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Cuando el diagnóstico era social (V): Corredor sin retorno

Lunes, noviembre 2, 2015

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Corredor sin retorno (Samuel Fuller, 1963)

Una pequeña obra de serie B con vocación de exploit que en el momento de su estreno causa tanta impresión al público bienpensante como para meter a su director en problemas, pero que con el tiempo termina ganando el estatus de película de culto e influyendo a un buen puñado de creadores. Esta es una historia ya conocida y repetida de la que Corredor sin retorno es uno de sus más notables ejemplos. Convenientemente reivindicada a traves de estudios y análisis, se suele decir que parte de su reconocimiento se debe a que su mensaje subversivo agrada a muchos de los críticos que por lo demás desprecian a Samuel Fuller; es decir, a que es la única película con mensaje izquierdista en la filmografía de un director notablemente conservador. Sea como sea, la influencia de Corredor sin retorno es hoy en día notable. Por ejemplo sobre el dibujante Daniel Clowes, responsable de la portada de la edición en DVD del film para la colección Criterion, o sobre Martin Scorsese, de manera abrumadora, en su Shutter Island (2010).

En Corredor sin retorno conviven dos películas. Primero, una sensacionalista. Para más señas. el film se abre con un número de strip-tease y más tarde el protagonista es atacado/violado por un grupo de ninfómanas. Pero al mismo tiempo Fuller se propone demostrar el lamentable estado mental de Estados Unidos, e insiste, en línea con Alguién voló sobre el nido del cuco, en denunciar la institución psiquiátrica y la arbitrariedad de la definición de las enfermedades mentales. Y en el desarrollo de esta segunda película nos ofrece dos predicciones clarividentes.

Resumamos brevemente su pemisa: el periodista Johnny Barrett está obsesionado con ganar el Pulitzer y decide infiltrarse en un hospital psiquiátrico en el que acaba de cometerse un crimen. Uno de los pacientes ha aparecido asesinado. Con la ayuda de su editor, y adiestrado por un grupo de psicólogos, finge ser un desequilibrado mental con problemas de violencia. Sin muchos problemas consigue que un tribunal de psiquiatras dictamine que necesita ser internado. Y así comienza su investigación.

Lo interesante es que este elemento de la trama se anticipa diez años al célebre Experimento Rosenham. En los primeros años 70 un joven psiquiatra llamado David Rosenham asistió a una de las múltiples conferencias que RD Laing, convertido por entonces en un personaje mediático, realizaba a lo largo y ancho de Estados Unidos. Rosenham se propuso comprobar si los ataques furibundos de Laing contra el establishment psiquiátrico tenían fundamento. Si es cierto que la enfermedad mentar es un constructo social, ¿pueden los psiquiatras distinguir a una persona cuerda de otra enferma? En un caso de “la realidad imita el arte”, Rosenham recluto a un grupo voluntarios perfectamente sanos para su experimento. Estos debían presentarse en una institución psiquiátrica alegando que escuchaban una voz en su cabeza diciendo la palabra “thud”. Esa era la única mentira que debían contar. Debían ir desaliñados, pero por lo demás su comportamiento tenía que ser normal. Todos ellos, incluyendo Rosenham, fueron internados. Se les diagnosticaron cuadros esquizoides y se les administraron potentes tranquilizantes. Protestaron. Argumentaron que estaban cuerdos, que todo había sido parte de un estudio. Pero no sirvió de nada. Varios permanecieron recluidos hasta dos meses. Los doctores se negaban a creerles. La única manera de salir, descubrieron, era aceptar que estaban enfermos. Cuando se supo la verdad, uno de estos hospitales pidió a Rosenham que enviara más voluntarios: serian detectados. Al meses anunciaron que habían cazado a una veintena. Pero Rosenham no había enviado ninguno. El experimento tuvo tal repercusión que consiguió cambiar la práctica psiquiátrica.

La otra clarividencia de Fuller fue avanzarse a la natural evolución que las ideas antipsiquiátricas tuvieron durante la segunda mitad de los años sesenta. De la familia, pasó a hablarse del origen social de las neurosis y la esquizofrenía, inducida por un aparato estatal que fomentaba la guerra y la segregación racial, la carrera armamentística nuclear y bacteriológica. Un soldado obligado a lanzar napalm sobre unos niños no podía sino volverse majareta. Corredor sin retorno nos propone esa misma tesis ya en 1963: Que América es un gigantesco hospital psiquiátrico, una sociedad que conduce a sus ciudadanos a la locura a través del miedo al comunismo, el racismo y la Guerra Fría. Barrett encuentra sucesivamente en su internamiento tres enfermos que lo ilustran: El joven soldado del Profundo Sur, educado en la xenofobia, sometido a un lavado de cerebro por los comunistas durante Corea y re-educado después. Después el primer estudiante universitario negro, conducido a la locura por la presión social hasta el punto de imaginarse miembro del Ku Kux Klan en una impresionante inversión de los valores. Y por último un científico premio Nobel convertido en un niño pequeño cuando se da cuenta de la devastación que puede causar la bomba nuclear que él ayudó a diseñar.

Barrett finalmente se volverá loco. La institución le empujará a ello. Confundirá realidad con ficción. Su investigación se hará cada vez más febril. La institución opresiva, las drogas y los electroshocks que allí se le administran sin reparos, le producen pesadillas terribles, le volverán loco de verdad, le conduciran a la catatonia. Los abusos sexuales que motivaron el asesinato del interno no serán descubiertos. No tendrá tanta suerte como Rosenham. Para el no habrá retorno.

One Comment leave one →
  1. Viernes, noviembre 6, 2015 11:18 am

    Una de mis peliculas favoritas, como dices adelantada a su tiempo, sutil y pesimista…

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