Una anécdota
Hace unos días proyecté en el Cubil Zito Gun for hire (Frank Tuttle, 1942), titulada en España como El cuervo, una estupenda película de género negro basada en una novela de Graham Greene y que incluía en su reparto a la deliciosa Veronica Lake y a un debutante Alan Ladd, este último en el papel de asesino a sueldo que, traicionado por sus emepleadores, busca venganza. El pistolero encarnado por Ladd tuvo una infancia pobre, difícil y llena de abusos, un perfil que busca la piedad del espectador para que cuando al final llegue la consabida demostración de que el crimen nunca es impune, este sea mas triste. Más interesante es la apariencia del personaje. Siempre ataviado con sombrero y una gabardina bastante roñosa que el blanco y negro permite adivinar como llena de lamparones. En dos momentos de la película se le llega a confundir con un vagabundo. En la primera escena se acerca a un afilador callejero que le indica como llegar a la mansión del malvado. El hombre, tras darle un buen vistazo de arriba a abajo comprende y le dice “pero si no tienes dinero, te aconsejo que hagas autoestop”. Porque en efecto, el personaje de Ladd es más pobre que una rata, aunque eso sí, orgulloso como un príncipe. En la segunda escena se encuentra con Veronica Lake en un tren. Se sientan juntos. Cuando la rubia va al baño, el desdichado pistolero aprovecha para robarle cinco dólares del monedero. Ella al volver se da cuenta del pequeño hurto, saca su polvera, y mientras compone su maquillaje le repite “¿Tan pobre es usted? ¿Tanto lo necesitaba? Si me lo hubiera dicho yo le habría dado un dólar”.

Puede que esté todo en mi imaginación, pero me parece ver en esta trato tan natural y tan cotidiano de la pobreza ajena unas formas que se han perdido y que debían proceder de los tiempos de la Gran Depresión (recientes aún cuando se filmó la película). No en vano, en aquellos días los Estados Unidos se llenaron de pobres de solemnidad y de vagabundos que iban de granja en granja pidiendo compasión u ofreciendo su fuerza de trabajo por un plato de comida. Y esa actitud choca frontalmente con aquella otra, la del reaganismo, la del “búscate un trabajo”, la del “si no trabajas es porque no quieres” que cobró fuerza en los ochenta y que la divertidisima Entre pillos anda el juego (Trading places, John Landis, 1983) ilustró de manera brillante.
Mientras las noticias cuentan que se baten récords de usuarios en los comedores sociales de nuestro país, tuve dos encuentros callejeros que me hicieron pensar en Alan Ladd. En la línea azul del metro, un hombre que pudiera ser cualquiera, por ejemplo el Padrezito, agitaba ante los viajeros unos papeles con el claro sello de la Seguridad Social, papeles que aún no le habían puesto en regla, mientras afirmaba pasar necesidad y no tener más remedio que pedir la voluntad. Cierto exhibicionismo es habitual en estas cosas (los muñones al aire son un clásico) y les diría que hasta necesario, sobre todo ante esa nueva ética que les decía, en la que si uno es pobre es por merecerlo y si pide limosna es por vagancia. Es posible que aquellas razones fueran falsas. Es posible que no. Pero quédense con la idea del aporte de pruebas y con la idea de normalidad del mendicante. Porque solo unos días mas tarde, mientras iba hacia el bus del aeropuerto, una mujer me abordó de manera muy tímida a la salida del metro. De pie, junto a las máquinas expendedoras de billetes, normal, con su bolso y su chaqueta de punto, poco mas de cuarenta años. Al principio pensé que necesitaba orientación pero pronto me dijo que le faltaba dinero para el metro, que se había quedado colgada. Mientras yo le tendía el cambio que encontré en mi bolsillo continuó diciendo que el banco le había hecho una putada, que no tenía nada, pero lo decía, y ese es el misterio, casi susurrando, avergonzada.
