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La crítica es literatura

“Una crítica negativa puede ser más beneficiosa para tu posterior opinión
sobre una película que una positiva, ya que, cuanto mayores
sean tus expectativas, más fácil será que te defraude,”
Beatriz Maldivia.

Tenía pendiente hablarles de metacríticas. Desde el estallido Cloverfield, vengo leyendo lucidísimas piezas en las que gente de bien lanza sus dardos dialécticos contra la abulia, mediocridad y cobardía de la crítica de cine estándar encontrable en decenas de páginas (normalmente con el sufijo -fagia o -filia en su título, como bien indicaba una vez Vigalondo). Cada una de ellas opera desde su lugar en el espectro de lo insustancial. Ya sea la desnudez garrula (como denunciaba Alvy) o la pátina pseudosesuda (que tan furioso pone a Starman). Esta ralea de reseñas me revuelve porque trata a la experiencia cinematográfica como algo por fuerza mesurable, porque se acerca a ella con la intención de tabularla y domarla, de encorsetarla en directrices mansas y prestadas para que así no haga daño ni sorprenda, con la última intención de marcar otra muesca en la culata de lo ya visto y de colocar un nuevo volumen en el estante titulado “mi bagaje cultural”. Y no. No me sirve que se vaya al cine como quien visita una ciudad extranjera sin separar la vista de su guía o como quien acude al Louvre solo para ver La Gioconda. Desprecio que hablar de cine se conciba como un ejercicio análogo al del turista que se fotografía delante de todas las atracciones y monumentos “de visita recomendada”.

Opiniones de la cola del pan o de parada de autobús. Que el pan y el autobús sean necesarios no los hace necesariamente interesantes, y mucho menos publicables a los cuatro vientos. Ahí fuera, un ejército de yemas posee los rudimentos de la crítica cinematográfica parida por Cahiers, y adquirida ya sea en el Carrefour, en el Dirigido Por o en la Academia de Cine de la esquina. El despotismo ilustrado de Internet, que nos ha otorgado voz sin voto, se ha encargado del resto. No creo tanto, como decía Tones hace un tiempo, que las categorías incluidas en el kit Cahiers hayan quedado obsoletas (lo que no quiere decir que no pueda haber otro kit mejor). Más bien creo que, como me repite Javo, no importa tanto el “qué” sino el “cómo”. En ese sentido, la crítica que leemos en tantas infaustas páginas es como la farlopa mala. Pues eso, mala.

Podemos, pueden, perdernos y perderse en la dialéctica “crítica subjetiva versus objetiva”. Comerse el huevo por la punta o por el extremo ancho. Como quieran. No me cansaré de repetir que toda crítica estimable ha de ser por fuerza subjetiva en tanto en cuanto es un sujeto quien se emociona, ríe o se aterroriza y es un sujeto quien al criticar acomete la reinterpretación de una subjetividad ajena. La otra, la crítica objetiva/robótica, solo podría realizarse acumulando hechos verificables, trivialidades y por tanto es como dios: aunque existiera, no merece consideración alguna. La auténtica lacra la constituye la crítica que se sustenta exclusivamente sobre una subjetividad ramplona. La que apela a ideas mal elaboradas, impresiones medio cocidas, esquemas sujetos con esparadrapo y a repetir mucho la palabra “cinta”.

La crítica es literatura.

Esto no lo he dicho yo. Lo dijo JP Bango hace ya unos meses en un estupendísimo artículo que no deberían perderse. Adoptémoslo, pues, como un mantra. La crítica es literatura. Literatura.

La buena crítica debe hablar sobre quien la escribe al menos tanto como sobre el objeto del que habla. Pero no del modo involuntario, transparente y torpe con el que solemos toparnos. La buena crítica debe mostrarnos a una persona que trabaja, que reflexiona, que destila, que destripa alambiques, que aplasta impurezas, que erige sus construcciones sobre los cimientos que otros han colocado, que se esfuerza en vislumbrar lo que aguarda más allá de lo visible. Me interesa la crítica escrita por alguien que me susurra entre líneas su pasado, que utiliza la película para articular su cotidianeidad, para compartirla conmigo. Me fascina contemplar como sus manos parten esa hogaza ante mí, como se ejercita, como se esfuerza en desmenuzarla, en darla forma, Me conmueve que el crítico se conmocione, que trasluzca su dificultad para aprehender una obra que le rebosa los sentidos o la turbación que sintió una tarde de sábado hace mil años.

