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Deja vu

Sábado, abril 12, 2014

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 Mulholland Drive (David Lynch, 2000)

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El almanaque

Martes, marzo 4, 2014

El otro día les hablaba (sin mencionarla) de la antología de relatos de Alfred Bester titulada Starburst y de la magdalena proustiana que encontré allí. Las sorpresas no se acabaron con aquel otro. Lean este fragmento de “Of Time and Third Avenue” de 1951. Creo que les resultará familiar.

Este mediodía entró usted en JD Craig & Co, una tienda de libros. Adquirió, intercambiándolos por dinero, cuatro libros. Tres de ellos no importan. Pero el cuarto… Entonces golpeteó su dedo contra el paquete envuelto. Esa es la razón de nuestro encuentro.

¿De qué coño está usted hablando?, exclamó Knight.

Un volumen encuadernado que contiene una colección de hechos y estadísticas.

¿El almanaque?

El almanaque.

¿Qué pasa con él?

Usted quería comprar el Almanaque de 1950.

Eso hice. Comprar el Almanaque de 1950.

¡No!, grito Boyne. Usted compró el Almanaque de 1990.

¿Qué?

El Almanaque Mundial de 1990, dijo claramente Boyne, está en el paquete. No pregunte cómo. Fue un descuido de alquien que ya ha sido debidamente castigado. Ahora el error debe ser ajustado. Por eso estoy aquí. ¿Entiende?

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Deja vu

Viernes, febrero 28, 2014

 

Lost highway (David Lynch, 1997).

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Un Adán y ninguna Eva

Martes, febrero 25, 2014

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Me gustaría poder trazar de forma tan clara como lo hace Daniel Ausente en su espléndida Mentiré si es necesario la sucesión de tebéos e historias ilustradas que se cruzaron conmigo durante mi infancia y adolescencia. Aparte de los Mortadelos, los Don Miki o los Superlópez, los tebeos más adultos me llegaban con cuentagotas. De vez en cuando, nuestra vecina la Señora Matilde llamaba a la puerta para legarme una pila de cómics descancallados y húmedos que su hijo Daniel había desterrado de su cuarto. Otros procedían de los hermanos mayores de unos vecinos de la casa del pueblo. Otros eran comprados en una papelería de O’Grove unas vacaciones, otros aparecían porque sí, No recuerdo haber comprado ningún Vibora, ningún Creepy, ningún Cimoc, ni uno solo, y sin embargo recuerdo haberlos leído porque esos encuentros provocaron increíbles fogonazos en mi imaginación. Así llegué a conocer a Conan y las serpientes parlantes que poblaban sus viñetas en blanco y negro. Y fue así, imagínense, como me topé por primera vez con Lovecraft. Primero con la adaptación de El color surgido del espacio dibujada, como supe años después, por Alberto Breccia. Recuerdo los rostros esbozados de aquella familia de granjeros, recuerdo cómo sus rostros se iban convirtiendo en muecas munchianas a medida que la excrecencia cósmica e inmunda supura por su pozo, esterilizando sus tierras, conduciéndoles a la locura y el suicidio. Hace poco, la editorial Sinsentido reeditó esta y el resto de adaptaciones lovecraftianas de Breccia en un precioso volumen, pero confieso que me resisto a visitarlo por temor a perder aquel estremecimiento.

La segunda adaptación, esta en colores sombríos, era de La llamada de Cthulhu. No sé quién la dibujaba ni he sabido averiguarlo, pero si recuerdo que solo tenía en mi poder las últimas páginas, las que narraban la visita a R’yleh. Así, in media res, el encuentro de la tripulación del Emma con el Primigenio resultaba aún más arbitraria y pavorosa. No había cultos ni estatuillas ni construcción de la intriga. Tan solo una catedral negra erigida en una isla volcánica de la que surgía un ente verdoso y nauseabundo que perseguía de aquellos desafortunados marinerosa, devorando a unos, condenando a la demencia al resto, y que sin saberse muy bien cómo explotaba como una apestosa burbuja de fango. Recuerdo las últimas lineas en las que el narrador, ya a salvo, decía “No importa. Sé que no viviré mucho.”

Ahora, en nuestros días, leyendo una antología de relatos de Alfred Bester, comencé el titulado “Adam… and no Eve” (1941). A las pocas páginas me envolvió una sensación de familiaridad. Un hombre deambula por un mundo convertido en cenizas y mientras agota sus últimas vituallas rememora el pasado. Recuerda que su mejor amigo, un científico, trató de evitar el lanzamiento del cohete que él iba a pilotar porque su combustible podría iniciar una reacción en cadena y prender todos los átomos de hierro de la Tierra, incluídos los que llevamos en nuestra propia sangre. Una maravilla que anticipaba de forma clarividente el debate entre que tendrían Oppenheimer y Edward Teller durante el Proyecto Manhattan sobre el riesgo de que la primera bomba atómica pudiera incendiar la atmósfera terrestre. A medida que leía iba reconociendo los giros de la trama y cuando el final iba a desencadenarse una imagen volvió a mi mente desde algún lugar de mi niñez, una viñeta hasta entonces olvidada de una adaptación que ahora sé que hicieron Denny O’Neil, Frank RobbinsJim Mooney,  y publicada en una revista española de nombre desconocido: La imagen del destructor del mundo hundiéndose en las aguas para darle nueva vida.