Lo reitero, puede que todo sean imaginaciones mías. Pero aquel pudor suyo no lo había visto antes en situaciones así, y me hizo pensar, ya digo, en Alan Ladd. Porque la vergüenza, la ocultación, el estigma de ser pobre son producto de los años de opulencia, mientras que en el mundo de después de la Depresión la pobreza era algo normal, aceptado y tratado de forma humana. Quizá la visión reciente de la pobreza termine pronto, quizá vuelva aquella que se ilustraba en El cuervo, o quizá surja una híbrida, mezcla de reproche y compasión. Porque quedaría bonito decir que en este 2012 todos somos como ángeles caídos, caídos del cielo de las posibilidades sin límites, o más bien como Ícaro, nuestras alas derretidas por el sol de la realidad. Sería un símil hermoso pero que ocultaría el hecho clave. Que siempre caen los mismos, joder. Los que menos pueden levantarse.
El robozito
Es habitual que durante las fechas navideñas aquellos de nosotros que no vivimos cerca de nuestros progenitores volvamos a pasar unos días con ellos. A ese encuentro suelen sumarse familiares -hermanos, hermanas, cuñados, cuñadas, suegros, suegras- e incluso alguien querido. Son esas jornadas que comienzan con las mejores intenciones pero en las que por lo habitual pronto empiezan a asomar desavenencias, tiranteces, desplantes e incluso algún enfado. Cuando eso no sucede, ocurre que uno empieza a aburrirse, porque los modos de vida de las personas son muy diversos y las costumbres de los adultos tienden a hacerse más inflexibles al cambio cuanto más años cumplen.
Por eso su querido doctor, siempre atento a sus problemáticas y dispuesto a ayudarles con ellas, les propone que utilicen esos tiempos muertos vacacionales en la elaboración de un sencillo pero efectivo disfraz de robot con el que alegrar las veladas invernales de grandes y pequeños en la intimidad del hogar, y por qué no, en los amplios espacios de macrodiscotecas, iglesias o casas de jubilados. Para su construcción precisarán de los siguientes materiales, ninguno de ellos químico para así evitar alergias:
Componentes:
- Caja de un panettone o en su defecto pandoro (que a mi me gusta más por la gracia de echarle por encima el azúcar glas)
- Cartón de leche de esos que contienen 6 tetra-briks.
- Abundante papel de plata.
- Ocho clips
- Una cuerda
- Dos gomas elásticas
- Unas tijeras
- Una sábana roja, blanca o negra (para la versión Robo King)
Elaboración:
Colóquese el cartón del pandoro y calcule a ojo de buen cubero la altura a la que quedan sus ojos, pues servirá de casco. A continuación corte unas incisiones con forma ovalada o redonda. Se recomienda no hacer esto último con el cartón puesto para evitar daños en las cuencas oculares.
Después corte los cartones de leche de forma transversal (esto es muy importante). Con dos de ellos forme sendos tubos de forma cuadrada utilizando las gomas elásticas. Esos serán los manguitos del robot. Recorte cuatro de las solapas del cartón para usarlas más tarde como dedos.
Practique dos pequeñas incisiones en los lados extremos de las otras dos partes restantes. Colóquelas sobre sus hombros en forma de hombreras y permita que un familiar tan aburrido como usted las una con la cuerda. Así construirá una especie de torerita que servirá para imponer su presencia robótica con mayor efectividad.
Forre todas las partes con el papel de aluminio, tambien los dedos que ha apartado.
Ahora coloque los dedos en los manguitos con la ayuda de los clips, pinzando ambas piezas en diagonal.
Colóquese las piezas en cabeza, hombros y brazos. Anúdese la sábana al cuello en forma de capa, y ¡alehop! Ya tiene su disfraz. Finalmente, déjese grabar o fotografiar por una cámara amiga. Aquí por ejemplo les muestro tres fotos de Minizita investida con tan fantástico atavío.
¡Esperamos sus imágenes!
Lunes otra vez
Yo no le acabo de encontrar nada malo a esto de las listas de fin de año por mucho que muchos insistan en que son un mal de nuestra civilización. En este blog, ahora adormilado, ya hubo ejemplos en años anteriores y mi querido Noel ahí sigue haciendo unas listas de lo mejor de cada mes que refutan cualquier reproche. En cualquier caso, su querido doctor ha contribuido a la lista promovida por Álvaro Mortem a la que también se han sumado personas de muy bien como Alberto Haj-Saleh, Henrique Lage, Ntmec y el mismo Noel. Incluso en una lista tan múltiple se han escapado maravillas sonoras como los álbumes de Dolores o de Juanita y los feos o lecturas impresncindibles como Suites imperiales de Bret Easton Ellis (que bueno, es del 2010 en realidad) o Paseos con mi madre de Javier Pérez Andujar. Pero es que hay tanto y tan poco tiempo, sobe todo sabiendo que el apocalipsis está próximo.