Para ello la forma, el lenguaje, el estilo, son esenciales. No son precisos modismos ni demasiadas palabras esdrújulas. Su gramática puede ser diáfana y sencilla. La crítica vulgar, como la prosa anodina, está poseida por ese mal entendido afán por literaturizarse. Lo que de verdad importa es la visión, son las imágenes. Importa que nos transporten, que nos envuelvan, que nos sumerjan en las corrientes rojas y pulsantes, como venas gigantes y antiquísimas, que trascurren por debajo de cada historia.

Necesitamos pensamiento propio. Necesitamos vísceras perdurables. Necesitamos teoría. Necesitamos praxis. Necesitamos pasión, rabia, lucidez, valentía. La misma vida.

No se conformen con menos.

El Prisionero – Many Happy Returns

Another beautiful day! Como en The Village, las previsiones indican una inusual semana de buen tiempo ininterrumpido aquí en los Frios Exteriores (ayer salí por primera vez en manga corta). Y una vez parece confirmado que el remake de El Prisionero ha echado a andar definitivamente (Nacho, ¿se había enterado?) y que la serie regresará feliz a las pantallas, su querido doctor ha analizado un nuevo capítulo en Elitevisión con renovados bríos. Por cierto, ya me estoy frotando las manos ante la perspectiva de gozar muy pronto de la posesión de una de estas.

Stress

En los comentarios del anterior post, Superwoobinda nos regalaba el link a un videoclip de Justice que merece ocupar un lugar de honor en la absentista sección Lo Zombi. Del dúo francés solo conocía hasta ahora D.A.N.C.E., tema provisto de un maravilloso videoclip, colorido y jovial. En sus antípodas se sitúa esta pieza dirigida por Romain-Gavras, realizada con el trasfondo cercano de El Odio y el más lejano y fundamental de La Naranja Mecánica, y que emplea los ecos de las recientes revueltas raciales en Paris, jugando con la excusa técnica del reportaje televisivo para potenciar sus efectos. El hiperviolento resultado es un Cloverfield de monstruos tangibles y humanos, que inquiere sobre los motivos y orígenes de nuestros propios terrores y nos demuestra que no hay dialogo ni connivencia posible con ellos.

Si osan, pinchen en la imagen para contemplarlo en alta resolución.

Greatest hits incomprendidos, año uno

Hace hoy un año que servidor volvió del reino de los no-muertos y resucitó el gabinete. Y pese a los altibajos y reveses emocionales, estos doce meses han constituido su más prolongado periodo de actividad ininterrumpida. Ustedes tienen gran culpa de ello, por supuesto, y se lo agradezco. Para celebrarlo, se me había ocurrido la meme-z de rescatar entradas antiguas, elaborar un Top 10 de Grandes Éxitos Zitos. Sin embargo, pronto descubrí que los posts más vistos o comentados eran también los más “mediáticos”, es decir, aquellos que reseñaban alguna serie, libro o película (o incluso los que contenían una). Y es que, como sabiamente me comentaba Silvando, “todas las familias felices son idénticas, pero las infelices son cada una distinta.” Y así es. Las entradas menos frecuentadas, las que te miran con ojos grandes pidiendo amigos y comentadores, son cada una de su padre y de su madre. Así que siguiendo aquel consejo, he decido enfocar mi labor de exégesis en ellas. Muchos de estos parientes pobres anunciaban mis contribuciones a Elitevisión o fueron hijos de mis catástrofes sentimentales. Dejando aparte estas entradas, disfruten de este hit parade de despropósitos.

- A bout du monde: De acuerdo, reconozco que este no es mi post más elaborado sobre la animación de los países del Este (que siempre fueron unos países muy animados, miren sino la polka o el gulag o el porno húngaro), pero no dejo de preguntarme qué les habrá hecho a ustedes este desopilante corto, maravilla del slapstick milimetrado.

- Oopart: (yo viacé un corra). En este post, escrito tras unas agitadísimas vacaciones navideñas, un servidor se comparaba con la Máquina de Antikythera. Cosas del síndrome de abstinencia de la absenta, supongo. ¿Hubieran preferido que me hubiera convertido en una máquina tragaperras?

