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Cuando el diagnóstico era social (IV): Los guardianes

Viernes, octubre 30, 2015

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Los guardianes (Hal Bartlett, 1963)

En 1962, Ken Kesey publicaba Alguién voló sobre el nido del cuco. Su repercusión fue formidable. La novela llamó la atención sobre el lamentable estado de los hospitales psiquiátricos y sobre las inhumanas prácticas que allí se llevaban a cabo, como el uso arbitrario del electroshock -cuyas consecuencias no eran ni de lejos comprendidas por los médicos-, el abuso de tranquilizantes y hasta el uso de la lobotomía como forma de tratar toda psicopatía que hiciera que un paciente fuera di’ificl de controlar. Cierto es que las cosas estaban mejor que en los tiempos descritos por Nido de víboras (Anatole Litvak, 1948), pero no tardaron en aparecer dramatizaciones, en ocasiones rayanas en el exploit, de las tristes vidas de los enfermos mentales y las condiciones terribles de las instituciones psiquiátricas.

En 1959, un modesto escritor de folletines llamado Dariel Tefler publicó una novela que se titularía en español como Los celadores. Cercana a la plantilla de la exitosísima Peyton Place (1956) de Grace Metalious, Los celadores seguía a varias pacientes del pabellón femenino de un psiquiátrico. La novela de Tefler no ahorraba en detalles escabrosos y pintaba la institución como un lugar en el que las pacientes eran sometidos a abusos sexuales y a maltrato psicológico. Seguramente algún productor pensó que tras el impacto de Alguién voló sobre el nido del cuco era una buena idea adaptar a la pantalla Los celadores, que en español terminaría titul’andose como Los guardianes.

Vista a día de hoy Los guardianes da bastante risa pese a lo seria que se toma a sí misma ya desde los expresionistas títulos de crédito. Es decir, Los guardianes es la quintaesencia del camp. La presencia de Robert Stack, recién salido de Los Intocables (ABC, 1957-63) como jefe médico del hospital, recto e idealista, que aboga por el uso de prácticas innovadoras y terapias de grupo, se opone a la de Joan Crawford como enfermera jefe que en cambio defiende la disciplina y hasta es experta en técnicas de defensa personal. Es decir, como en La cabeza contra la pared nos encontramos con un choque entre nueva y vieja psiquiatría. Pese a ser uno de los atractivos publicitarios de la película, Crawford sale poco y cuando lo hace no parece demasiado implicada (si lo estaba en que la película hiciera product placement de Pepsi de la que era directiva). Pero aún en piloto automático, y con la mano tendida para recibir su cheque, su figura es imponente.

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El resto de Los guardianes es un desastre. Conserva el sensacionalismo de la novela aunque de forma menos sutil. Así la violación que sufre una paciente se transforma en solo un intento. Y es convenciona hasta decir basta: Las pacientes presentadas cubren todo el espectro esperable; desde la aniñada hasta la casquivana pasando por la demente. Y es que el de Los guardianes reside en otra parte. Primero como expresión de la ya mencionada preocupación social sobre el estado de los psiquiátricos. En segundo por su representación de la terapia. Por ejemplo, el doctor interpretado por Stack utiliza la terapia de grupo, que empezaba a utilizarse por aquel entonces como forma de romper con los métodos autoritarios y jerárquicos de muchos hospitales. La reunión que vemos acaba en una explosión de chillidos y violencia, por lo que el pobre doctor, que es el héroe innegable de la función queda en entredicho. El otro ejemplo lo vemos cuando Stack administra un electroshock como si nada a una paciente. Siembre con gesto benévolo y comprensivo. No queda claro quién es el peor aquí, si el doctor o la enfermera jefe. Yo casi prefiere que Joan Crawford me dé un cate a recibir una descarga.

Los guardianes concluye con una nueva muestra del poder curativo del amor. Las pacientes rodean a una de ellas que ha intentado incendiar el pabellón y a querido matar a otra. La rodean y le dicen: te queremos. El momento funciona. No hay muchos más que lo hagan en el resto de 97 minutos de metraje. ¿Qué mas? Ah, Robert Vaughn aparece en un papelito de maridito preocupado. Y luego está la fotografía del grándisimo Lucien Ballard, habitual compañero de Sam Peckinpah, pero que aquí anda algo desaprovechado. También se cuenta que John F Kennedy quedó tan impresionado por la película que hizo que se proyectara en el Senado y así persuadir a los senadores para que apoyaran su nueva legislación sobre salud mental. Claro que Kennedy tenía un esqueleto en el armario:  Su hermana Rosemary fue lobotomizada en 1941 e internada en un hospital psiquiátrico en el que permaneció hasta su muerte en 2005.

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