¿No?
Lo que es no enterarse
Hace un par se semanas se estrenaba por fin en nuestras pantallas Attack the block (Joe Cornish, 2011) tras su paso triunfal por el Festival de Sitges. La película cuenta entre sus muchas virtudes la de haber sido heraldo de los disturbios que asolaron varios barrios de Londres durante el verano de este 2011 que termina. En varios momentos, el film juega con el símil policía-monstruo y con ello relativiza el origen de coordenadas de la normalidad, como tanto les gustaba a hacer a Richard Matheson o Rod Serling.
Aquellas revueltas londinenses fueron un ejemplo, uno de los casos más virulentos y promocionados, de las que han cundido en este año lleno de turbulencias y protestas, de manifestaciones y carreras en los países “civilizados”, a las que se añadieron derrocamientos, matanzas y guerras civiles al otro lado del muro del desarrollo, en lo que se llamó Primavera Árabe. Tal fue la prevalencia de las protestas que la revista TIME, publicación tan correcta y de orden como atenta a la actualidad candente, decidió nombrar como “Persona del año” al “Manifestante”, personaje etéreo y genérico como pueda serlo el soldado desconocido o el cliente del mes, y que durante el 2011 ha poblado los noticieros de todo sesgo, rivalizando con CR7, Joaquín Sabina, Concha Velasco o cualquier otro vehículo cultural de transmisión y refuerzo del consenso.
Vestido con un atuendo indefinido y englobador, es decir, multicultural, este manifestante de rasgos morunos y mirada fiera que parece salido de una capilla multi-fe -que son a la religión lo que el Pascual Funciona a los zumos- muestra la posición que los medios convencionales y tradicionales han mantenido frente a todos estos movimientos: Si sucedían fuera de casa, es decir, allá bien lejos, donde gobernaban con puño tiránico dictadores a los que de la noche a la mañana se les había desnudado de sus trajes de convenientes y flamboyantes aliados, los medios las defendían como “luchas por la democracia”. Pero si sucedían en la plaza de abajo de casa se trocaban en tumultos de gente sucia, equivocada y sobre todo, dañina para el pequeño comercio y la convivencia pacífica de los Demócratas De Toda La Vida™. Los medios se aunaban así a ese coro griego formado por partidos políticos, sindicatos, escritores, tertulianos y asociaciones de telespectadores que declaraban que todo muy bien y que muy sano, pero que cada uno a su casa, porque para hacerse oír ya existen unos medios y unos métodos y blabla blablablá.
La industria cultural patria, siempre al cabo de la calle y en contacto con la realidad, miraba con igual estupefacción los eventos que se sucedieron por todas las plazas del país desde mediados de Mayo, pese a que muchos de sus representantes habían participado en ensayos previos como fueron el “No a la guerra” de Iraq o el “Nunca mais” contra el desastre del Prestige. A la espera de ese descalabro inminente que parece será La chispa de la vida de Álex de la Iglesia, a día de hoy las mejores aproximaciones que podemos encontrar en la cultura popular española a lo que está sucediendo aquí y ahora residen en la aún-por-reivindicar Concursante (2007), cuento casi profético que Rodrigo Cortés dirigió cuando todavía abstenerse de hacer dinero invirtiendo en Bolsa o comprando pisitos te convertía socialmente en un tonto. Desde entonces, solo dos películas tan antitéticas-pero-no como son Torrente 4 (Santiago Segura, 2011) y No habrá paz para los malvados (Enrique Urbizu, 2011) han sabido y podido retratar la España noqueada por la crisis, aún sumida en la resaca de los buenos tiempos, visitando comedores sociales, colas del paro, descampados, centros comerciales y putiferios. Así estamos.