- ¿Quién es Zito? (III): Con motivo del tercer aniversario del blog, servidor se comparó en una serie de entradas con figuras de fama escasa y nulo prestigio. En este caso, un arreglista cómplice de haber perpetrado Imagine. Confíesenlo: A ustedes les da igual, podría haber sido este o cualquier otro gilipuertas.

- Vampirismos: Miren, se lo digo sin contemplaciones. Este es uno de mis mejores posts. No niego que sea sombrío o que produzca claustrofobia, ¡pero contenía fotos de mujeres con poca ropa! Ni con un fotolog triunfo, está claro. Por cierto, en los comentarios Don Enrique me llamaba romántico, quizá con cierto retintín, como queriendo decir “majo, te van a caer una de hostias…”.

- You can’t drink just six!: Que les hable de El Prisionero ya asegura el fracaso, está visto. Y por si fuera poco además les hablaba de camisetas caras que aparecen unas décimas de segundo en una peli y que se venden en una tienda que no existe. Menos mal que Cloverfield sí que les gustó… ¿no?

- Víctimas y verdugos: Les entiendo. Que después de mis montajes de pornomuerte, les invite a ver un video que yo mismo califico como una “autentica mierda” resulta más peligroso que Pajares con una pistola falsa en un bufete de abogados. De su repercusión deduzco que ninguno de ustedes llegó a ver aquella pieza que podríamos rebautizar como El oso al hoyo y encima me la follo. A ver si con este nuevo título alguien se atreve.

- Han vuelto: ¿A nadie le interesa el último disco de los Black Rebel Motorcycle Club? Pues en este post no entraron ni ellos. I know, it’s only rock’n'roll but I like it.

El año que viene, más.

Danubio 17

Cuando en días como estos últimos las mañanas comienzan con un sol esplendoroso y el viento trae un aire grueso de tibieza, gusto de perderme de camino al trabajo por las geometrías de mi barrio. Un par de siglos atrás, las gentes pudientes decidieron abandonar el núcleo urbano, por entonces tuberculoso y alambicado, y fueron derramando sus rectilíneos diseños arquitectónicos por las laderas que hasta aquí se extienden, con la misma firmeza con que las raíces del sauce hacen suya la ribera del río. En estos paseos, uno puede deleitarse con pórticos y esplendores jónicos, vislumbrar estancias inmensas, admirar las fachadas neoclásicas que van desprendiéndose morosas de las vetas de carbón que en ellas incrustó el siglo XIX. Allá encontrarán la Calle Danubio, que en su breve curva alcanza el torrente cantarín y escondido que divide la ciudad en dos. E inadvertida para el viandante, no diferente del resto, descansa allí una puerta azul, la del número 17, que custodia tras de si una singularísima historia.

El número 17 de la Calle Danubio fue un burdel. Durante tres décadas. El más reputado y respetado, conocido y codiciado. En él trabajaban de continuo 15 chicas, 25 más “de guardia” en caso de inusual demanda. Un lugar cuya crónica es también la de una mujer excepcional. Una mujer que logró abrirse paso en tan escabroso negocio, orillando las presiones de la mafia y la policía, y que rigió ella sola con eficiencia y elevado gusto desde el final de la Guerra hasta su muerte en 1977. Se llamaba Dora.

Dora había nacido con el cambio de siglo y criado en esos mismos callejones sórdidos que cien años atrás habían abandonado los antepasados de sus ricos clientes. De allí consiguió medrar y prosperar hasta adquirir Danubio 17. Sus vecinos la tenían por una respetable señorona procedente del barrio de mayor copete de la ciudad. Muy pocos conocían que aquella mujer de educado acento y serena presencia, siempre vestida de pieles y perlas, era la madame de un burdel de fama internacional. Dora cultivaba esa apacible apariencia. Se declaraba votante del Partido Conservador y durante las campaña electorales colocaba en las ventanas los oportunos carteles. Tan solo una vez sus conciudadanos protestaron abiertamente: fue durante el periodo en el que el portaaviones norteamericano JFK permaneció atracado en el puerto. Se dice que la cola de deseosos marineros y oficiales daba la vuelta a la manzana.

