“Una crítica negativa puede ser más beneficiosa para tu posterior opinión
sobre una película que una positiva, ya que, cuanto mayores
sean tus expectativas, más fácil será que te defraude,”
Beatriz Maldivia.
Tenía pendiente hablarles de metacríticas. Desde el estallido Cloverfield, vengo leyendo lucidísimas piezas en las que gente de bien lanza sus dardos dialécticos contra la abulia, mediocridad y cobardía de la crítica de cine estándar encontrable en decenas de páginas (normalmente con el sufijo -fagia o -filia en su título, como bien indicaba una vez Vigalondo). Cada una de ellas opera desde su lugar en el espectro de lo insustancial. Ya sea la desnudez garrula (como denunciaba Alvy) o la pátina pseudosesuda (que tan furioso pone a Starman). Esta ralea de reseñas me revuelve porque trata a la experiencia cinematográfica como algo por fuerza mesurable, porque se acerca a ella con la intención de tabularla y domarla, de encorsetarla en directrices mansas y prestadas para que así no haga daño ni sorprenda, con la última intención de marcar otra muesca en la culata de lo ya visto y de colocar un nuevo volumen en el estante titulado “mi bagaje cultural”. Y no. No me sirve que se vaya al cine como quien visita una ciudad extranjera sin separar la vista de su guía o como quien acude al Louvre solo para ver La Gioconda. Desprecio que hablar de cine se conciba como un ejercicio análogo al del turista que se fotografía delante de todas las atracciones y monumentos “de visita recomendada”.
Opiniones de la cola del pan o de parada de autobús. Que el pan y el autobús sean necesarios no los hace necesariamente interesantes, y mucho menos publicables a los cuatro vientos. Ahí fuera, un ejército de yemas posee los rudimentos de la crítica cinematográfica parida por Cahiers, y adquirida ya sea en el Carrefour, en el Dirigido Por o en la Academia de Cine de la esquina. El despotismo ilustrado de Internet, que nos ha otorgado voz sin voto, se ha encargado del resto. No creo tanto, como decía Tones hace un tiempo, que las categorías incluidas en el kit Cahiers hayan quedado obsoletas (lo que no quiere decir que no pueda haber otro kit mejor). Más bien creo que, como me repite Javo, no importa tanto el “qué” sino el “cómo”. En ese sentido, la crítica que leemos en tantas infaustas páginas es como la farlopa mala. Pues eso, mala.
Podemos, pueden, perdernos y perderse en la dialéctica “crítica subjetiva versus objetiva”. Comerse el huevo por la punta o por el extremo ancho. Como quieran. No me cansaré de repetir que toda crítica estimable ha de ser por fuerza subjetiva en tanto en cuanto es un sujeto quien se emociona, ríe o se aterroriza y es un sujeto quien al criticar acomete la reinterpretación de una subjetividad ajena. La otra, la crítica objetiva/robótica, solo podría realizarse acumulando hechos verificables, trivialidades y por tanto es como dios: aunque existiera, no merece consideración alguna. La auténtica lacra la constituye la crítica que se sustenta exclusivamente sobre una subjetividad ramplona. La que apela a ideas mal elaboradas, impresiones medio cocidas, esquemas sujetos con esparadrapo y a repetir mucho la palabra “cinta”.
La crítica es literatura.
Esto no lo he dicho yo. Lo dijo JP Bango hace ya unos meses en un estupendísimo artículo que no deberían perderse. Adoptémoslo, pues, como un mantra. La crítica es literatura. Literatura.
La buena crítica debe hablar sobre quien la escribe al menos tanto como sobre el objeto del que habla. Pero no del modo involuntario, transparente y torpe con el que solemos toparnos. La buena crítica debe mostrarnos a una persona que trabaja, que reflexiona, que destila, que destripa alambiques, que aplasta impurezas, que erige sus construcciones sobre los cimientos que otros han colocado, que se esfuerza en vislumbrar lo que aguarda más allá de lo visible. Me interesa la crítica escrita por alguien que me susurra entre líneas su pasado, que utiliza la película para articular su cotidianeidad, para compartirla conmigo. Me fascina contemplar como sus manos parten esa hogaza ante mí, como se ejercita, como se esfuerza en desmenuzarla, en darla forma, Me conmueve que el crítico se conmocione, que trasluzca su dificultad para aprehender una obra que le rebosa los sentidos o la turbación que sintió una tarde de sábado hace mil años.
Para ello la forma, el lenguaje, el estilo, son esenciales. No son precisos modismos ni demasiadas palabras esdrújulas. Su gramática puede ser diáfana y sencilla. La crítica vulgar, como la prosa anodina, está poseida por ese mal entendido afán por literaturizarse. Lo que de verdad importa es la visión, son las imágenes. Importa que nos transporten, que nos envuelvan, que nos sumerjan en las corrientes rojas y pulsantes, como venas gigantes y antiquísimas, que trascurren por debajo de cada historia.
Necesitamos pensamiento propio. Necesitamos vísceras perdurables. Necesitamos teoría. Necesitamos praxis. Necesitamos pasión, rabia, lucidez, valentía. La misma vida.
No se conformen con menos.





Voy a cerrar este día. Voy a voltear la cubierta y apartarlo en la repisa. Voy a colocar a buen recaudo esta jornada que comenzó conmigo escribiendo, como ahora la termino, escuchando a las gaviotas protestándole al alba. En venganza, el sueño breve sacó de mañana su rabioso cuchillo, y asfixiado de recuerdos, rasgó mis costuras dejando escapar mi contenido. Ella, su vestido verde, sus piernas doradas, su pecho de pajarillo. Y cuando desperté sabía que aquella aparición había echado a perder lo que restara. Que el día quedaría en barbecho como las tierras malas. Por eso he jugado al niño malcriado, a la estrella de rock ociosa entre dos discos, dormitando, bebiendo, mirando culos, comiendo con lujuria, bromeando ajeno a la marca de las horas o los días. No había más remedio. Para qué ocultarlo. No me he curado. No ha sanado aún este presente. No me importa demasiado qué hace o habrá hecho. Todo lo que debía aprender ya lo he aprendido. Solo me importa el yo que aquí ha quedado. El que tiene que habitar este aire enrarecido. El que se deja seducir por las caprichosas flores del desorden.

Una vez remitida la polvareda Cloverfield, con la trama y subtramas más o menos claras, permanece la sensación de clásico instantáneo, de punto de inflexión (lo reconozcan los miopes o no), así como un puñado de webs secretas y ficticias que en su día dieron soporte a la campaña viral de la película. Lejos de haber quedado obsoletas y dormidas como estaciones de tren abandonadas, estas webs son aún disfrutables (queda por delante el lanzamiento del DVD al menos) y su exploración resulta a estas alturas una experiencia de vindicación postrera. Sobre todo nos queda 








