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Cuando el diagnóstico era social (X): Morgan, un caso clínico

Lunes, noviembre 9, 2015

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Morgan, un caso clínico (Karel Reisz  1966)

Se suele señalar el estreno de ¡Que noche la de aquel día! (Richard Lester, 1964) como el acta de defunción del Free Cinema, o mejor dicho del “kitchen sink realism” (realismo de lavadero de cocina), que irrumpió con fuerza a mediados de los años 50 con directores de la talla de Tony Richardson, Karel Reisz, Lindsay Anderson y John Schleisinger. La película de Lester, al dar protagonismo a los Beatles, abría las ventanas e insuflaba nuevo aire en una sociedad como la británica que se veía cada vez más libre de ataduras jerárquicas y de clase. Comenzaban así de facto los swinging sixties, que a su vez terminarían culturalmente unos años después con el estreno de Asesino implacable (Get Carter, Mike Hodges, 1971).

Pero la transición del realismo en blanco y negro de fábrica, ropa tendida y niños con los mocos colgando al joie de vivre de Lester no significó que los cabecillas del Free Cinema dejaran de hacer películas interesantes, ni que sus intereses de denuncia de las divisiones de clase, del consumismo exacerbado y de lo caduco de las convenciones sociales se disolviera  o se transformara en pura impostura a lo Fernando León de Aranoa. No. Reisz, Richardson, Anderson, Joseph Losey o Nicholas Roeg transformaron sus formas de acuerdo con los tiempos. Es en esa transición donde se enmarca Morgan, un caso clínico, una de las películas menos conocidas del checo Karel Reisz, quizá por su esquizoide (risas) mezcla de gravedad y locura slapstick, aunque por motivos quiza involuntarios la película haya envejecido bastante bien debido a su mirada ácida sobre el género masculino.

En pocas líneas, el argumento de Morgan, un caso clínico se resume en el proceso que lleva al artista de orígenes humildes conocido como Morgan (David Warner) hasta una institución psiquiátrica. Por el camino, Morgan intenta recobrar el amor de su reciente ex-mujer, interpretada por la imperecederamente bella Vanessa Redgrave, que ha comenzado a salir con un galerista de clase alta del West End londinense. Morgan cometerá todo tipo de tropelías, incluyendo un secuestro y una bomba bajo la cama. Ignorará órdenes de alejamiento y seguirá acosando a su ex-esposa. Al mismo tiempo, Morgan es hostigado por su madre, propietaria de un grasiento café y devota estalinista, que le acusa de “traidor a su clase” por obsesionarse con el arte y con su ex-mujer, a la que ve como una rica vanidosa solo interesada en mantere la posición social de su familia. Contado así, parece que estamos metidos en un dramón decimonónico, en un Arriba y abajo pop, y esa es en efecto una de las dos caras del film. La otra cara es la de un cómico enredo. El comunismo de la madre de Morgan es cómico e incluye peregrinajes anuales a la tumba de Karl Marx en el cementerio de Highgate y fotos de Lenin y Stalin en el fregadero de su café. Morgan además esta obsesionado con los gorilas; visita el zoo, los imita, se disfraza de simio, y después de ver King Kong, irrumpe en la boda de su-exmujer después de escalar el edificio con el traje de gorila puesto y la abduce.

Reisz es un director notable y sabe manejar los elementos trágicos y cómicos de la historia. Depende bastante del espectador que esa combinación funcione o sea descartada como una farsa de enredos matrimoniales sin más. Pero vista con apertura de miras, Morgan, un caso clínico ofrece lecturas muy interesantes, tanto de su tiempo como de otros por venir.