Algo une por tanto a las revueltas de Londres y al 15M: La incapacidad de los poderes establecidos para entender ambos sucesos. David Cameron respondió con los lugares de siempre: Parásitos que no saben convivir. Falta de educación transmitida por los padres. Ausencia de responsabilidad y esfuerzo. Negligencia estatal en la administración del castigo. Una incomprensión igualmente abisal ha acompañado al 15M. Pero ahí terminan las similitudes. Como decía Zizek, las revueltas de Londres, el saqueo de todo tipo de comercios (excepto librerías) no fue un estallido contra el sistema sino su más cruda manifestación. Los adolescentes que robaban DVDs o IPads tomaban por la fuerza lo que se nos ha indicado que debemos conseguir con ambición y competencia. Esos chavs eran una versión de nosotros mismos desprovista del barniz de las convenciones y las apariencias.
Cuando hace unas décadas todos aspiramos y demandamos ser como los ricos, se nos redistribuyó dinero de plástico para tenernos contentos. A los chavales de Londres no les llegó ni eso. Muchos de los que han llenado las plazas y calles de España desde el 15M parecían poco más que una versión burguesa de los encapuchados londinenses, reclamando reliquias de un pasado próximo: Trabajo fijo, piso en propiedad. Menos mal que el discurso cambió pronto, hasta hacerse incomprensible, indescifrable, impredecible. Lo que se pide no es el derecho de más de lo mismo para todos sino algo distinto, muy distinto. Y en esas estamos.
La Lágrima
El pasado 5 de Diciembre una imagen aparecía en las portadas de periódicos y noticieros de todo el mundo: La ministra italiana Elsa Fornero lloraba al anunciar en una rueda de prensa los draconianos recortes que el nuevo gobierno de Monti iba a adoptar en los próximos meses. Aquellas eran lágrimas de impotencia y de desolación cuando no queda más opción que “hacer los deberes”, lágrimas de tecnócrata-cocodrilo si quieren, que introdujeron un elemento de autenticidad y compasión en el debate político que nos cogió por sorpresa a todos, sumidos como estamos en una batalla sin cuartel en este supuesto juego de suma cero en el que se han convertido las democracias occidentales.
La Lágrima como fenómeno político. Tan solo diez días antes, la escena se había repetido a una escala más modesta cuando Mónica Terribas, la directora de la televisión autonómica catalana, comparecía ante el Parlament para responder a la decisión tomada desde la Generalitat de recortar el presupuesto del ente televisivo de manera sustancial. Terribas, firme entrevistadora capaz de aterrorizar hasta a ese cyborg político que es Artur Más, no pudo contener la emoción durante su intervención y sus ojos se humedecieron antes de amenazar con su renuncia si los recortes anunciados se llevaban finalmente a cabo.
La Lágrima es parte ya aceptada de nuestra sociedad del espectáculo, usada como demostración de la autenticidad de elogios o frustraciones cuyo enunciado seco, sin más, ha quedado a estas alturas gastado por el uso. La Lágrima, nos parece, es siempre verdadera. Un ejemplo paradigmático de esto lo encontramos en el programa X Factor, exportado de la televisión británica a otros millones de hogares de todo el mundo, incluyendo los españoles. En él, la bella Cheryl Cole, cantante, compositora, presentadora y modelo, una especie de Mar Saura pero en inglesa y guapa, y que en el programa actua como juez, añadió a su persona mediática la capacidad de llorar a menudo y con casi todo, ya fuera con los abusos verbales que le inflingía el implacable Simon Cowell, otro de los jueces, o con una actuación particularmente brillante o, simplemente, cuando uno de los concursantes relataba ante las cámaras una historia de caída, desgracia y superación personal.
Recientemente, el documentalista Adam Curtis, del que ya hemos hablado antes en esta casa, comentaba sobre la proliferación de El Abrazo en televisión como expresión de la extendida creencia de que debemos ser auténticos, siempre y todo el rato, de que debemos permanecer en contacto con nuestros sentimientos y emociones más íntimas, porque el autocontrol solo puede resultar dañino. Curtis añadía que esa obsesión con la expresión genuína de los sentimientos se ha convertido en una convención opresiva porque nos impide fijarnos en la sociedad y en el mundo que nos rodea, y por tanto en lo que está mal en ella. Siguiendo el concepto acuñado por Herbert Marcuse, la socialización de El Abrazo y La Lágrima no son más son armas de la “desublimación represiva”, el grillete que nos imponemos cuando nos obligamos a no reprimirnos.