Aunque fue condenada y multada por jueces y prebostes en más de cuarenta ocasiones, Dora salía del juzgado siempre dispuesta a continuar su labor, flanqueada por sus chicas, impertérrita, incluso irónica, aludiendo a lo oneroso que para el contribuyente resultaban tan constantes procesamientos. Pero pese a estos ligeros inconvenientes, Dora sabía bien con quién tratar y a quién atender con esmero. No en vano reconocía que uno de los momentos más movidos del año en su negocio se producía duante la Asamblea Anual de la Iglesia Nacional. En su “casa de placer y ocio”, como a ella le gustaba llamarla, ofrecía café, te y sándwiches a los parroquianos y aunque toda la acción solía transcurrir en el sótano, se rumoreaba la existencia, casi mítica, de otras habitaciones en los pisos superiores reservadas para los mejores clientes. Hasta tal punto llegó su gloria que aun hoy, treinta años después, algún despistado visitante se deja caer por allí intentando rememorar los viejos tiempos.

Cuentan que al cambiar el papel pintado, el actual propietario de Danubio 17 descubrió garabateados en la pared los nombres y precios de las chicas que trabajaban para Dora. Así que cuando paso por delante de esa puerta azul, no puedo evitar que me asistan fantasías de raso y satén, de hembras de esplendorosas carnes que reciben en corsé violeta, espejo, dosel, cama de cuatro postes. Pero se que es falso. Que pese a los fantasmas románticos que desee atribuirle o el te con pastas de Dora, aquello jamás dejó de ser un comercio. Y me alejo pensando que, optemos por airearlo u ocultarlo, todos ofrecemos nuestras perlas al publico mientras enterramos una parte de nosotros en un sótano.

El gusano de Manchuria

Durante los 50 y 60 la ciencia y la cultura pop exploraron con fervor la figura del “candidato de Manchuria.” Asesinos preprogramados, inconscientes, condicionados para cumplir su cometido al ser expuestos al estímulo convenido. La reina de corazones en El Mensajero del Miedo. El Guardián en el Centeno en los casos de David Chapman y John Hinckley. Si bien obras de ficción como IPCRESS, El Prisionero o el mencionado film del maestro Frankenheimer resultaron excelentes, los científicos no cosecharon demasiados éxitos en este campo y las osadas pretensiones del proyecto MKULTRA y epígonos cayeron en el total descrédito. Hasta ahora.

El Santo Grial de la investigación neurológica es el control selectivo de las células nerviosas. Desde los primeros experimentos con la electricidad se conoce que la aplicación de impulsos eléctricos a las neuronas produce en ellas un pico de actividad. De hecho ese es el principio básico detrás del uso de electroshocks. Sin embargo, como bien sabemos, su efecto resulta ser indiscriminado y desolador. Pero si lográramos conocer qué neuronas gobiernan qué funciones y fuéramos capaces de estimularlas simplemente mediante impulsos lumínicos, se podrían diseñar terapias específicas sin efecto secundario alguno.

Así que después de todo, el pulsante y repetido uso de luces intensas que conformaba la parafernalia del lavado del cerebro de la spy fiction no difería demasiado de la realidad que los investigadores andaban buscando.

Junten ahora una proteína, la ChR2, procedente de un alga de estanque y que genera descargas eléctricas al ser expuesta a la luz azul, con otra obtenida de microbios del desierto, la NpHR y que produce parálisis celular bajo luz amarilla. Bien. Ya tienen en sus manos un interruptor neuronal. Tomen ahora un diminuto gusano, el Caenorhabditis elegans, de tan solo un milímetro de largo, y manipúlenlo hasta conseguir que los músculos de sus costados y los nervios que los controlan estén forraditos de ambas proteínas. Y adminístrenle ahora ráfagas de luz azul y amarilla. El resultado será este. Un film que podríamos titular El gusano danzarín o Vamos a la carga con el gusano que se alarga. Pero es sólo el primer paso (Multimodal fast optical interrogation of neural circuitry, Nature, 2007). Ya se ha conseguido que otro tipo de gusano cambie de dirección de desplazamiento o que ciertas larvas alteren su gusto por un particular olor utilizando similares procedimientos.

En teoría, cualquier comportamiento que sea controlado por neuronas (asumiendo que estas puedan ser identificadas) puede ser replicado con el adecuado uso de la luz para encenderlas y apagarlas. De momento, al contemplar a nuestro gusanito no puedo evitar pensar en lo conveniente que pueden resultar estas técnicas bajo las luces estroboscópicas de una discoteca.