Primero encontramos un nuevo ejemplo de la idea de que la civilización es una locura, una pantomima, un mero disfraz de la jungla urbana. Reisz va intercalando metraje de documentales de animales para ilustrar la percepción que Morgan tiene del mundo, de sí mismo como un simio, y de los demas como pavos reales o hipopótamos. “No reconozco la autoridad de este tribunal”, le dirá al juez. “Nada en este mundo es como en mis mejores fantasias”, dirá en otro momento, porque el mundo le propina revés tras revés, dividido como está entre el férreo ideario en el que ha sido criado y el mundo vano de las clases media-altas a las que ha accedido gracias a su arte y a su mujer, un mundo en el que el consumismo es el rey y la presencia de las marcas omnopresente (un año antes, los Rolling Stones cantaban en “Satisfaction”: When I’m watchin’ my T.V./ And that man comes on to tell me/ How white my shirts can be). La escena en la que Morgan sueña que es fusilado por sus compañeros de partido y por su ex-mujer incluída, todos vestidos con el uniforme maoista es una divertida expresión de su yo dividido (además de una escena clarividente; Vanessa Redgrave se presentaría a varias elecciones locales durante los 60 y 70 por el Partido Revolucionario de los Trabajadores; nunca obtuvo más que un puñado de votos). La película, pese a su envoltorio de jocoso envoltorio anti-establishment, es en el fondo el relato de la perdida de asidero en la realidad de su protagonista, de su descenso a un estado de indefensión pues no posee los rudimentos necesarios (hipocresia, oportunismo o buenos modeales) necesarios para entender el medio en el que vive. 

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No es casual que Morgan, un caso clínico fuera la obra de David Mercer, un importante dramaturgo británico que usó para su libreto sus propias experiencias durante un periodo depresivo que le aquejó durante años. Pero sobre todo, no es casual que Mercer estuviera influído fuertemente por las ideas de RD Laing, del que ya hemos hablado en varias ocasiones durante este ciclo. Esa influencia hizo que Mercer introdujera bastantes cambios en la versión que sería adaptada por la BBC en 1962, en especial en el final. La célebre frase del psiquiatrá escocés “Society places every child in a straitjacket“, podría usarse como eslogan publicitario de Morgan, un claso clínico. Laing llegaría incluso a ser consultor en otra de las más importantes obras de David Mercer, In two minds (1967), el relato de una muchacha conducida a la esquizofrenia por su opresiva familia, que también sería adaptada para televisión, en este caso bajo la dirección del novel Ken(neth) Loach.

No solo la familia juega un papel en el malestar mental de Morgan. La omnipresencia de marcas y publicidad, pero sobre todo de la cultura popular, y en especial del cine, tienen una influencia enorme sobre la psique atormentada del pobre artsta. Es aquí donde la película realiza un comentario de plena vigencia: los modelos de masculinidad que Morgan adopta proceden del cine. Son gorilas, luchadores de lucha libre, héroes machos de la pantalla, que han de vencer y rescatar a la damisela en apuros, que han de ser decididos, agresivos, inasequibles al desaliento. Llevados al extremo por él, exagerados, estos cánones se nos aparecen ridiculos y fuera de sentido. Pero no hay que olvidar que son esos mismos los cánones transmitidos por la cultura popular desde entonces hasta practicamente hoy. Cierto es que Reisz y Mercer qerían hacer un comentario social, que la división de clase es en parte lo que lleva al personaje de Redgrave a mirar para arriba en el escalafón social, pero lo cierto es que Morgan está bastante majareta porque su modelo de hombre es un hombre insoportable, prometéico si se quiere, como lo era también su adorado Marx. Su fracaso último es también la certificación con 50 años de adelanto de un modelo de masculinidad.

Morgan, un caso clínico, quizá la primera ocasión en el cine británico en el que un descastado tenía un papel protagonista, fue un exito de taquilla porque supo dialogar claramente con una juventud que se sentía rebelde y que quería protestar contra los poderes establecidos. Su ambiguo final, con Morgan en un psiquiátrico cuidando una composición floral con la forma de una hoz y un martillo, avanzó también de alguna forma el final de aquel movimiento.

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