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Cuando el diagnóstico era social (IX): Rey de corazones

Viernes, noviembre 6, 2015

tumblr_ntk6lorpJo1qz9ut1o1_540Rey de corazones (Philippe De Brocca, 1966)

En “Approaching the unconscious”, el último ensayo de Carl Gustav Jung, terminado apenas unos días antes de morir y que apareció en el volumen colectivo El hombre y sus símbolos (1961), el suizo hacía una analogía entre el mundo dividido por el Telón de Acero y el trastorno disociativo de la personalidad. En resumen, su tesis era que los problemas de la mente, las neurosis y los ataques del inconsciente tenía su correlato en la realidad. De un modo inverso, se hizo patente durante la segunda mitad de la década de los 60 que las sociedades sacudidas por las guerras, los conflictos raciales y la amenaza del hongo atómico tendría su correlato en psiques tensionadas y sometidas a una angustia de intensidad patológica.

Esta idea encontró su eco en la cultura, fuera popular o no. Por ejemplo, las imágenes del Holocausto nazi y de los niños corriendo por Vietnam tras ser rociados de napalm tienen un papel importantísimo en Persona (1966) de Ingmar Bergman, quien ya se había interesado por la enfermedad mental en Como un espejo (1961). Persona relaciona conflicto de personalidad con la incapacidad de responder a las barbaridades mayúsculas que se cometen en el mundo. Otra de las obras que exploraron de forma diversa esta idea es la que nos ocupa hoy, Rey de corazones, una deliciosa comedia que también denuncia la locura de la guerra contraponiéndola con la locura diagnosticada de psiquiátrico y embudo en la cabeza.

La historia nos sitúa en las postrimerías de la II Guerra Mundial, en plena retirada alemana de sus posiciones en Francia. Los generales imperiales del casco con pincho deciden llenar un pueblo de explosivos antes de salir de él con la idea de hacer saltar por los aires a la división británica, principalmente escocesa, que anda pisándoles los talones. El soldado Charles Plumpick es elegido por su rubicundo general para la misión de revisar el pueblo y desactivar cuanta bomba encuentre. Pero Plumpick no tiene ni idea de cómo hacer eso. Es un pacífico cuidador y entrenador de palomas mensajeras cuyo auténtico mérito para la misión es ser el único miembro de la compañía que sabe hablar francés.Y allá va, hacia una muerte casi segura, armado con su fusil y una jaula con sus palomas.

Cuando llega al pueblo lo ve vacío en primer término. La población ha huido. Pero poco a poco empieza a llenarse de gente. Lo que no sabe el infortunado Plumpick es que los locos del manicomio local se han escapado, se han disfrazado de conde, de panadero, de obispo, de prostituta, y han ocupado el lugar de los cuerdos. Un motivo similar, que tiene su origen en la tradición carnavalesca de inversión de las jerarquías sociales lo encontramos en la coetánea obra del dramaturgo aleman Peter Weiss, Marat/Sade (1964) en la que los internos de un manicomio representan una obra que recrea la muerte de Jean-Paul Marat y para ello adoptan cada uno roles arquetípicos.

En un claro eco de la Alicia de Lewis Carroll, Plumpick será declarado por los locos “Rey de corazones” y a partir de ahí el soldado vivirá una serie de encuentros cada vez más absurdos con la nueva población local y sus propios camaradas del ejército, en una búsqueda frenética de la bomba alemana y su mecanismo que terminará con él colgado del reloj de la catedral en un homenaje a Buster Keaton. Al mismo tiempo, Plumpick se irá enamorando de una joven lunática trocada en prostituta, una bellísima y adorable Genevieve Bujold que le hará preguntarse si de verdad merece la pena ser considerado cuerdo y quedarse ahí fuera

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Rey de corazones no oculta en ningún momento su naturaleza de farsa y sátira. De hecho, la experiencia de Philippe de Brocca durante su etapa de cámara del servicio de noticias del ejército durante la Guerra de Argelia (1954-1962), una de las más brutales del periodo de descolonización, le hizo girar su carrera definitivamente hacia la comedia. Sus protagonistas son los locos, locos que fingen ser aristócratas, o mujeres de mal vivir, que se piensan obispos y ofician grandilocuentes misas. Un general que juega al ajedrez con un chimpancé. Un peluquero que no corta el pelo y que no cobra. Hay animales sueltos, un leon, un oso. Los equívocos sirven para producirnos unas buenas risas. Y es que más allá de su romantizada visión de la enfermedad mental y del obvio comentario social, hijo de su tiempo, y que tanto resonó en inconformistas y opositores a la guerra de Vietnam, Rey de corazones resulta ser una película tierna y divertidísima.

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