La dolce vita

Voy a cerrar este día. Voy a voltear la cubierta y apartarlo en la repisa. Voy a colocar a buen recaudo esta jornada que comenzó conmigo escribiendo, como ahora la termino, escuchando a las gaviotas protestándole al alba. En venganza, el sueño breve sacó de mañana su rabioso cuchillo, y asfixiado de recuerdos, rasgó mis costuras dejando escapar mi contenido. Ella, su vestido verde, sus piernas doradas, su pecho de pajarillo. Y cuando desperté sabía que aquella aparición había echado a perder lo que restara. Que el día quedaría en barbecho como las tierras malas. Por eso he jugado al niño malcriado, a la estrella de rock ociosa entre dos discos, dormitando, bebiendo, mirando culos, comiendo con lujuria, bromeando ajeno a la marca de las horas o los días. No había más remedio. Para qué ocultarlo. No me he curado. No ha sanado aún este presente. No me importa demasiado qué hace o habrá hecho. Todo lo que debía aprender ya lo he aprendido. Solo me importa el yo que aquí ha quedado. El que tiene que habitar este aire enrarecido. El que se deja seducir por las caprichosas flores del desorden.

El Prisionero - The General

Estos son días algo extraños aquí en los Fríos Exteriores. Si visitaran cualquier multiplex comprobarían que dos películas españolas se han hecho un hueco en sus carteleras, REC y El Orfanato, los dos polos del Spanish Horror, y ambas con remakes a la vuelta de la esquina. Esto último resulta aún más insólito: Si un film procedente de la periferia cinematográfica consigue distribuirse mundialmente, ¿qué necesidad hay de rehacerlo? ¿Reducir su exotismo, sus singularidades, homogeneizarlo?

Por otro lado, los estudiantes del Imperialismo Científico andan estos días inmersos en el paroxismo propio de la época de exámenes finales. Ya no se les ve por las calles, los cafés, los gimnasios o los bares y clubes que hasta ahora habitaban casi a diario. Y yo contemplo estos vacios con la inquietud con la que Número 6 observaba a La Villa convertirse en una gigantesca institución educativa, campo de pruebas del control de masas, en el episodio The General, cuyo análisis podrán encontrar, como no, en Elitevisión.

La noche es nuestra

A primera vista, La Noche Es Nuestra parece una película ideal para ser vista en DVD de alquiler una perezosa tarde de domingo; una tragedia griega de fachada neoyorquina, austera, frugal, casi rutinaria, poco espectacular en su representación de los ochenta. Sin embargo la obra de James Gray ofrece tesoros evidentes y soterrados. Por un lado, contiene al menos dos escenas monumentales. Una, la persecución bajo la lluvia, velocísima, gris, borrosa, filmada casi únicamente desde el interior de los vehículos, acompañada por un mínimo sonido de ambiente -chaparreo y limpiaparabrisas- y que nos conduce junto a Bobby (un veraz y atormentado Joaquin Phoenix) a la contemplación irremisible e impotente de su desenlace. La segunda, (por poco un remake de un momento análogo en Señales), la tensa conclusión en la que Bobby sale al encuentro de su Némesis en la espesura pantanosa. La niebla, la quietud, las siluetas silenciosas, amigos o enemigos, prestan fondo a esa caza de si mismo, al anticlímax en que asume por fin el destino que hasta entonces se había obcecado en eludir.

Por otro lado, el personaje de Amada (Eva Mendes) revela calladamente (además de una teta a los cinco minutos; ¡bien!) las miserias de dos comunidades patriarcales, policías y ladrones, en las que honores y pecados se transmiten originales e indelebles. Y de paso también la parte más mezquina de lo masculino, que define la valía de un hombre por la belleza de la mujer que acomoda en su regazo. A Amada apenas se le permite intervenir en los asuntos familiares o reunirse con su madre. Y finalmente se rebela. Mientras, Bobby se entrega dócil a su sino, obsesionado con una causa como solo un hombre puede hacerlo, y acaba satisfaciendo las expectativas ajenas por completo.

Algunos han entendido este desarrollo como un apoyo a los valores ultramontanos. A ello ayuda la parquedad de Gray o cierta desidia a la hora de desarrollar la historia. Pero semejante interpretación más bien demuestra que muchos aún no han comprendido que en el cine existe una aguda diferencia entre presencia y apología, entre mostrar algo y aprobarlo. Son malos tiempos para la sutileza.

