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Cuando el diagnóstico era social (VIII): Un loco maravilloso

Jueves, noviembre 5, 2015

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Un loco maravilloso (Irvin Kershner, 1966)

En 1961, Michel Foucault publicaba una obra capital, otra de las suyas, titulada Historia de la locura en la época clásica. Su influencia se dejará sentir durante toda la década de los sesenta, y en especial tras la aparición de Madness and civilization (1967), una versión condensada y resumida de los dos tochos de la version original, que contribuyó a popularizar sus ideas en el mundo anglosajón. La tesis central de Foucault era la naturaleza social de la enfermedad mental, la idea de que su definición es un constructo cultural modificable segun las necesidades de los poderosos o las costumbres y convenciones socialmente aceptadas, lo que a lo mejor viene a ser lo mismo. Los profetas del ayer, los iluminados por el espiritu divino, hoy en día son vistos como dementes. De la misma forma, su conexión con espíritus superiores, con las musas de la inspiración, hacen que la línea que divide al artista del loco sea muy delgada. El inconformismo y el deseo de evitar ser constreñido que todo creador necesita están en permanente pugna con el orden social. Como resultado,  autores pertenecientes a minorias son a menudo diagnosticados como enfermos mentales; ahí estan los ejemplos de Virginia Woolf, Sylvia Plath, Ralph Ellison o Charlotte Perkins Gilman (la autora de “El papel amarillo”). Los cuatro tuvieron que vérselas con los psiquiátras y pasaron por hospitales mentales en algún momento de su vida. Aunque también es cierto que los casos de Philip K Dick, Edward Munch o John Lennon demuestran cierta conexión directa entre creatividad y enfermedad mental.

La cultura popular no ha permanecido ajena a esta asociación. Películas como El loco del pelo rojo (1956) o Un genio anda suelto (1958) ya enunciaban desde el título la conexión entre locura y genio artístico. El inconformismo que caracterizó a la década de los sesenta encontró en esta idea un filón. Y asi surgieron obras que exploraban la conexión entre arte, rebeldía y desorden mental. Un loco maravilloso es una de ellas aunque seguramente también una de las menos conseguidas debido su extremadamente superficial acercamiento al tema. Aún así constituye un buen reflejo de su tiempo.

Un loco maravilloso narra las tribulaciones de un poeta llamado Samuel Shilitoe, interpretado por Sean Connery. Por entonces Connery luchaba por evitar ser encasillado en el papel de James Bond tras cuatro entregas de la saga. Había aparecido en un papel de empresario en Marnie la ladrona (1964) y como soldado en La colina (1965). Su rol en Un loco maravilloso como poeta bohemio y maldito que vive en Greenwich Village, que sobrevive haciendo trabajillos y chapuzas y que es visto por la sociedad como un demente representaba un nuevo intento de alejarse por completo de papel de übermen, del papel de espía más famosos de todos los tiempos. Seguramente no es casual que por aquel entonces Connery estuviera siendo tratado de sus problemas con la fama por RD Laing, otro escocés, cuyas ideas antipsiquiátricas, que ya hemos glosado por aquí, le habían convertido en una celebridad. Pero el intento de alejarse de 007 fue en vano. Kershner no acabó de encontrar un tono coherente para esta comedia que juega a ser inconformista pero que en muchos momentos se transforma en pura farsa. También es cierto que Warner Bros buscaba un “James Bond en Nueva York” y pedía constantes reescrituras del guión. El resultado es que Shilitoe es poeta, sí, pero mujeriego. Y mucho. Tanto como Bond. La indefinición resultante de Un loco maravilloso la terminó condenando a un sonado fracaso de taquilla. Connery volvería al papel de 007 un año después con Solo se vive dos veces.

Shilitoe resulta muy poco creíble como poeta atormentado, incomprendido y belicoso en busca de inspiración que le ayude a terminár su nueva obra. El personaje sufre del problema más habitual de la representación audiovisual de los escritores y del oficio de escribir, un problema que se ve también por ejemplo en el personaje de David Duchovny en Californication: El creer que el escritor es un ser iluminado, que no necesita trabajar, que no necesita leer, ni dedicarse a la escritura hasta sudar, hasta oler mal. Shilitoe por no tener no tiene un solo libro en su casa, y el resultado es que en sus reproches al mundo que no le entiende y le minusvalora, en su puño siempre en alto, no vemos más que las bravuconadas vacías de un charlatán egocéntrico.

Aparte de la siempre estupenda presencia de Jean Seberg, que sin embargo está a punto de pasar desapercibida entre tanto grito y enredo vodevilesco, el interés de Un loco maravilloso reside en el momento en el que Shilitoe es diagnosticado como inestable después de una monumental pelea y es internado en una institucion psiquiátrica para proporcionarle descanso y aliviarle de su agresividad. Uno de los médicos desea sin embargo experimentar con él una nueva forma de lobotomía, que le será administrada finalmente porque Shilitoe se ha acostado con la mujer del doctor que lleva su caso (sic). Pero la crítica contra el uso de la lobotomía no será mas que superficial. La técnica no funcionara con él. Enfadadisimo saldra por su propio pie de la clínica, hará de nuevo de las suyas y terminará propinando un puñetazo a su pobre mujer. Curioso considerando que Connery ha declarado repetidas veces que dar un tortazo a una mujer puede ser una buena idea. Ahí queda eso.

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