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Cuando el diagnóstico era social (VI): Tratamiento de shock

Martes, noviembre 3, 2015

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Tratamiento de shock (Denis Sanders, 1964)

Para 1964 el subgénero psiquiátrico ya estaba funcionando a todo vapor. Pese a que Alguien voló sobre el nido del cuco no sería adaptada por Milos Forman hasta 1975 (y con ello se queda fuera de nuestra revisión) su impacto ayudó a galvanizar la preocupación social por la enfermedad mental y la psiquiatría, ayudando a generar obras que a su vez generaron otras. Tratamiento de shock es un exploit de Corredor sin retorno, otro exploit. A la manera de Dementia 13, el exploit de Psicosis producido por Roger Corman y dirigido por Francis Ford Coppola, la película se abre con un crimen gargantuesco que intenta mantener a la audiencia pegada a la butaca: El jardinero de mirada perdida, interpretado por Roddy McDowall, saca unas enormes tijeras de podar y le corta la cabeza (fuera de campo, eso sí) a su millonaria patrona.

En el juicio, la doctora jefa de un hospital psiquiátrico interpretada por Lauren Bacall consigue que el jardinero quede bajo sus ciudados. El fiscal, que huele algo podrido en la maniobra, contrata a un actor para que finja ser un enfermo (ya les dije que era puritito exploit), se infiltre en el hospital y averigüe qué trama la flaca Bacall. Con esto la intriga queda servida.

El resultado final es bastante deficiente, para qué nos vamos engañar. Los diálogos son idiotas y la trama tiene más agujeros que un colador, incluyendo un final que hay que tomarse a risa. Y aún así, Tratamiento de shock nos ofrece algunos puntos curiosos. Más alla de la siempre bienvenida presencia de Bacall o la partitura de Jerry Goldsmith, la película presenta una velada crítica a las prácticas psiquiátricas, pero que no procede del sector subversivo o contracultural como las de Laing o Goffman, sino de cierto conservadurismo anticientificista. El fiscal reprocha a la doctora que está harto de escuchar a los psiquiatras alegar que la culpa de la locura de los acusados la tienen siempre los padres y la familia, cargando así contra esas ideas modernas que eximen a los culpables de su responsabilidad “por su entorno”. Además el personaje de Bacall es una mad-doctor en toda regla: está desarrollando un suero tranquilizante pero no tiene fondos suficientes para completarlo. Por eso su objetivo es conseguir el millon de dolares  que el jardinero presuntamente ha escondido en algún rincón de la mansión de su desmochada jefa. Cuando descubre que el nuevo paciente en en realidad un actor plantado por el fiscal, no dudará en administrarle unas buenas descargas y subirle la dosis de antipsicóticos. La supuestamente buena y comprensiva doctora oculta en realidad un científico avaricioso y sin escrúpulos.

Pero estos puntos no consiguen elevar mucho más el interés de Tratamiento de shock. La doctora consigue que el jardinero hable ¡después de 31 horas de psicoanálisis! Uno piensa que más por aburrimiento que por efecto de la terapia. También hay un amago de mostrar que el amor puede curar la psicopatía en el romance que se produce entre el protagonista y una de las pacientes. Al final la mala recibe su merecido y los tortolitos, después de mirarla con conmiseración, se alejan agarrados del brazo. Pero no importa. Para entonces los espectadores ya están medio dormidos.

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