Y es ahí donde la imagen de dos mujeres fuertes y altivas derramando lágrimas en público adquiere su carácter más totalitario. Porque cuando nos detenemos en la “humanidad” de esas figuras antes lejanas y ajenas dejamos de percibir lo inhumano de las medidas que las provocan y del estado del mundo que las causa.
Déjà vu
Blow-up (Michelangelo Antonioni, 1966).
Haywire (Steven Soderbergh, 2012).
Me lo chiva Jab en El focoforo.
Déjà vu
Night of the demon (Jacques Tourneur, 1957).
Forbidden Planet (Fred M Wilcox, 1956).
Aunque el orden bien podria ser el contrario.
Déjà vu

Manhattan (Woody Allen, 1978).
(500) days of summer (Marc Webb, 2009)
Mi última adquisición (VII)
… es una edición de 1928 de Gulliver’s Travels de Jonathan Swift, editada por Ward, Lock & Co. Ltd, con 48 maravillosas ilustraciones a color de Harry G Theaker.
Recuerden que mi (ahora) penúltima adquisición fue otro libro, un librito más bien.
Deja vu
Están entre nosotros
Los que lo conozcan o hayan escuchado hablar de él sabrán que del fenómeno UMMO podrían escribirse libros y libros, que durante días podría conjeturarse y discutir sobre el que fue sin duda el caso de contactismo extraterrestre, rayano en la sociología borderline, más apasionante que se ha dado en España. De entre las perlas que uno puede ir encontrando al indagar un poco sobre aquellos extraños sucesos destaca el titular que pueden ver más arriba, aparecido ni más ni menos que en el ABC de Sevilla el 17 de Septiembre de 1968. En este reportaje, el párroco Enrique López Guerrero dio carta de naturaleza y aprobación mediática al fenómeno, aceptando sin reservas la existencia de seres extraterrestres en nuestra piel de toro.
Don Enrique, ¿cree usted que existen los extraterrestres?
No solo creo que existen, tengo conocimiento pleno de que en España reside una colonia cuya misión es totalmente bienhechora y pacífica, pero cuyo descubrimiento equivaldría a un “shock” de tipo social y a serios y graves perjuicios.
Quizá incluso más insólito que el fragmento en el que el Padre López Guerrero afirma poseer poderes de clarividencia y precognición, sea el momento en el que el párroco entra en sesudas disquisiciones teológicas con el fin de compatibilizar la existencia de Dios con la de los extraterrestres. Son los suyos argumentos deslavazados y contradictorios pero que terminan revelando dos puntos 1) que Dios ejerce Su Misericordia con otros seres distintos de los humanos porque si no eso equivaldría a que Dios es un fracasado 2) que los alienígenas son instrumentos de la Providencia divina, enviados para ayudar al ser humano a volver a Dios en estos tiempos de crisis.
Sí. López Guerrero era un profeta.
Porque llegado ese punto creo comprenderlo todo. Porque ahora entiendo quiénes son de verdad, de dónde proceden esos jóvenes uniformados y alegres, esos jóvenes vestidos de llamativos colores que hablan lenguas incomprensibles y ondean banderas y símbolos extraños por las calles de Gallardongrado: Se trata de varias razas extraterrestres que se han materializado entre nosotros, instrumentos de la Providencia Divina venidos de otros mundos para anunciarnos algo, una revelación que sin duda nos traerá “un “shock” de tipo social y serios y graves perjuicios.”
Carne blanca
En el fragmento más extenso que aportaba el nuevo montaje del clásico de Coppola sobre la guerra de Vietnam, Apocalypse Now Redux (2001), el comando liderado por Martin Sheen llegaba a una fantasmal plantación francesa situada entre las brumas de Camboya, propiedad durante generaciones de una familia empeñada en ignorar que la Guerra de Indochina terminó, que terminó mal para Francia, una familia obcecada en permanecer allí conservando sus modales, sus criados y sus trajes blancos, fingiendo no saber que el tiempo les ha pasado por encima y les ha convertido en antiguallas de una era extinta. Una historia similar, aunque narrada desde una perspectiva mucho más intimista y fragmentada, es la que cuenta White Material (2009), el último film hasta ahora de Claire Denis pero el primero de su filmografía estrenado en España.