El futuro

El futuro. A vueltas con el futuro. El futuro es una tea en un cuadro de Caravaggio. Un candil que sostenemos contra nuestro pecho en la oscuridad espesa, que ilumina nuestros rostros de esperanza trémula y nos muestra ansiosos, inquietos, temblorosos. Con el futuro no nos queda más remedio que aventarlo a soplos, que invertir en él contra todo pronóstico. Confiar a tientas en que tras la pirueta doble haya red o cable. Como Amando y Catherine, que se abrazan en la noche a la maravilla que han creado, a ese optimismo glorioso y loco, fe y apostasía, mientras Lou sueña en su rincón con retomar juegos y carreras con el mismo esplendor de cada día. O como Minizita, que vuela hacia el sol, hacia su sol, Ámsterdam, Bangkok, Taipei, en busca de su corcel, de su final feliz. Ella, que pese a las tinieblas se negó a exiliarse del futuro, y su príncipe, corren ahora a abrazarse por siempre, cruzando etapas y estepas que arden a su paso con la premura incandescente de los encuentros anticipados. Y me dicen que planean rodar un corto en el que adaptarán uno de mis relatos. No puedo pensar en nadie más apropiado para hacerlo. Ellos que refutan la desesperanza, ellos que habitan un futuro mejor, ese lugar donde la luz de una diminuta tea lo baña todo.

Va y Ven

Va.

Vuelvo del Mundo Humano, el que habitan ustedes que entienden la lengua en que están escritas estas líneas, a los Fríos Exteriores, donde moro. Vuelvo con la necesidad de articular este tiempo de encuentros y reencuentros, de metaforizarlo si quieren, de fabricar un punto y seguido que quizás ilumine el cruce de caminos en el que me encuentro. Y a la hora de escribirlo, me encuentro torpe y trastabillado, pulverizado por la prolongada pausa. Brota tan solo la somera evidencia de que he llenado mis días de vaivenes entre el futuro y el pasado, míos y de otros, de Sur a Norte, al revés y vuelta, investigando en lo probable, buceando en lo posible, intentando tejer hilos que explicaran mi presente, como dicen que las supercuerdas explican el Universo. Y a lo largo de estos ejes, he ido conduciéndome por brazos que se abrían amables, por camas y sofás que dejaban de ser ajenos y por la consulta de un dentista.

En el Albaicín sorprendí a dos perros que jugaban a morderse el alma y a un lilo que cubría sin prisa la superficie de una fuente recóndita. Más tarde, en la noche abierta, Lagartija Nick y Sidonie compartían su resignada lealtad al pasado. Unos desde la nostalgia de quienes fueron para después dejar de ser. Otros desde la derrota de quienes creían poder haber llegado a ser algo y no fueron, un destino que al final uno ha agradecido, la verdad. Entretanto, yo compartía con MA la jeringuilla del romanticismo vencido y el calor doloroso y sanguíneo de las certidumbres auténticas. Esa es la única victoria, si es que existe alguna. MA es más lista que los ratones coloraos, y mientras Liebre le demandaba caricias, ella me persuadió de que callar es un hermoso verbo. Así que, para no provocarla, no hablaré más de las palabras con las que llenamos el aire impregnado de humo y leña en su mirador a la sierra.

A continuación, el regreso a Gallardongrado, estación de paso en esta obra en tres actos, y donde tocaba actualizar la libreta de afectos para quedarse, indefectiblemente, sin hojas. Futuro y pasado, amistades nuevas y antiguas, se entremezclaron con viajes en moto, un crepuscular e inevitable concierto de Siniestro, y con los interiores de sórdidos y caseros bares, incluida La Taberna, templos de la roña y el vicio que vislumbraban cada uno a su manera el inminente verano de terrazas e insomnios. Y en su secuencia lógica, la envidiable normalidad de todos aquellos recorridos me ayudó a esclarecer la línea que separa los anhelos esenciales de los efímeros deseos.

