Skip to content

Mis amigos de la tele

Viernes, mayo 29, 2009

fri

Hace algo más de un año las Fuerzas de la Paz y el Orden descubrieron mi paradero y hube de reubicar el Cubil Zito en un nuevo lugar cuya anterior dueña, ya fallecida, poseía ni más ni menos que tres televisores. Uno en el salón, otro en la cocina y un último en la habitación. Aparte de un periquito desplumado que me legó, supongo que esas tres pantallas eran su remedio contra la soledad, su más absorbente ocupación y que tal ubicuidad era un reflejo de la importancia de la televisión en su vida. Pero más allá del runrún y la compañía, las emisiones salidas del tubo catódico, del plasma más bien en estos tiempos, forman parte intima de lo que somos. Ya no solo porque la ficción nos ayude a entender mejor nuestra realidad, un tema apasionante del que ya hemos hablado alguna vez (la de lecciones vitales que he extraído, para bien o para mal, de las primeras temporadas de Nip/Tuck), sino porque esa misma ficción representa para nosotros una cotidianeidad paralela.

Me explico. Si preguntan a alguna fan (y uso el femenino como provocación deliberada) de Sexo en Nueva York sobre qué les atrae tanto de la serie verán que la respuesta suele orbitar alrededor de la idea de que cada capitulo supone una especie de reunión de amigas, una ocasión para el petardeo cómplice, una sensación que se solidificó con el “reencuentro” en toda regla que supuso la reciente película. Y es que sentimos a los personajes televisivos como si fueran nuestros compañeros, amigos o familiares. Nos preocupamos por ellos y compartimos sus preocupaciones como si estuvieran próximos a nosotros, como si estuvieran hechos de vísceras y huesos. Y lo más interesante es que esa impresión de familiaridad y comunión tiene un fundamento evolutivo.

La psicología evolutiva sostiene que el cerebro humano y nuestros mecanismos psicológicos están adaptados al denominado Entorno de Adaptación Evolutiva (EAE), es decir, a las condiciones en las que evolucionamos como especie, lo que en pocas palabras viene a representar el África de hace unos pocos millones de años. Aunque nuestro entorno social haya cambiado drásticamente y a un ritmo acelerado, nuestro cerebrito de homo sapiens aun tiende a concebir y conceptualizar el ancho mundo globalizado de hoy como una sabana, con sus animalitos, su caza y su recolecta, sus grupos sociales cerrados y rígidos y sus relaciones cercanas, comunitarias y tribales. Por tanto, nuestra mente tiene problemas en entender y procesar estímulos que no se correspondan a los habituales en el EAE. Como por ejemplo, la televisión.

Por eso, cuando vemos a personitas aparecer en la pantalla del televisor, nuestro cerebro tiende a creer que son reales, porque en el EAE, en el África prehistórica, toda imagen realista que veíamos de alguien solía corresponder a un familiar o un amigo. Si continuamos con el razonamiento, habremos de concluir que las personas que ven más televisión deberían creer asimismo que tienen más amigos. Y así parece demostrarlo la evidencia (Bowling with our imaginary friends, Evolution and Human Behavior, 2002). Quienes pasan más horas delante del televisor reportan un nivel más alto de satisfacción con sus amistades de igual modo a como lo hacen quienes tienen un mayor numero de amigos y socializaran más con ellos. Pero aún hay más. No todos los programas tienen el mismo efecto fraternal sobre los dos sexos. Las mujeres que ven más dramas y sitcoms están más satisfechas con sus amistades, pero el efecto de programas de noticias o de servicio público sobre ellas es nulo. Lo contrario ocurre con los hombres, cuya satisfacción no aumenta al ver programas como… ¡Sexo en Nueva York! (como ven la provocación no era gratuita), pero si con los del segundo tipo.  La razón es también evolutiva. Es bien sabido que las mujeres tienden a tener más amistades en su círculo familiar mientras que las amistades de los hombres suelen constituirse con mayor frecuencia de compañeros de trabajo. Las series y telecomedias tienden a mostrar más relaciones familiares y afectivas y por tanto las mujeres sienten a sus protagonistas como más reales, mientras que para los hombres eso ocurre con programas que muestran a gente en su entorno de trabajo.

Satoshi Kanazawa, el autor de este estudio, llegaría más tarde a demostrar que el efecto de ver televisión sobre la satisfacción con las amistades tampoco es homogéneo según el nivel de inteligencia. Pero hablarles de eso sería tal vez una provocación innecesaria, porque los trabajos de Kanazawa suelen ser muy polémicos y criticados en su metodología. Así que he preferido consultar a varios de mis mejores amigos y ver qué opinan al respecto: Al Sr Spock la idea le ha parecido fascinante. Número 6 cree que no es más que otra manera de clasificar y controlar a la gente.  Pero la reacción más desconcertante ha sido la del Agente Cooper, quien me ha respondido “te juro que Ellos son reales”.

4 comentarios leave one →
  1. Jaute permalink
    Viernes, mayo 29, 2009 9:52 am

    Me siento invitada al análisis de mis relaciones con mis amigos ficticios: después de dos capítulos de cualquier serie, por más que me guste, abandono porque me molesta establecer una rutina alrededor de la programación que me produce la sensación de estar perdiéndome algo mejor o más real (¿me convierte esto en amiga desleal e inconstante?) por lo que termino, si me gustó suficientemente lo que vi, comprando la serie para verla de un tirón cuando a mí me convenga (¿soy posesiva y manipuladora?) Y, desde luego, siempre prefiero un libro (esto último, ¿a qué equivaldría en las realciones sociales reales?)

  2. Sábado, mayo 30, 2009 11:02 am

    Muy interesante, docto doctor. Yo ya hace tiempo que no sigo series por televisión, las sigo en mi ordenador, en maratones de temporadas enteras, y sí que es cierto que los personajes acaban por parecer reales (que remedio), y acabo adoptando sus muletillas y costumbres (Como conocí a vuestra madre me está matando en ese sentido). El problema es que no puedo interartuar con los personajes, que son los que comparten conmigo esos dejes, con lo que sólo me queda encontrar a gente que también siga esa serie y así conseguir un simulacro de realidad… ay ay ay…
    Un saludo

Trackbacks

  1. Acerca del Amor, propio « Pobre de espíritu
  2. Acerca del Amor, propio - PINN

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: