general llamado Francisco Franco con el que entabló buena amistad. Margarita tenía por entonces tan solo 24 años.

Doña Margarita.

La Marquesa continuó engrosando su lista de amantes, lo que le ganó el apodo de “Mata-Hari española.” Se la relacionó con ministros, militares y hasta se dijo que entre sus labores de información se cotaba espiar al mismísimo Unamuno. Finalmente formó lo que hoy llamaríamos una pareja de hecho con el abogado barcelonés José María Bassols-Iglesias, miembro de una familia con una reputada tradición espírita, creencia muy en boga en aquellos años. Pero poco a pocoí la figura de esta mujer adelantada, pintora, espía, periodista, fue apagándose hasta aquel día de enero de 1954. Luis Shelly afirmaba que su madre conservaba en su mansión de Albacete una colección insana y abundante de animales a los que ella misma diseccionaba tras su muerte. Cabezas, ojos, lenguas, llenaban tinajas y tarros dispersos por toda la casa. Pero no solo eso. Luis afirmaba que tras la muerte de su hermana Margot debido a una fulminante pero desconocida enfermedad, había encontrado sobre la cama de la fallecida unas tijeras y cuchillos ensangrentados, los mismos que Margarita utilizaba para sus disecciones.  El juez ordenó el registro del palacete. Allí encontraron lo prometido, libros arcanos, imágenes religiosas, paredes escritas, animales colgados de garfios, un quirófano improvisado. Y no solo eso. También encontraron una mano cortada, una mano de mujer con las uñas pintadas, dentro de una lechera.

Se encontraron además dos ojos humanos y un pedazo de lengua. Sospechando lo evidente, se procedió a exhumar el cadáver de Margot Shelly. Al cuerpo no solo le faltaban estas partes. También se le había rasurado el vello púbico y axilar. El juez ordenó el ingreso de Margarita y Jose Maria Bassols en un centro psiquiátrico penitenciario del que no tardaron en salir. Corrieron ríos de tinta. El semanario El Caso agotó su tirada. Aquel número resultaría ser el más vendido de su historia.

Ahora saltamos a 1969, un año después de la muerte de la Marquesa. El párroco Enrique López Guerrero, conocido como “el cura de los OVNIs” recibe unas cartas remitidas supuestamente por habitantes del planeta Ummo. No eran las primeras cartas de ese tipo. En una repetición tragicómica de los anónimos que le habían llegado meses antes de los asesinatos de la Calle Grilo, Fernando Sesma había empezado a recibir unos escritos parecidos desde 1966. Aquellos textos contenían increíbles descripciones de aquel mundo extraterrestre, descripciones perladas por sugerencias de tecnologías desconocidas, que utilizaban una jerga científica mezclada con expresiones y términos escritos en el presunto idioma ummita. Las cartas crearon sensación en La Ballena Alegre y de ahí en toda España cuando Sesma las trasladó a un serial que fue publicando por entregas en Diez Minutos (que se convertía así en el Amazing Stories español). Mandadas desde distintos puntos de la península, este ramillete de misivas dibuja toda una mitología que se apunta sobrevenida, pues se concluía que una colonia extraterrestre se había instalado en nuestro país. Los ummitas se describían a sí mismos como alienígenas del tipo nórdico, altos, rubios y benefactores. Preocupados por la carrera armamentística y la contaminación del mundo. Pero las cartas traen al círculo de Sesma a otro individuo llamado Jose Luis Jordán Peña, este sí, quizás, el auténtico L Ron Hubbard hispano. Un hombre de más porte que Sesma, asertivo, embaucador,manipulador, de una sexualidad galvánica. Hablar de Jordan Peña requeriría muchos más textos que este. Por hoy nos bastará decir que él fue la figura central en dos sonados avistamientos OVNI cerca de la capital de España, el de Aluche en 1966 y el de San José de Valderas en 1967. Fue Jordán Peña quien poco a poco desplazó a Sesma de la centralidad del grupo que se reunía en La Ballena Alegre hasta hacerse con su control. Fue él quien en su lecho de muerte confeso que Ummo había sido todo invención suya.