Por último, en la estribación de la semana, acechaba la visita a la ciudad norteña, herreriana y recia, envuelta en el persistente regusto a óxido que nos dejan las vidas que abandonamos para siempre. Allí, los amigos atávicos, esos extraños, escenificaron para mi, sin saberlo, un pasado elevado al cuadrado al que no pertenezco pese a sus muchos vociferios y llamamientos al asalto de las kupelas. Todo aquello culminaría poco después en La Concha, que se ofrecía neblinosa y quieta, ajena por completo al bullicio del Casco Viejo. Algo alcoholizado, de madrugada, con el mar lamiéndome levemente los pies, no me esperaba ninguna revelación en aquella playa familiar y consabida. Pretendí escuchar, pero solo hubo silencio. Y junto a esa quietud, la humilde certeza de que todo lo vivido había conducido a ese momento, de que todo lo que sucediera a partir de entonces formaría parte del regreso, de la vuelta, del ir recogiendo el hilo. Sin más. Sin significado, ni finalidad, ni epifanías. La oscilación había alcanzado su cenit.

Ven.

Inevitablemente, cuando se va y se viene, cuando se viven existencias paralelas en la lejanía, uno se pregunta cuál es su verdadera patria. La patria es la infancia, dijo alguien. Y en parte es cierto. Esté donde esté llevo conmigo ese periodo en el que aún puedo encontrar emociones purísimas y verdaderas, las formas esenciales de mi mismo. No en vano, para enamorarme de una mujer necesito que me muestre cómo fue de niña. Sin embargo, ese hogar, del que cuando nos alejamos todo comienza a torcerse, a estas alturas no puede ya satisfacerme.

Nuestra patria es la literatura, dijo el otro. Yo, que nunca seré un experto en comics, ni parte de grupo musical alguno, ni promiscuo, he llegado a sentir que si por algo merezco ser salvado es precisamente por esto. Por reunirme con ustedes a intervalos en los que me acalicanto en esta cápsula que todo lo suspende, retorciendo mecanismos, destilando mal que bien metáforas e imágenes que exorcicen lo que soy, a los demás, al mundo. Pero, desengañémonos, no soy un entusiasta de toda la vida. Jamás gané un certamen literario, ni urdí diarios íntimos, ni colmé cuadernos escolares hasta el margen. Mi depravación ha sido más bien reciente. Así que sí, puede que ronden por ahí múltiples mediocres, cientos de “cráneos previlegiados” que con frecuencia obtienen reconocimiento y premios. Pero mientras no lo remediemos, mientras no escribamos, ellos siempre poseerán el derecho a desahuciarnos de esta casa.

“Solo me interesa el presente porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida,” decía Umbral, a quien releo estos días (por si no se habían percatado). Y con ello, el gafotas no se refería al puto Carpe Diem, sino más bien a que nuestra continuidad es el presente, este punto intermedio e inexistente, tangencia de las esferas de un reloj de arena que tal vez si sea nuestra patria. No es posible habitar el pasado. Ni siquiera podemos aseverar que exista. Somos su lodo, es cierto, pero no somos aquel o aquella que hubo de transitarlo. De haber alguna forma sensata de reconstruir lo pretérito, ésta sería el emplearlo aquí y ahora mismo, en nuestro yo instantáneo. Quizá en el etéreo umbral del porvenir inmediato. Porque esa es otra. El futuro es una terra incognita y brumosa esperando a ser conquistada, como el mundo virgen del Civilization. Y solo posee el valor que osemos otorgarle.

Aún así, no puedo evitar encarnarme en una de esos universos alternativos y conjeturar que si en aquel momento postrero de la despedida hubiera optado por deslizar mis gafas de sol en el bolsillo de su chaqueta, éstas no se habrían volado cuando me asomé por la ventanilla para tomar una absurda foto camino del Norte días más tarde. Así que opto por agarrar mi condensador de fluzo y alcanzar esa línea temporal en la que me he quedado sin gafas, como ahora, pero en la que ella en cambio puede elevar su mirada y contemplar con tierno asombro un cielo marciano y rojo.

You can´t drink just Six!

Una vez remitida la polvareda Cloverfield, con la trama y subtramas más o menos claras, permanece la sensación de clásico instantáneo, de punto de inflexión (lo reconozcan los miopes o no), así como un puñado de webs secretas y ficticias que en su día dieron soporte a la campaña viral de la película. Lejos de haber quedado obsoletas y dormidas como estaciones de tren abandonadas, estas webs son aún disfrutables (queda por delante el lanzamiento del DVD al menos) y su exploración resulta a estas alturas una experiencia de vindicación postrera. Sobre todo nos queda Slusho!, la bebida de la omnipresente Tagruato, elaborada con un ingrediente secreto sólo encontrable “en las profundidades más frías del océano” (al leer esta frase no pude evitar acordarme de una lejana noche de verano viendo In-natural en Alucine). En su multicolor y portentosa web, además de maravillarme y jugar a mezclar sabores, descubro que es posible adquirir una de las camisetas promocionales que pueblan Cloverfield. Y está claro: Necesito poseer una como sea. Da igual que los gastos de envío constituyan la mayor parte de su precio.