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Postdata: Si tienen curiosidad, aquí pueden encontrar la adaptación al completo. “Adam… and no Eve” tiene además un parecido remarcable con la posterior “Padre fundador” (1965), una historia corta de Isaac Asimov.  Ambos, aunque el de Bester de forma más ancestral y subterránea, me inspiraron este relato.

Postdata 2: Y sí, esa última imágen del cómic se parece mucho a esta otra.

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La prueba del nueve

Viernes, febrero 7, 2014

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La situación es esta: Este blog cumple hoy nueve años abierto. Nueve. Sí. Da vértigo.

El blog ha mutado, desde luego. De la cercanía y la constancia paso a convertirse en un espacio para la reflexión más pausada y espaciada porque confieso sin rubor que quise erigirme en una especie de francotirador, al estilo quizá de Adam Curtis. La consigna era cocinar pocas entradas pero pensadas y desarrolladas hasta la perfección, entradas que causaran impresiones indelebles y chisporroteos neuronales. Un búm tras otro. Más o menos. Pero con el tiempo esas explosiones han ido trasladándose a otros lugares, como mis textos para Miradas de cine, o los relatos para Prosa Inmortal, y el blog se ha quedado escuálido y reducido a un repositorio de notas sobre dónde podrán leerme.

Releo entradas de aniversarios anteriores y encuentro un patrón. Hay referencias a carreras de fondo, a subidas hasta la cima, porque supongo que en último término pensaba en llegar a algún sitio. Ahora por fín -quizás dirán que tiene narices que haya tardado nueve años en darme cuenta- he comprendido que no hay cima, que la carrera era y es el premio, que la elección es entre el universo y la nada, que la nada ya nos la conocemos y que el universo es inconquistable por enorme e infinito y que por tanto querer alcanzarlo es una conquista de lo inútil.

Este año, mirando atrás, ha sido movdo y con enormes cambios que innegablemente le han restado tiempo a este lugar. He tenido miedo por él porque hubo meses en que es cierto que no encontré nada qué decir. Algo inaudito, si me permiten decirlo. Una extrañeza como si algún desconocido estuviera sentado en el extremo de la mesa en una comida familiar. Un extraño de traje marrón y mirada perdida que sorbe sopa y al que nadie más que tu parece dar atención. No saber qué decir implica no estar mirando, y mirar siempre ha sido el signo de este blog. Durante ese periodo temí que la nada me había alcanzado.

Por fortuna eso ha cambiado. Imagino que he vuelto a mirar. Imagino que debía haberlo esperado. Ahora el obstacúlo es el de siempre, el tiempo, el maldito tiempo, que nunca sobra porque siempre circula en el mismo sentido, hacia adelante. Me gustaría ser como aquel espeleólogo francés que vivió dos meses aislado en una cueva y para el que el tiempo se comprimió tanto que para él solo transcurrieron dos semanas. Sí. Esa es la piedra filosofal. La compresión del tiempo. Mientras la alcanzo me conformaré con renunciar a la perfección y abrazar el exabrupto. Ese es el propósito para este décimo año.

Antes de marcharme para volver, déjenme una vez más agradecerles su visita, agradecer que estén ahí, tanto si llevan desde la década pasada viniendo por aquí o si son recien llegados y aún no saben de qué va esto. Consuélense. Yo tampoco. Lo iremos descubriendo.

Felicidades.

Misterios y prodigios

Viernes, enero 31, 2014

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Dos posts en una semana. Wow. Algo que no ocurría desde que el advenimiento de Twitter precipitara la muerte de los blogs allá por 2007. El caso es que vengo brevemente a anunciarles que Prosa Inmortal acaba de lanzar una colección de relatos en formato electrónico bajo el hermoso título de “Misterios y Prodigios”. Seis piezas escritas por Yolanda Espiñeira, Henrique Lage, Carlo Padial, Carlos Pérez, Francisco Serrano y servidor de ustedes. Aparte de su calidad, lo llamativo de esta colección es que los relatos pueden adquirirse al redondo precio de 1 euro, o al de 5 euros el lote. Una iniciativa atractiva, asombrosa e irresitible.

En mi caso, contribuyo con el relato titulado “El retorno de los taumaturgos,” una nueva vuelta de tuerca al tema de la relación entre ciencia y ocultismo que ya exploré en “El átomo al servicio de los brujos”, que apareció en el número 1 de Prosa Inmortal. De hecho, este segundo relato es una especie de continuación de aquel, con la misma estructura episódica y similar mezcla de ficción y realidad, aunque ambos pueden leerse de manera completamente independiente.

Termino. No miento si digo conozco ninguna otra iniciativa editorial que publique con tanto ritmo e inventiva semejante caudal de maravillas y ostentos literarios. Así de claro.

Deja vu

Martes, enero 28, 2014

Skyfall (Sam Mendes, 2013)

Sherlock S02E03

 

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