Jordán Peña & Friends.

A estas tertulias reloaded, acudía también el párroco López Guerrero, que pronto comenzó a recibir las misivas ummitas. El sacerdote creyó a pies juntillas en ellas, lo que le llevó a proclamar en prensa que “los extraterrestres conviven con nosotros desde hace años,” ganándose así el apelativo por el que se le conocía. En marzo de 1969 recibió una especialmente llamativa, en la que se afirmaba que una distinguida dama albaceteña, amante de los animales había dado cobijo a dos hermanos ummitas. En el curso de unas experimentaciones “psicofiosológicas,” continuaba la carta, un virus de origen extraterrestre se había liberado infectando a una joven habitante de la casa, colonizando en particular la mano derecha, los ojos y el tejido epitelial de la lengua, motivo por el cual tuvieron que ser amputados, causándole la muerte. La referencia al crimen de la mano cortada era vidente. Y así fue como los ummitas se hacían protagonistas de otro de los sucesos más escabrosos de la posguerra española.

titular

Los hechos reales detrás del caso, sin embargo, son casi más interesantes que la versión ummita. En efecto, Ruiz De Lihory había dado cobijo a dos hombres altos y rubios. No en su palacete pero sí en una de sus fincas. Pero esos dos personajes no eran ummitas sino nazis, dos oficiales de las SS cuya fisonomía destacaba en el Albacete de los años 50. Probablemente homosexuales, no es descartable que la avanzada Marquesa también los invitara a sus resonados festejos en los que tenían cabida todo tipo de inclinaciones. En cuanto a la mutilación del cadáver de Margot, la teoría mas fiable afirma que Margarita llevó a cabo con el cuerpo un ritual marroquí de inmortalidad, como indica el rasurado del vello. Seguramente uno de los encantamientos que aprendió durante sus años en el Rif.

¿Por qué esta omnipresencia de lo extraterrestre en la crónica negra? La hipótesis más clara es la que vertebra la excelente Platillos Volantes (Oscar Aibar, 2003). La película ficcionalizaba los hechos que en 1972 llevaron a dos hombres, José Félix Rodríguez Montero y  Joan Turú Vallés, a colocar sus cabezas sobre las vías del tren en el apeadero de Torrebonica, Tarrasa, hasta que fueron seccionadas. En una especie de premonición del suicidio colectivo del culto de la Puerta del Cielo, ambos sujetaban sobre sus cuerpos decapitados un papel en el que se leía “Los extraterrestres nos llaman. Pertenecemos al infinito.” Días antes habían enviado varias cartas, a un ufólogo, amigos e incluso a la ONU, en las que expresaban su deseo de trascender este mundo y de emigrar a las estrellas. Pues bien. Aibar tomaba estos hilos para, incluso haciendo una referencia nada disimulada a las reuniones ummitas, argumentar que mirar a las estrellas era una respuesta plausible al horror de una España autoritaria y cruel y de un mundo al borde de la autodestrucción atómica (y quizá también al horror de nuestra época, como muestra Misterio (2013), el excelente cortometraje de Chema García Ibarra).

O puede que no. Que todo ese ímpetu por lo extraterrestre fuera más deliberado de lo que parece. Puede que todo fuera no más que un artificio. No en vano el Caso Ummo sigue al pie de la letra el argumento de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius (1940), el cuento de Jorge Luis Borges. O quizá fue algo más. Porque Jose Luis Jordan Peña aparece nombrado en algunos documentos del CSI, del Centro Superior de Inteligencia, en los que se menciona a adivinadores y videntes profesionales contratados por los servicios secretos. Entonces cabe preguntarse ¿fue todo una operación psicológica? ¿Un experimento?

Epílogo:

Tan importante llegó a ser Ummo en la cultura popular que Paul Naschy escribió un guión titulado “El hombre que vino de Ummo” y que finalmente terminaría convirtiéndose en Los Monstruos del Terror

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