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Cuando el diagnóstico era social: Prólogo

Sábado, octubre 24, 2015

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Si se pasaron por aquí el pasado mes de agosto, verían que dedicamos una semana a glosar películas de fugas de ambientadas en la 2ª Guerra Mundial. Dada la buen acogida que tuvo aquello y que, para qué engañarnos, continúo documentándome sobre la cultura popular de los años 60, durante los próximos días, este su querido y ya veterano blog dedicará sus virtuales páginas a un nuevo ciclo. En este caso, dedicado a la representación de la psiquiatría y las enfermedades mentales en el periodo 1959-1967.

En este punto se hace necesario un poco de contexto. Los años 60 representan un punto de inflexión en la psiquiatría y en la percepción social que se tiene de su práctica. Hasta entonces, con casi un consenso total, los psicólogos y psiquiatras habían cifrado el orígen de las psicopatías tales como la esquizofrenia en reacciones bioquímicas. Por tanto, su germen era objetivable, podía comprobarse en la composición del cerebro y en su fisiología. Ante esta definición más o menos incontestable podían caber varios tipos de tratamientos pero que en cualquier caso debían tener como objetivo restaurar el equilibrio químico sobre el que, supuestamente, se sustentaba una mente sana. Y así, en 1954 se empezó a comercializar la Clorpromazina, más conocida como Thorazine, un neuroléptico que actúa sobre la dopamina con efectos tranquilizantes y anti-psicóticos. El Thorazine, que fue administrado a millones ya en el mismo año de su nacimiento, es el abuelo de nuestros actuales antidepresivos, bloqueadores beta y demás mandanga legal.

Pero el consenso se rompió en cuanto entró la década de los 60. Pensadores de relumbrón como Michel Foucault se cuestionaron la definición bioquímica de la locura como un constructo biológico. La locura, decía el genial calvo, era un constructo social, como demostraba el cambio de la definición de locura a través de la historia. Pronto le siguieron una serie de psiquiatras como RD Laing, David Cooper o Erving Goffman que cifraban el orígen de la enfermedad mental en la familia, en el entorno del paciente, incluso en el contexto social e institucional De ahí el salto era claro. Una sociedad opresiva, aterrorizada por el hongo nuclear, una sociedad que pide a sus ciudadanos que luchen en guerras coloniales como Vietnam o Argelia. Esa era la causa de la enfermedad mental. Así nació el movimiento anti-psiquiátrico que duraría hasta bien entrada la década de los 70. Así el diagnóstico se hizo social.

La conclusión era clara. Si la enfermedad mental no existía como entidad objetiva y biológica, si no era más que un conveniente invento, como llegó a concebir Thomas Szasz, entonces los psiquiatras no eran más que los lacayos del emperador desnudo. No eran más que los administradores, que los gestores de un poder abrumador que buscaba imponer la conformidad social, la uniformidad total, colocando la línea entre cordura y locura donde fua conveniente. La psiquiatría queria adocenar las mentes, reducir el conflicto producido por los rebeldes, llamados locos, que querían oponerse a unos padres autoritarios, a unas estructuras sociales caducas y a unos estados imperialistas, imperialistas sobre las mentes y los cuerpos de sus súbditos. Los psiquiatras eran los soldados de ese ejército oscuro. Los tranquilizantes, los electroshocks y las lobotomías, sus armas.

Los psiquiatras serios reaccionarían con desdén a estas acusaciones durante toda la década. Pero eso no evitó que las ideas anti-psiquiátricas percolaran en la sociedad hasta permear la cultura popular, y por supuesto el cine. Así que durante los próximos días iremos comentando películas que atestiguan aquella época, algunas de culto y reconocidas como Corredor sin retorno o De repente el último verano, otras muchas, las más, olvidadas ya, como olvidada yace las idea del origen social de las enfermedades sociales en nuestra era de dogma y cientificismo.

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