Claire Denis no es una directora novel. Lleva rodando desde finales de los ochenta. Entre sus obras se incluye Trouble Every Day (1999) una aproximación al vampirismo con la siempre apetecible Beatrice Dalle que tengo pendiente de ver. Pero solo ahora, después de obtener cierto reconocimiento en el último Festival de Venecia y gracias a la imponente presencia de Isabelle Huppert como protagonista ha llegado a nuestras salas una película suya, estrenada bajo el engañoso título Una mujer en África (equivalente a llamar “Comando infiltrado en Alemania” a Inglorious Basterds o “Un dramaturgo en Hollywood” a Barton Fink). El caso de Denis es ejemplo, quizá el más flagrante y reiterado, de un fenómeno que algunos han bautizado como el del “cine invisible” en referencia a ese grueso de películas excelentes que cada año no alcanzan a estrenarse. Las hay de todos los tipos. Algunas de ellas han tenido problemas de distribución en su propio país, como por ejemplo Super (James Gunn, 2010), pero otras han tenido éxito en festivales de renombre, como Catfish (Henry Joost y Ariel Schulmanson, 2010) en Sundance o han recibido prestigiosos premios como Four Lions (Chris Morris, 2010) en los BAFTA. A otras como Crank 2 (Mark Neveldine y Brian Taylor, 2009) o I saw the devil (Kim Jee-Won, 2010) se les reserva la excusa de que son hiperviolentas o rayanas en el gore (aunque si se estrenaran serían sometidas a la calificación X como ocurrió con Saw VI) o se las somete a ese linchamiento popular conocido como “alarma social”, como sucedió en el bochornoso caso de A serbian film (Srđan Spasojević, 2010). A veces son las filmografías enteras de ciertos directores las que permanecen invisibles, como la de la propia Denis o como la de la apasionante Kelly Reichardt, cuya Old Joy (2006) no ha iluminado pantalla española alguna. Otras películas tienen algo más de suerte y se ven en pases de última hora en festivales, como Synedoche, New York (Charlie Kaufmann, 2008) en Sitges, o son proyectadas en algún certamen para después desaparecer sin ser vistas, como Notre jour veindra (Romain Gavras, 2010) o Enter the void (Gaspar Noé, 2009), o en el mejor de los casos terminan encontrando un estreno-exhibición en museos, como sucedió recientemente en el CCCB con Tokyo Sonata (Kiyoshi Kurosawa, 2008) o 35 rhums (2008), también de Claire Denis.
¿Qué explica este panorama tan descorazonador? Puede ser que este fenómeno haya ocurrido desde siempre. Que no sea nada nuevo. Que lo que sea nuevo es que gracias a internet la información se difunde más y más rápidamente y que por ellos somos más conscientes que antaño del volumen de producción cinematográfica mundial y, por tanto, de la parte que no nos llega. Otra explicación posible es que, nos guste o no, España es en realidad una provincia más del Imperio, un mercado secundario, y que por eso no debemos esperar que aquí se estrene casi todo, del mismo modo en que muchos films que se estrenan en Madrid o Barcelona nunca se verán en Zamora o Ciudad Real. Pero si miramos con más detenimiento a las películas “invisibles” mencionadas unas líneas arriba veremos que aunque diversas todas ellas tienen un patrón común: Son por supuesto ajenas a lo mainstream, no son carne de multiplex, pero también están alejadas del cine “solidario” y de buenas intenciones, del cine limpiaconciencias. Cada una de ellas resulta incómodas a su modo, en ocasiones porque representan una trasgresión directa de las convenciones sociales, otras porque por argumento o por tratamiento de estilo traspasan el umbral de confort del espectador medio, que suele preferir las películas con epifanías, redenciones y claras líneas morales, películas que conforman ese conjunto blando, esa papilla supuestamente intelectual que puebla las cartelera del circuito de versión original. Y es así donde se alcanza la situación demencial de que las películas más gamberras y arriesgadas tengan a menudo una exhibición limitada a multiplexes de periferia y extrarradio.
