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Cuando el diagnóstico era social (XI): El hombre dividido

Martes, noviembre 10, 2015

rifugio

El hombre dividido (Vittorio de Seta, 1966)

La entrada italiana de este ciclo sobre cine, psiquiatría y enfermedad mental que ya estamos a punto de concluír es un interesante film, inédito en España, a cargo de Vittorio de Seta, un director de prolongada pero exigua carrera. El hombre dividido tiene una gramática fragmentada, como fragmentada esta la conciencia de su protagonista. El título español podría recordarnos de inmediato al texto fundacional de la antipsiquiatría, El yo dividido (1960) de RD Laing, pero como veremos, una mejor descripción de su tesis central la encontramos en el original italiano, Un uomo a metà , que podríamos también traducir como “un hombre a medias” o “un hombre en la mitad.” Y es que más que hablar sobre el desgarro que en la psique pueden provocar las expectativas sociales (que también) el film de De Seta nos habla principalmente sobre el proceso que hace que un hombre (el masculino, no como humano genérico) pueda construirse como individuo.

En una lectura superficial, sin reparar en un detalle que lo esclarece todo y que pasaremos a discutir después, El hombre dividido narra el devenir de un tal Michele (Jacques Perrin, que obtuvo una Copa Volpi por su interpretación) al que primero vemos en un parque, claramente atormentado, desaseado, convertido en voyeur de las jovencitas y parejas que por allí pasan. Su comportamiento errático e impredecible va en aumento hasta que finalmente es ingresado en un psiquiátrico donde es dormido, drogado y electrocutado, como correspondía a la práctica psiquiátrica de la época. Consigue escaparse y llegar hasta el caserón donde se crió donde y allí terminará de rememorar su adolescencia. Estas tribulaciones se ven intercalados por flashbacks que se remontan cada vez más, por composiciones estáticas de una gran belleza y ciudado, a veces rayanas en la impostura, y por una banda sonora hipnótica a cargo del duo dorado Ennio Morricone – Bruno Nicolai. Así la historia de Michele se articula en torno a una inversión del tiempo hacia el pasado, primero en fogonazos, después en el itinerario de Michele desde su presente hasta su origen, pasando por su ex-mujer, su continua inadeacuación social, y el recuerdo de la mujer que le fascinaba de muchacho, una residente en la posada de su madre, mujer severa, cruel y desagradable que continuamente le ninguneaba en comparación con su hermano, un seductor de chupa de cuero y motocicleta que al final yace con la muchacha de sus sueños.

 Así, sin más, El hombre dividido parece relatar esta simple historia, una historia de madres malvadas que prefieren a otros hermanos, madres esquizofrenogénicas, que se decía en la jerga psiquiátrica de entonces, es decir, madres que con su falso amor crean terribles tensiones en las mentes de sus hijos hasta romperlas a base de desplantes, reproches y descalificaciones continuas. Pero para ver más alla, debemos examinar la dedicatoria que De Seta sobreimprime en la pantalla apenas terminados los títulos de crédito: “Dedicado a Ernst Bernhard” ¿Quién era este hombre?

Ernst Berhnard (1896-1965) fue un psicólogo nacido en Berlín y que pronto se adscribió a la psicologia jungiana o “analitica”, en pugna ya por entonces con la freudiana. Debido a su origen judio, al llegar los nazis al poder, decidió seguir el camino de Freud y exiliarse en Londres, pero su petición fue denegada por una razón insólita: sus fuerte creencia en la astrología. Y es que Bernhard era aún mas heterodoxo que su heterodoxo maestro. Estaba muy versado en temas esotéricos, era cercano a las enseñanzas teosóficas de Helena Blavatsky, un experto quiromante y usuario frequente del I Ching. Al pobre de Bernhard no le quedó más remedio que exiliarse en Roma, donde las leyes de pureza racial le alcanzaron finalmente, aunque solo pasó unos meses en un campo de concentración gracias a la intercesión del orientalista y muy fascista Giuseppe Tucci. Ya después de la tormenta, Bernhard se convirtió en el principal profeta de las ideas jungianas en Italia, capaz además de mantener buenas relaciones con sus colegas freudianos. Ese éxito le hizo cercano al círculo de intelectuales y artistas, y en especial a Federico Fellini, con quien le unió una gran amistad. Bernhard fue decisivo en la etapa de sequía del director, y de su ayuda en aquellos momentos dificiles cristalizó un film tan magno como Ocho y medio (1963). La relación evidente entre los dos films no es casual. La estructura de Ocho y medio, también de rememoración y análisis del presente y el pasado, incluyendo la infancia, recuerda mucho a la de El hombre dividido. Fellini intentó en aquella pasar a dibujar sus propios paisajes interiores, De Seta los de su protagonista. La dedicatoria del film nos señala sobre ese origen común.

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Una vez vista bajo esa luz, la construcción visual y argumental de El hombre dividido cobra sentido. Bernhard modificó la teoria jungiana y a su psicología analítica la llamó “proceso de individuación”, porque según él, su propósito era que la persona pudiera construirse como individuo. El hombre dividido se organiza como una espiral descendente con dirección hacia el pasado, siempre en busca del momento fundacional de los problemas mentales de Michele, una estructura recursiva que recuerda a la de Traición (1978) de Harold Pinter. En ese viaje, Michele ha de enfrentarse a los hechos de su niñez para entender la fascinación y miedo que le producen las mujeres (que De Seta siempre representa de forma deliberada como muñecas, como maniquís inanes). Michele ha de recordar, como se recuerda en la práctica psicoanalítica, el temor a su madre y los celos hacia su hermano, y la muerte de este, de la que no queda claro si fue culpable. Al concluir este viaje, Michele dará gracias por la segunda oportunidad, por haber vuelto a nacer, y se sumergerá en los bosques, ahora libre, ahora entero, como un nuevo Walden.

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