Y puede que sea el efecto nocivo de estos batidos que jamás podrán ser probados, o que mi obsesión creciente por Número 6 haya terminado de poseerme, pero en el slogan de Slusho!, “You Can´t Drink Just Six“, veo una referencia clara a El Prisionero. No en vano, en los tiempos en los que aún se rumoreaba sobre la posibilidad de un remake, JJ Abrams reconoció en público su devoción por la serie. Así que mientras corro a buscar la sucesión de dígitos que define a mi tarjeta de crédito, les dejo con una mención olvidada: Mi nueva entrega sobre El Prisionero, lista y publicada hace ya unos días, como no, en Elitevisión.

Perdonen que no me levante

Tones, Toldo, Alvy o Hijo Tonto ya tienen el suyo. Después de varios días mirándola con desconfianza, yo también he decidido tomar la ruta Tumblr. Hasta que nos aburramos o perdamos el ímpetu, claro está. Y así ha nacido Perdonen que no me levante. Más poderoso que los 140 caracteres del Twitterzito (aunque menos social); más completo que las Del.ici.as Químicas (convertidas ya en un transitorio almacén de links); más abierto que el Zitoflickr (demasiado sujeto al encuentro inspirado). Este sistema posee una fulminante sencillez que lo hace perfecto para canalizar las insensateces y revelaciones (si no son la misma cosa) que cruzan por mi febril mente antes de que éstas se disuelvan, y lo convierte en un medio ideal para momentos densos como los que ahora atravieso (por ejemplo ahora que viajo a la Madre Patria a pasar unos días de reflexión y asueto) y en los que los desarrollos más prolongados que el gabinete demanda me resultan inescalables. Mientras busco la manera de que WordPress me deje integrarlo en el blog, dejen que saque mi caja de los truenos de debajo de la cama y les muestre lo que contiene. Siéntense aquí. Perdonen que no me levante.

Víctimas y verdugos

Aprovechando que mantengo apretado el botón que dice “Videos Tenebrosos” (no se me ocurre nada más acorde con estos tiempos), rescato esta otra pieza que me ofreció Hijo Tonto y que consiguió perturbarme hasta cotas siderales, hasta niveles similares a los que me produjeron algunos de los contenidos de mis propios videomontajes (ya ando recopilando imágenes para el próximo, por cierto). Y es que esta auténtica mierda muestra el mal en su estado más enfermo y puro. El grito de muerte, el polvo palurdo sobre el cadáver, los perros que lo despedazan, la celebración alcohólica y cafre. No se trata de una maldad de ojos vendados ni de otra con un fin último, calculado y sopesado. Sino de la malignidad por capricho, como aquella de Rollerbal. La que se ejerce por el simple placer de hacerlo, porque se posee el poder, porque se puede, contra el inocente que ni comprende, ni sabe, ni puede defenderse.

Están advertidos. Veánlo pinchando aquí.

Lo Zombi V

Desasosegado hasta el extremo, Javo me pasa este video apropiadísimo para el día de hoy, en el que celebramos que Jesucristo resucitó de entre los muertos y comenzó devorar la carne de los vivos. Se trata de BigDog, un perro mecánico desarrollado por Boston Dynamics con fines militares y al que vemos deambular por el campo y superar todo tipo de terrenos y obstáculos. Movimientos hiperrrealistas, merced a cuatro patas articuladas al máximo y coronadas por un dispositivo que zumba incesantemente que lo convierten en una turbadora especie de cyborg perro-mosca. Un cadáver animado y descabezado que, como dicen que hacen los pollos, continua adelante incansable y tenaz a pesar de los golpes y patadas, sobreponiendose obcecado y coceante al hielo y los resbalones. Un zombi ciego y necio, un can maldito y funesto que sólo puede ser fruto de la mente perturbada de un genio malvado que hubiera pretendido recrear un Perro de los Tíndalos conjurando a la vez metal y carne.