La historia de White Material no es incómoda, de hecho es casi arquetípica. Su violencia tampoco es explícita. Ocurre casi siempre fuera de plano. Y sin embargo provoca una inquietud ominosa desde el momento cero. Ocurre que Claire Denis opta por difuminar la historia de Marie, la mujer francesa, la carne blanca, empeñada en permanecer en su plantación de café en un innombrado país africano. Rompe la narración, la hace añicos, empieza por casi su final, vuelve hacia atrás, luego adelante, avanza lo que sucederá, recupera lo que ha sucedido mediante pequeños detalles, como los vestidos de Marie o los objetos que están y dejan de estarlo. Esa ruptura de la línea temporal refleja la progresiva la locura de su protagonista y de su entorno. La referencia a Apocalypse Now es muy apropiada porque Marie es una mujer obsesionada que va adentrándose en las selvas de la demencia, en su propia versión de El corazón de las tinieblas, mientras intenta mantener en pié la producción, la racionalidad del proceso, y es obstaculizada por la inminente guerra civil, por la amenaza de la muerte que hace que sus trabajadores huyan; obstaculizada por su propia familia, que va resquebrajándose, un marido que la traiciona, un hijo indolente y malcriado, un padre cruel, terrible y calvo. Su Coronel Kurtz. La cámara de Denis se mueve nerviosa, siempre junto a los personajes, a menudo en primeros planos, buscando gestos que nos revelen por si mismos la relación entre ellos, escogiendo los encuadres más inverosímiles, en ocasiones vacíos, casi siempre fracturados, que muestran como Marie va convirtiéndose en una extraña total para los demás, simple carne blanca, y para sí misma.
A la fisicidad de la visión de Denis se multiplica con la monumental interpretación de Isabelle Huppert. Su máscara de arrugas y pecas, su mirada en ocasiones tierna y en otras feroz; la forma en que acaricia su hijo, cómo discute con su marido, como carga con las tareas, como desprecia a quienes le aconsejan abandonar. Su cuerpo menudo y esbelto rodeado de musculosos oscuros. Su cuerpo recortado contra la nada africana. Indescrifable, imponente, fiera.
La historia de Marie, inspirada ligeramente en Canta la hierba (1950) de Doris Lessing, es también la historia del fin de la hegemonía blanca, de la vida colonial. De la percepción del otro. Marie se distancia de su familia, que es quien la ancla al suelo rojo africano, y se va acercando al diferente, hasta incluso llorar en el hombro de una mujer negra, una extraña. White material no es especialmente político pero cuesta no ver en el resquebrajamiento de la familia europea, adocenada y decadente, bajo la presión de los jóvenes y salvajes rebeldes el reemplazo de lo viejo por lo nuevo, de lo agotado por un vigor nuevo, aunque este termine aplastado por el poder y la ley del más fuerte. La ilusión, la insurrección, la indomabilidad frente al control está encarnada en el personaje del guerrillero llamado El Boxeador, interpretado por Isaach de Bankolé, que herido busca refugio en la plantación de Marie, que le acoge, lo que desencadenará finalmente la tragedia.
Un juego. No es casual que el personaje de El Boxeador aparezca en otra película de 2009 y de distribución dificultosa: Los límites del control, de Jim Jarmusch, amigo de Denis. En aquella el personaje de Isaach de Bankolé era el de un enigmático hombre de traje gris que es contratado para llevar a cabo una misión incomprensible. En cada uno de sus encuentros, este inescrutable solitario intercambia con los peculiares personajes con los que se va reuniendo mensajes encriptados ocultos en cajetillas de cerillas de la marca ‘Le Boxeur – Fabriqué au Cameroun’. Y resulta tentador conjeturar que ambos personajes, el hombre del traje y el guerrillero, son el mismo boxeador. Que quizá el primero, tras concluir su misión, voló de vuelta a su país para seguir luchando allí contra los límites del control.






















